La crónica del viaje fantástico de un niño y su perro a través de ciudades, países y continentes en busca de un nuevo hogar

La siguiente población con la que nos topamos ya estaba en ruinas. Allí no vivía nadie, no vivían ni animales ni crecían flores. Por las calles solo andaba sin rumbo un chico que nos aseguró que ya estaba muerto. Los demás habitantes de las casas cercanas se habían ido o estaban ya en el cielo, pero a él no le apetecía aún marcharse y les había dicho que los alcanzaría más tarde. Aún tenía que pasar por algunos lugares para memorizarlos bien y poder recordarlos luego, en el otro mundo.

Tenía un aspecto parecido a los chicos normales, pero era más pálido y no dejaba huellas en la arena.

Nos contó los últimos días de su ciudad. Un día, por la mañana temprano y sin advertencia, entraron unos monstruos. No era capaz de describírnoslos, pero de algo sí se acordaba: no tenían corazón. Donde debían tenerlo, en el medio del pecho, tenían un hueco. Por eso tampoco sentían nada mientras destruían la población.

Al chico, antes de irse, le apetecía mucho jugar con alguien. En eso yo podía ayudarle, y él se puso contento. Le propuse jugar a las persecuciones, pero enseguida me avergoncé porque solo jugaba para ganar. Pero en el juego no hay que hacer trampas, así que de veras ganaba yo siempre. Cuando descansamos, el chico dijo que probásemos al escondite.

En esto él era superior, porque conocía bien los alrededores y era capaz de esconderse en 37un lugar donde yo no esperaría ningún escondrijo. Estábamos por tanto empatados.Luego, sin embargo, tuve que seguir adelante, porque el campamento ya no podía estar lejos y yo deseaba reunirme cuanto antes con mi padre.

Quise que viniera conmigo, pero el chico rehusó dando las gracias. Se alegraba de haber podido jugar con alguien una vez más. Ahora ya no necesitaba nada.

Nos despedimos agitando la mano, yo confiado en que acababa de iniciar la última etapa de mi viaje.

¡Huye!, Marek Vadas y Daniela Olejníková

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