Comentarios de Jimmy Liao sobre el proceso de creación de La noche estrellada

Jimmy Liao estudió arte en la Universidad de Cultura China y posteriormente trabajó en una agencia publicitaria como ilustrador durante muchos años. Tras superar una ardua lucha contra la leucemia en los años noventa, Jimmy se entregó a su arte por entero, y desde entonces ha creado una cuarentena de álbumes ilustrados de los que se han vendido millones de ejemplares en todo el mundo.

En su segundo post para el blog Picture Makers, Jimmy nos habla de la creación de La noche estrellada, una historia de dolor y silencio, valentía y amor. Este espléndido álbum se ha traducido a varios idiomas y ha inspirado un largometraje.

UNOS HERMOSOS CUADROS INSPIRAN UNA HISTORIA

Jimmy: Un día saltó la noticia de que dos alumnos de secundaria del sur habían planeado escaparse de su casa. Se subieron a una moto y viajaron de acá para allá. De día se divertían y de noche dormían en cobertizos, escuelas y templos.

Sus padres acudieron de inmediato a la policía, y al cabo de unos días los cogieron y los llevaron de vuelta a casa. Los padres de ambos se cruzaron airadas acusaciones. Los de la chica la sometieron a un reconocimiento médico y exigieron una indemnización a los del chico. Pero los adolescentes dijeron que no habían hecho nada malo; se habían limitado a disfrutar de su compañía y a visitar la playa y las montañas del modo más inocente.

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Cuando leí la noticia en Taipéi, se me nublaron los ojos. Quería creer que eran sinceros, que lo único que habían querido era pasar juntos unos días y unas noches de una pureza infinita y absoluta. ¿Serían esos días brillantes, relucientes y cristalinos los más memorables de sus vidas? Yo jamás me escapé de casa. Era un chico alelado tímido, y por eso quise que el chico y la chica de mi álbum ilustrado se escaparan. Sí, ¡que llevaran a cabo su gran evasión!

Ese día fui a mi estudio, dejé a un lado todos mis quehaceres y empecé a planear su fuga. Pero ¿adónde podían huir? No lo sabía. Que se fugaran primero, y luego ya se vería.

Al cabo de un mes, había creado un montón de ilustraciones sobre la evasión, pero me vi obligado a interrumpir el trabajo. Tenía que volver al principio y organizarlo todo al detalle: ¿por qué se escapaban? ¿Y por qué juntos? ¿Cómo se habían conocido? ¿Eran compañeros de clase? ¿Cómo eran las casas donde vivían? ¿En qué trabajaban sus padres? ¿Qué relación tenían con ellos? ¿Cuáles eran las circunstancias que los habían empujado a fugarse? ¿Cuándo lo habían decidido? ¿Qué ocurrió después de que terminara su viaje y volvieran a casa? ¿Con qué recursos contaban para poder irse de casa?

Una pregunta llevaba a la siguiente, y tras esta surgían muchas más, y yo no tenía más remedio que contestarlas a todas para continuar. Las ilustraciones se iban sucediento una tras otra hasta formar multitud, y lo mismo ocurría con los textos.

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Hace muchos años, el director de cine Wong Kar-wai me dijo: “El director tiene la obligación de resolver todos los problemas”. Para ser un creador, hay que resolver todos los problemas relativos a lo que uno crea.

El proceso de creación de La noche estrellada fue como sigue: durante el primer año, produje diez ilustraciones, y diez más a lo largo del seguno año, tras lo cual el grado de dificultad fue en aumento.

Después de largas deliberaciones, seguía sin poder encontrar el modo de urdir un relato bien trabado a partir de las veinte ilustraciones y darles continuidad. No tuve más remedio que pararme a observar, dirigir mi atención hacia otro libro y dejar de lado temporalmente esta historia problemática. Tengo unos cuantos proyectos parcialmente completos que he tenido que interrumpir. Es inevitable que surjan dificultades durante el proceso de creación. Es un “cuello de botella” y, al mismo tiempo, un reto.

