Rex no puede evitar tener la sensación de que no acaba de encajar…

Otro día en Rollos & Ronquidox. Rex es bueno y serio en el trabajo, y, aunque puede que ahora no lo parezca en medio del caos, sus colegas lo aprecian.

—Rex, ¡el informe de la semana pasada estaba muy bien! —le dice Jake, el supervisor, mientras se alza para darle una palmadita en la espalda, aunque acaba conformándose con la rodilla—. ¿Vienes a jugar a los bolos con nosotros, después del trabajo?

—Eh… no, creo que tengo planes —responde Rex entre tartamudeos.

—Ah, vaya. Qué pena —dice Jake, desilusionado.«Yo lo estropearía todo», piensa Rex mientras suelta un suspiro tan fuerte que desparramapapeles por toda la oficina. Le caen bien sus compañeros, pero le da la impresión de que siempre los está molestando de un modo u otro.

—Rex, por favor, ¿podrías… moverte un pelín? Me estás aplastando un poco —se queja Brian desde debajo de la pared de su cubículo.

—¡Lo siento muchísimo! —se disculpa Rex mientras ayuda a Brian a levantarse—. Es por culpa de este trasero tan enorme que tengo.

Luego trata de no moverse y fantasea con lo agradable y fácil que sería la vida si fuera pequeño y pesara poco, como su amigo Peter O’Dactyl, que va por todas partes volando con elegancia.

Rex vuelve a mirar el reloj y cuenta las horas que le faltan para poder irse por fin a casa.

Rex en la cuidad, Gabo Bernstein

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