Eric

Hace unos años tuvimos a un estudiante extranjero de intercambio viviendo con nosotros. A todos nos costaba mucho pronunciar su nombre correctamente, pero a él no le importaba. Nos dijo que le llamáramos simplemente «Eric».

Habíamos pintado la habitación de los huéspedes, habíamos comprado una alfombra nueva y todo eso, queríamos asegurarnos de que le gustara y estuviera cómodo. Por eso no os sabría decir por qué Eric prefería casi siempre dormir y estudiar en la despensa de la cocina.
—Debe de ser algo cultural —dijo mamá—. Mientras esté contento…

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Tuvimos que almacenar la comida y los trastos de la cocina en otros armarios para no molestarlo. Sin embargo, a veces me preguntaba si Eric era feliz; era siempre tan educado que no estoy seguro de que si algo le hubiera molestado se hubiera atrevido a decírnoslo. Algunas veces lo vi a través de la rendija de la puerta de la despensa. Estudiaba con silenciosa intensidad, y yo intentaba imaginar qué debía de pensar sobre la vida en nuestro país.

No se lo había contado a nadie, pero yo siempre había querido tener un visitante extranjero en casa, ¡tenía tantas cosas que enseñarle y sobre las que hablar! Por una vez podría ser la experta local, una fuente de datos y opiniones interesantes.
Afortunadamente, Eric era muy curioso y siempre me hacía un montón de preguntas.

Y, sin embargo, no eran el tipo de preguntas que yo esperaba.
La mayoría de las veces sólo podía responder «no estoy muy segura» o «así son las cosas». No me sentí precisamente muy útil.
Había planeado que saldríamos de excursión cada semana todos juntos, ya que estaba decidida a mostrarle a nuestro invitado los mejores rincones de la ciudad y alrededores. Creo que a Eric le gustaron esas visitas, pero una vez más era difícil saber si realmente era así.

La mayoría de las veces, Eric parecía más interesado en las cositas que iba encontrando en el suelo. A veces eso me sacaba de quicio, pero entonces recordaba lo que me había dicho mamá sobre el tema de las culturas; entonces dejaba de importarme tanto.

No obstante, ninguno de nosotros pudo evitar sentirse desconcertado por la manera en que Eric nos dejó: se marchó de repente un día por la mañana, tras saludarnos con la mano y decirnos adiós educadamente. De hecho tardamos algún tiempo en darnos cuenta de que no volvería.

Durante la cena estuvimos hablando largo y tendido sobre el tema.
¿A alguien le había parecido que estaba disgustado por algo? ¿Habría disfrutado de la estancia? ¿Volveríamos a saber algo de él?

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Una sensación de incomodidad llenó el ambiente, como si se tratara de algo inacabado, algo por resolver. Pasamos varias horas preocupados , hasta que alguien descubrió lo que había en la despensa.

Ve, míralo tú mismo, aún está allí después de todos estos años, intacto en la oscuridad. Es lo primero que les enseñamos a las visitas. «Mira lo que nos dejó un estudiante extranjero de intercambio», les decimos.

Cuentos de la periferia, Shaun Tan
http://barbarafioreeditora.com/shauntan/?page_id=169

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