Como la creación es un reto que se plantea uno mismo, y no crearías nada que no fuera difícil, es inevitable que surjan cuellos de botella en un momento dado. Cuando miro los múltiples proyectos que he suspendido a medio hacer, siempre tengo ganas de darme una nueva oportunidad de afrontar el reto de completarlos. Pero cuando surgen problemas, a veces lo únic que puedes hacer es parar. Si continúas y te ves atrapado en el proyecto, no saldrás del cuello de botella por más que intentes crear nuevas ilustraciones.

En momentos así, lo mejor es trabajar en otro proyecto. Al cabo de un tiempo, cuando estés de otro humor o veas las cosas de otro modo, podrás retomar el proyecto. Es muy probable que hayas acumulado nuevas experiencias o producido ideas revolucionarias mientras trabajabas en otro libro. Armado con nuevos puntos de vista, es más probable que alcances una solución creativa.

Ya hacía casi tres años que trabajaba en La noche estrellada cuando surgió la influencia de Van Gogh, así como la de las obras de Magritte.

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Y a lo largo del cuarto año, el concepto del libro tomó cuerpo. Al mismo tiempo, yo trabajaba en otros libros, y cada vez que tenía la sensación de que no podía continuar, se abría una compuerta y la inspiración fluía. Y así fue cómo surgió el personaje del abuelo, así como los personajes de los estudiantes. Distintos elementos, escenarios y tramas se entrelazaron en una cadena.

Volví a examinar el libro cuando estuvo terminado. Aunque la historia me resultara familiar y ágil, la creación de las imágenes y el relato había sido una tarea extremadamente difícil. No alcanzaba a explicarme por qué una historia aparentemente tan sencilla me había costado tanto tiempo.

Vista en perspectiva, la historia parece tan lógica que es como si hubiera tenido que ser así desde el principio. Al fin y al cabo, no contiene giros argumentales inesperados, ni suspense o intriga. Es razonable suponer que no tendría que haberme resultado tan difícil ni laborioso. Supongo que solo un creador atascado en el proceso puede comprender la sensación de estar desgarrado entre la vida y la muerte.

 

Picture Makers Books

Historias para regalar en navidad

Las reglas del verano de Shaun Tan tiene un funcionamiento parecido a su El árbol rojo. A través de un texto breve y unas ilustraciones cargadas de simbolismo, Tan pretende, más que contar una historia, instalar al lector en un mundo onírico e irreal, que incita al lector a reflexionar y a construir de forma activa su significado. De hecho en sus comentarios sobre la obra asegura que cada ilustración bien podría verse como “el capítulo de un cuento que no está escrito y que solo la imaginación del lector puede elaborar”. Una nueva vuelta de tuerca a Los misterios del señor Burdick que, en este caso, juega con algunos recuerdos de infancia para transportar nuevamente al lector a esos suburbios australianos que Tan convierte en ambientes sugerentes.
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Y es que esas extrañas reglas que el pequeño protagonista va explicándonos que aprendió el verano pasado están estrechamente ligadas a los lugares en los que se desarrollan. Nos encontramos ante un paisaje urbano, pero no el paisaje de los centros históricos o de las calles concurridas por transeúntes, habitantes y turistas. Los espacios urbanos de Tan son en gran medida, esos terrains vagues que tanto entusiasmaron a los surrealistas, dadaístas y situacionistas por su capacidad para mostrarnos lo irracional, obsoleto e inesperado de la ciudad. Las pequeñas aventuras de los dos protagonistas pasan siempre en espacios intersticiales, territorios residuales, lugares en los que parece que la ciudad ha terminado, pero en los que la naturaleza no es todavía del todo dueña: azoteas y descampados suburbanos.
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La periferia, los márgenes, tantas veces evocados y narrados por el autor australiano. Los negativos de la ciudad. Las ruinas de la urbe industrial (llenas de fábricas vacías o de objetos abandonados) convertidas en espacios para la exploración y los juegos infantiles. Espacios ambiguos a los que -como aseguraría mi querido Delgado entusiasmado- su indefinición e imprecisión (tanto de límites como de funciones) le otorgan una multiplicidad de significados cargada de potencial creador. Lugares pues para la deambulación y la inventiva. Territorios perfectos para situar las acciones inesperadas que ocurren en la historia y dar vida al elenco de personajes extraños que merodean por las páginas del libro.
 
