Velatorio

Una noche fría, el pasado invierno, hubo un incendio en la casa de un hombre que días antes había apaleado a su propio perro hasta la muerte.

Puesto que se trataba de un tipo forzudo, consiguió rescatar todas sus pertenencias: sin la ayuda de nadie fue sacándolas del edificio en llamas y las fue dejando en el jardín. Cuando hubo acabado, un centenar de perros de todos los tamaños y colores surgieron de las sombras circundantes para echarse encima de cada uno de los muebles y sobre cada electrodoméstico como si fueran suyos. No dejaban que el hombre se acercara y lo gruñían con rabia cuando intentaba pegarles, pero por lo demás se quedaban muy quietos, observando las llamas, impasibles. 

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El fuego ardía con una intensidad sorprendente y la casa se derrumbó al cabo de pocos minutos. Furioso, el hombre salió corriendo a buscar un arma. Como si obedecieran a una orden, los perros bajaron al suelo, formaron un círculo y empezaron a hacer pis por turnos sobre todos los objetos rescatados. En una ocasión llegaron a aullar, ni muy fuerte ni mucho rato, pero con tanta melancolía que incluso los que no lo oyeron se revolvieron en sus camas con inquietud.

A continuación se marcharon y se perdieron por calles y callejuelas, balanceando la cabeza al paso de su trote, sobre el cemento que cubría lo que algún día había sido tierra negra. No miraron atrás y no vieron las últimas llamas que ardían en el jardín, ni al tipo que volvió con una triste palanca y se quedó llorando entre las cenizas, completamente solo. Los perros soñaban con sus moradas: el olor de su hogar calentito, de las mantas recién lavadas y las camas en las que dormían los humanos que les habían puesto esos nombres tan peculiares.

Cuentos de la periferia, Shaun Tan
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