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Un álbum evocador y lleno de caminos por recorrer para lectores que amen los retos. No se trata de una lectura sencilla. Requiere de intérpretes prestos a enfrentarse a la vaguedad y la ambigüedad, dispuestos a recorrer los paisajes de la infancia.
La Coleccionista: http://lacoleccionista-libroalbum.blogspot.com.es/2015/12/historias-para-regalar-en-navidad.html

La historia de por qué los perros tienen el hocico húmedo

Hace mucho, mucho tiempo, cuando hacía poco desde que empezó a existir el mundo, se puso a llover. Era una lluvia tremenda, de esas que te dejan totalmente empapado, de las que caen en tromba desde todas las esquinas del cielo y no paran ni un momento.

Un hombre que se llamaba Noé dio con la solución: se puso a construir un bote salvavidas en el que proteger a personas y animales. El barco estaba hecho de árboles altos y grandes, y se llamaba Arca.

Noé viajó por todo el mundo para reunir a todos los animales que te puedas imaginar. Invitó a subir a bordo incluso a los caracoles, las arañas, los escarabajos y todos esos bichos asquerosos a los que casi todo el mundo echa veneno o pisotean para librarse de ellos de una vez por todas.

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Así que una mañana temprano, cuando ya llevaban veinte días y veinte noches en el ancho mar, sucedió algo terrible: ¡Empezó a entrar agua en el Arca!

El agujero que había entre las tablas no era mayor que una nuez. Quizá no era como para presumir demasiado, en un barco del tamaño de un campo de fútbol. Pero antes de que Noé llegase a decir “agujero”, había agua por todas partes y hasta hubo que rescatar a un conejo.

¿Ay, qué vamos a hacer ahora? le dijo Noé al perro.
¡Necesitaban un plan, y deprisa!

 

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La lluvia cayó durante cuarenta días y cuarenta noches, y por donde mirasen, solo había agua. El perro de Noé no podía hacer otra cosa que quedarse muy quieto. Sabía que su amo quería que estuviese quietecito, tapando bien el agujero. El agua golpeaba en el hocico del perro día y noche, pero ni una sola gota entró en el barco. De pronto, una mañana, el perro sintió el olor de algo distinto.

Fuera asomaba una montaña altísima por encima del tejado, y detrás de la montaña vieron un trocito diminuto de cielo azul. Había dejado de llover y un arcoíris grande y precioso formaba un puente en el cielo, de este a oeste.

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¡Habían llegado a tierra! Y vaya si era bonito lo que vieron.
Flores y plantas preciosísimas se extendían por los campos.

La historia de por qué los perros tienen el hocico húmedo
Kenneth Steven y Øyvind Torseter

Álbum ilustrado sin palabras. Comentarios de Suzy Lee

Los libros de la trilogía (Espejo, La ola y Sombras) no tienen palabras o bien incluyen muy pocas. La gente a menudo me pregunta porqué excluyo las palabras de mis álbumes ilustrados, aunque ésa no sería la pregunta más exacta. Lo que hice no fue omitir palabras que ya estaban escritas, como tampoco decidí crear un libro sin palabras cuando empecé con el proyecto. El hecho de si el libro tendrá palabras o no no es lo primero que pienso cuando creo un álbum ilustrado. Me interesa más centrarme en cómo expresar la idea de la mejor forma posible.

Si me dejo llevar a la hora de desarrollar la historia, en ocasiones acaba tomando la forma de álbum ilustrado sin palabras. Ciertas historias se me ocurren en forma de imágenes. Incluso hay veces en las que me limito a añadir historias a las imágenes que me apetece utilizar. En ocasiones pienso que contar historias puede ser una excusa para mostrar ciertas imágenes.

Cuando sitúo una imagen al lado de la otra, aparece una historia entre ellas como por arte de magia. En ese punto, lo importante no son cada una de las imágenes por separado, sino la historia que crean en conjunto. Cuando distribuyo las imágenes y las altero, la historia empieza a desarrollarse sola gracias al poder que tienen cada una de las imágenes. Cuando ya no queda nada por añadir o quitar, el libro está terminado. Añadir palabras a este álbum ilustrado completo sería como añadir una ilustración a un poema. Un poema ilustrado es excesivo, puesto que entorpece el ensueño del lector y elimina la posibilidad de imaginar a partir de unas palabras poéticas.

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Ciertas historias piden ser explicadas con el lenguaje de las imágenes y tratadas con la lógica visual. Esas historias suelen ocurrírseles de forma natural a los creadores más acostumbrados a pensar de manera visual. Si primero hubiera existido un texto tipo «hay un espejo» y luego hubiera venido la ilustración para el texto, Espejo habría sido un libro bastante diferente. Por otro lado, si el motivo del proyecto ya es visual como «la página opuesta es un espejo», de forma natural nos lleva a contar la historia de un modo visual y es probable que el proyecto termine adoptando la forma de un libro sin palabras.

Los álbumes ilustrados sin palabras corren el riesgo de acabar siendo demasiado lógicos o aclaratorios por culpa de la ansiedad que produce la posibilidad de que el lector pueda no entender el argumento por la falta de palabras. No habría espacio para respirar si la historia sólo se centrara en hacer avanzar una serie de acontecimientos. La parte más exigente del proceso creativo de los álbumes ilustrados sin palabras es la de guiar a los lectores y a la vez dejar abiertas todas las posibilidades para que puedan experimentar cosas diversas al leerlo. Un buen álbum ilustrado deja espacio para la imaginación del lector, mientras que un mal álbum ilustrado no deja espacio, sino que lo llena por completo con las imágenes de un artista poco imaginativo.

Aunque quizás depende de la capacidad de leer imágenes, un álbum ilustrado sin palabras sólo es una de las numerosas formas distintas que puede adoptar un álbum ilustrado. En un buen álbum ilustrado, una historia y la forma en la que está expresada encajan a la perfección como el tejido externo y el forro en un traje bien confeccionado. Incluso da la impresión de que sin esa forma de expresión concreta, esta historia no podría existir. La «forma de expresión» no se refiere simplemente a las palabras o a las imágenes, sino a todos los métodos que pueden transmitir el mensaje al lector de forma efectiva: la forma en la que se combinan las palabras y las imágenes, el estilo y la estrategia de las imágenes, la forma del libro y la dirección en la que se pasan las páginas, etcétera. El artista piensa en cómo contar la historia de forma óptima y simplemente selecciona entre las ventajas y los efectos que puede ofrecer cada tipo de formato de álbum ilustrado.

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También existen varios aspectos en los álbumes ilustrados sin palabras. Creo que los álbumes ilustrados sin palabras son especialmente efectivos a la hora de expandirse y extenderse en un momento dado. Puesto que no utilizan subtítulos explicativos en películas del tipo «diez años más tarde» para indicar saltos temporales, los álbumes ilustrados sin palabras tienden a centrarse en retratar acontecimientos continuos dentro de un espacio de tiempo limitado. Mientras trabajo, en ocasiones tengo la sensación de que estoy dibujando fotogramas para una película de animación.

Espejo, La ola y Sombras se centran en los «actos» continuos dentro de un tiempo y espacio determinados. De repente, los personajes principales aparecen, juegan y se van; todo sin causalidad. Son verdaderos personajes superficiales que sólo aparecen para jugar. El breve espacio de tiempo que ocupan los personajes podría haberlo prolongado el libro. Parece como si el libro alargara el tiempo y el espacio en el que tiene lugar el juego y nos muestra las alegrías, los temores, la ansiedad y el entusiasmo de la niña a cámara lenta, uno a uno.

Describir el estado de «pasárselo en grande» es una de las cosas más difíciles de conseguir. Es la ilusión tensa ante un estallido de alegría, la sensación de flotar en el espacio como si el tiempo se hubira detenido, esos momentos apabullantes en los que muchas cosas suceden al mismo tiempo. La única manera de «mostrar» esos momentos tan estimulantes es intentando reflejar su esencia. Supongo que Maurice Sendak estaría de acuerdo conmigo, ya que él representó las tres escenas del jaleo que montan Max y los monstruos en Donde viven los monstruos solo con ilustraciones.

Parece como si los libros sin palabras dijeran: «yo solo te lo muestro, tú tienes que sentirlo». En cierto sentido puede impresionar, pero también puede resultar frustrante, algo así como estar delante de un gran sabio silencioso. El lector tal vez no esté acostumbrado a los libros sin palabras. Aunque las imágenes son más intuitivas, eso no significa necesariamente que resulten más sencillas de comprender. Para leer álbumes ilustrados sin palabras son necesarias unas habilidades deductivas básicas y la capacidad de comprender los códigos y señales de las imágenes. Por consiguiente, es posible que se tarde un poco en «entrar» en el libro.

Una vez me llevé una maqueta de Espejo a la Feria del Libro Infantil de Bolonia. Un editor se interesó por el libro y dijo que quería publicarlo siempre y cuando cambiara ese final sombrío por un final feliz. Yo me quedé estupefacta ante aquella sugerencia tan descuidada. A continuación, se me acercó y me dio otro consejo: «Los padres no lo comprarán si no tiene palabras. ¿Por qué no añades unas cuantas?».

La mayoría de lectores suelen avergonzarse un poco ante los álbumes infantiles sin palabras, porque literalmente no hay «nada que leer». Sin una dirección concreta, los álbumes infantiles exigen la participación activa de los lectores. Cuando los padres dudan si deben intentar leer el álbum ilustrado sin palabras, los niños intervienen enseguida y empiezan a contar la historia con sus propias palabras. En una ocasión, a un joven lector le preguntaron de dónde salía el lobo de Sombras. Su respuesta fue la siguiente: «La niña está demasiado distraída jugando y no se ha dado cuenta de que ha abierto la caja secreta prohibida de la que ha salido el lobo».

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Es el lector quien tiene que avanzar a partir de las pistas que le ofrece el álbum ilustrado sin palabras. Disfrutando de esa ambigüedad sin prisas, haciendo preguntas y deduciendo las respuestas sin ayuda podrían ser varias maneras de disfrutar de un álbum ilustrado sin palabras. Hay cosas que se revelan de forma furtiva cuando no hay palabras que las indiquen. ¿Importa de dónde procede esa caja secreta de la que ha salido el lobo? Basta con disfrutar gracias a la imaginación, saltando de aquí para allá a partir de las imágenes. Una historia que cambia cada vez que la lees, ¿no es divertido eso?

Los álbumes ilustrados son herramientas para jugar. No hay ningún motivo para sentirse incómodo con un proceso confuso de comprensión de la historia basado en la información limitada que ofrecen las imágenes. Es como descifrar un acertijo. Es posible que sea el momento más creativo de todo el proceso. Perry Nodelman mencionó en Pleasures of Children’s Literature que leer libros no era la respuesta que se debía aceptar, sino el origen de la pregunta que tenemos que hacernos en todo momento. Es importante explorar continuamente, extender nuestro hilo mental y no elegir la salida más fácil confiando en la autoridad de las «respuestas correctas». Creo que ésas son actitudes importantes para leer libros de forma creativa.

 

La trilogía del límite
Suzy Lee

Pero así era la vida

Durante las siguientes semanas, fueron cada vez menos al estanque. Se quedaban sentados en cualquier lugar que tuviera hierba y casi no hablaban.

Hasta que un día, una ráfaga de aire fresco despeinó las plumas del pato y éste sintió frío por primera vez.
—Tengo frío —dijo una noche—. ¿Te importaría calentarme un poco?

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La nieve caía. Los copos eran tan finos que se quedaban suspendidos en el aire. Algo había ocurrido. La muerte miró al pato. Había dejado de respirar. Se había quedado muy quieto.

Le acarició para colocar un par de plumas ligeramente alborotadas, lo cogió en brazos y se lo llevó al gran río.

Allí, lo acostó con delicadeza sobre el agua y le dio un suave empujoncito, con mucho cuidado. Se quedó mucho tiempo mirando cómo se alejaba. Cuando le perdió de vista, la muerte se sintió incluso un poco triste.

Pero así era la vida.

 

El pato y la muerte
Wolf Erlbruch

El pato y la muerte, Wolf Erlbruch

Desde hacía tiempo, el pato notaba algo extraño.

—¿Quién eres? ¿Por qué me sigues tan de cerca y sin hacer ruido?
La muerte le contestó:
—Me alegro de que por fin me hayas visto. Soy la muerte.

El pato se asustó.
Quién no lo habría hecho.
—¿Ya vienes a buscarme?
—He estado cerca de ti desde el día en que naciste… por si acaso.
—¿Por si acaso? —preguntó el pato.
—Sí, por si te pasaba algo. Un resfriado serio, un accidente… ¡Nunca se sabe!
—¿Ahora te encargas de eso?
—De los accidentes se encarga la vida; de los resfriados y del resto de las cosas que os pueden pasar a los patos de vez en cuando, también.
Solo diré una: el zorro.
El pato no quería ni imaginárselo. Se le ponía la carne de gallina. La muerte le sonrió con dulzura. Si no se tenía en cuenta quién era, hasta resultaba simpática; incluso, más que simpática.

—¿Te apetece ir al estanque? —preguntó el pato.
La muerte ya se lo había temido…
Después de un rato, la muerte tuvo que admitir que su pasión por zambullirse tenía límites:
—Perdóname, por favor —dijo—. Necesito salir de este lugar tan húmedo.

—¿Tienes frío? —preguntó el pato—. ¿Quieres que te caliente?
Nunca nadie se había ofrecido a hacer algo así por ella.

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A la mañana siguiente, muy temprano, el pato fue el primero en despertarse.
“¡No me he muerto!”, pensó.

Le dio a la muerte un golpecito en el costado:
—¡No me he muerto! —graznó henchido de felicidad.
La muerte levantó la cabeza:
—Me alegro por ti —dijo desperezándose.
—¿Y si me hubiera muerto…?
—Entonces no habría podido descansar tan bien —contestó la muerte bostezando.
“Esa respuesta no ha sido nada simpática”, pensó el pato.

El pato y la muerte
Wolf Erlburch

La expedición. Cuentos de la periferia, Shan Tan

Mi hermano y yo podíamos pasarnos horas enteras discutiendo sobre qué decía la letra de un anuncio de televisión, sobre la imposibilidad de disparar una pistola en el espacio exterior, sobre la procedencia de los anacardos o sobre si realmente aquel día habíamos visto un cocodrilo de agua salada en la piscina de los vecinos. Una vez tuvimos una discusión sobre por qué la guía de calles de papá terminaba en el plano 268. Yo decía que estaba clarísimo que se habían desprendido unas cuantas páginas. El plano 268 estaba lleno de calles, avenidas, plazas y callejones sin salida hasta el borde de la hoja. Lo que quiero decir es que no podía ser que la ciudad acabara ahí de golpe, no tenía ningún sentido.

Mi hermano, en cambio, insistía con aquel tono de irritante autoridad que tanto les gusta utilizar a muchos hermanos mayores que el mapa era absolutamente correcto, porque sino pondría «sigue en el mapa 269» en el margen lateral y letra pequeña. Si el mapa decía que era de ese modo, es que era de ese modo. Mi hermano era así con casi todo: un pelmazo.

Se desencadenó un combate verbal: «está bien», «que no», «que sí», «no», «sí», «no»… un mantra en ping pong que se prolongó mientras cenábamos, mientras jugábamos al ordenador, mientras nos cepillábamos los dientes y mientras estábamos tendidos en la cama, despiertos, gritando para que nuestras voces se oyeran al otro lado del tabique hasta que papá se enfadaba y nos decía que ya bastaba. Al final decidimos que sólo había un modo de solucionarlo: ir hasta allí y comprobarlo personalmente. Con un apretón de manos sellamos una apuesta de veinte dólares, una cantidad de dinero de vértigo por muy segura que fuera la apuesta, y planeamos una expedición científica oficial a las misteriosas afueras de la ciudad.

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Mi hermano y yo tomamos el bus 441 hasta el final de la línea y a partir de allí continuamos a pie. Llevábamos las mochilas llenas de todo el +avituallamiento necesario para un viaje de estas características: chocolate, zumo de naranja, pasas y, evidentemente, el callejero de la discordia.

Era emocionante formar parte de una expedición de verdad, era un poco como ir al desierto o a la jungla, aunque aquí el camino estaba muy bien señalizado. Qué fantástico debía de ser hace tiempo, antes de las tiendas y las autopistas y los puestos de comida rápida, cuando el mundo aún era desconocido. Armados con palos nos abrimos paso por avenidas cubiertas de matojos, seguimos la brújula por caminos interminables, escalamos apartamentos de varios pisos para tener una perspectiva mejor y tomamos notas en una libreta de espiral. Habíamos salido a primera hora, pero ya era media tarde y la zona a la que queríamos llegar aún estaba en el quinto pino. Y eso que habíamos calculado que a esas horas ya habríamos vuelto a casa y estaríamos sentados en el sofá, mirando los dibujos animados.

La emoción de aquella aventura se iba consumiendo, y no solo porque nos dolían los pies y nos culpábamos mutuamente de haber olvidado la crema solar. Había algo más que no sabíamos explicar del todo.

Cuanto más lejos estábamos, más se parecía todo, como si cada nueva calle, aparcamiento o centro comercial fuera simplemente otra versión del nuestro, construido con piezas de un juego de construcción gigantesco. Lo único que cambiaba eran los nombres.

Cuando llegamos al último tramo de calle que había en el mapa, el cielo había adquirido un tono rosáceo contra el que se recortaban los árboles y a nosotros lo único que nos apetecía era sentarnos donde fuera a descansar los pies. El inevitable discurso de la victoria que me había estado preparando mentalmente durante todo el camino me pareció de golpe una charlatanería sin sentido. No estaba de humor para regocijarme.

Supongo que mi hermano debió de sentirse igual que yo; se me había adelantado un buen trecho, siempre tan impaciente, y cuando lo alcancé lo encontré sentado de espaldas a mí, en medio de la carretera, con las piernas colgando del borde.

—Supongo que te debo veinte dólares —le dije.

—Sí —dijo él.

Otra cosa que me fastidia de mi hermano y que he olvidado mencionar es que siempre tiene razón.

Cuentos de la periferia:http://barbarafioreeditora.com/shauntan/?page_id=169

Vacío: sinopsis

Julia tiene un gran agujero y no le gusta nada. Por eso trata de llenarlo y taparlo de muchas maneras diferentes para hacerlo desaparecer. ¿Lo conseguirás?

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La vida está llenas de encuentros. Y también de pérdidas. A veces estas pérdidas son insignificantes, como perder un lápiz o un papel. Pero hay otras que pueden ser importantes como perder un proyecto, la salud o una persona querida.

Vacío es un libro que nos habla de la resiliencia o la capacidad de sobreponerse a la adversidad y encontrarle un sentido.

Anna Llenas

 

1. Soy un oso muy amable

La silueta peculiar resultó ser no solo una criatura sino dos siluetas sentadas una encima de la otra. Eran la Vaca Valerosa y la Lagartija Lánguida.

La Vaca Valerosa era una vaca larga y blanda con forma de sofá. O también se podría decir que era un sofá largo y blando con la personalidad de una vaca. Era una vaca muy simpática. Y también era un sofá muy simpático.

La Lagartija Lánguida era una lagartija delgada que llevaba un traje arrugado. Estaba cómodamente sentada, como siempre, encima de la Vaca Valerosa, fumando un gran puro. Era demasiado perezosa para caminar. Era demasiado perezosa para levantarse. Era demasiado perezosa incluso para sentarse. A veces conseguía caerse, pero solo si la distancia era muy corta.

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–Hola –dijo el Oso.
–Hola, Oso –lo saludó la Vaca–. Me alegro de verte.
–¿Me conoces? –le preguntó el Oso.
–Por supuesto –sonrió la Vaca.
El Oso se rascó la cabeza.
–¿Y yo te conozco a ti?
–Casi seguro que sí –respondió la Vaca.
–¿Somos amigos? –quiso saber el Oso, esperanzado.
–Claro que lo somos –le aseguró la Vaca, sonriendo de nuevo.
–¿En serio? –El Oso aplaudió satisfecho y se volvió hacia la Lagartija Lánguida. –¿Tú y yo también somos amigos?

La Lagartija dio una profunda calada al puro y, tras una larga pausa, respondió: –Somos viejos amigos.

Era una buena noticia. Hacer nuevos amigos estaba bien, pero hacer viejos amigos estaba mucho mejor.

–A ver si podéis decirme una cosa. –El Oso bajó la voz y se inclinó hacia ellas. –Necesito que seáis sinceras. ¿Soy un Oso amable?
–Eres el Oso más amable que jamás he conocido –le respondió la Vaca.

El Oso se sonrojó.
–Me lo imaginaba –dijo.

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A continuación, sacó el papelito del bolsillo y anotó:

1. SOY UN OSO MUY AMABLE

–Y ahora, tengo que irme –dijo el Oso.
–¿Adónde vas? –le preguntó la Vaca.
–A averiguar si yo soy yo.
–Espero que lo seas –dijo la Vaca.

 

El oso que no estaba
Autor: Oren Lavie  /  Ilustrador: Wolf Erlbruch

Amo amar, amor, Sabien Clement

El tema de la educación sexual para niños siempre ha sido un campo de batalla y siempre provocará punto de vista enfrentados. El retrato visual del amor físico en un libro ilustrado constituye una tarea difícil y desafiante para cualquier artista. Amo amar, amor ilustrado por Sabien Clement demuestra que es posible abordar el tema con sensibilidad, humor y calidez.

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El libro es una colaboración entre Clement y el escritor Geert De Kockere, cuyos poemas sobre el amor y el hecho de estar enamorado interpreta el artista. En Colouring Outside the Lines (Flemish Literatura Fund, 2006), Marita Vermeulen escribe con elocuencia acerca de las ilustraciones de Clement:

Los dibujos con pluma y las formas coloreadas de Amo amar, amor representan a los seres humanos en toda su vulnerabilidad. Las líneas frágiles apenas ponen límites a los cuerpos sensuales. En las imágenes hay una fricción constante entre lo físico y lo emocional. Parece como si lo personajes de Clement no tuviesen suficiente cuerpo y extremidades para expresar su amor y su ansiedad. Los brazos y las piernas, que son demasiado largos o excesivamente cortos, simbolizan con ternura las dificultades de los seres humanos cuando intentan demostrar su amor.

 

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Las líneas nerviosas e indagadoras de Clement dotan al libro de una inocencia y una calidez poco habituales. Las imágenes parecen bailar en el texto, fuera de él y a su alrededor, a veces expandiendo las palabras y otras veces contrarrestándolas. Como observa Vermeulen: «Cuando el texto es explícito, sus dibujos son ambiguos; cuando el texto es crudo, añade suavidad». Clement siempre se muestra respetuosa con el espíritu del texto. Al hablar de su enfoque para un proyecto de este tipo, Clementsubraya la importancia de entender la intención del autor:

Cuando un escritor me pide que ilustra su libro, primero leo el texto, pero también me gusta reunirme con el autor, saber lo que piensa, sus opiniones, sus puntos de vista. Siempre le pregunto a qué grupo de edad va dirigido el libro, pero cuando empiezo a trabajar intento evitar que eso me condicione demasiado y crear un ambiente que encaje.Tras preguntarle sobre el delicado tema de definir la idoneidad para los niños, Clement afirma:

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Mmmm…. es muy delicado. Incluso depende de la educación de los padres. Un niño de ocho años puede ser más maduro que uno de catorce. Recuerdo a una niña de unos ocho años hojeando Amo amar, amor. No parecía sorprendida ni avergonzada de ver a personas desnudas. Actuaba con toda normalidad y le gustaba ver el libro. En mi opinión, “Amo amar, amor” no es nada impactante. Se describe el amor de manera delicada y universal. Así que, en respuesta a la pregunta, diría que no se puede encasillar lo que es o no es adecuado. Excepto cuando el tema es realmente impactante.

Con respecto a la cuestión más amplia de su identidad como artista/ilustradora, Clement explica:

Me veo como una «dibujante desde el corazón». Si se convierte en un libro ilustrado, bien. Si es una pintura también está bien. En mi tiempo libre dibujo (para mí misma) en un lienzo grande o en un pequeño diario. Hago dibujo del natural porque me encanta. Me gusta hacer equilibrios en el límite entre ser ilustradora y pintora/artista creativa. Si un libro ilustrado trasciende lo normal, si las imágenes te remueven emocionalmente, para mí eso es arte. Las palabras no me importan tanto.

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El arte de ilustrar libros infantiles. Concepto y práctica de la narración visual.
Martin salisbury y Morag Styles
Blume Editorial