La ciudad latente: una antología de 25 historias ilustradas que nos hablan de la relación entre los humanos y los animales

La ciudad latente es una antología de 25 historias ilustradas que nos hablan de la relación entre los humanos y los animales, continuación de Cuentos de la periferia, publicado en 2008. La premisa de la que decidí partir era bastante sencilla: piensa en un animal en una ciudad. ¿Qué hace ahí? ¿Cómo reaccionan las personas al verlo? ¿Qué podría significar? La primera historia que escribí hablaba de unos cocodrilos que habitaban la última planta de un rascacielos, y esta historia dio lugar a una serie de fantasías soñadas similares. Trabajo, como la mayoría de los artistas, a partir de un concepto inicial al que voy dando forma con datos que recabo aquí y allá, explorando una idea de distintas maneras hasta dar con un elemento más o menos completo, en torno a un sentimiento o un tema que lo aglutina todo.

la ciudad latente, shaun tan

Gran parte de mi trabajo, desde Los conejos hasta La cosa perdida o Cuentos de la periferia trata el tema de la separación o la tensión entre mundos artificiales y naturales que despierta la nostalgia ante aquello que se ha perdido o aquello de lo que no se tiene un recuerdo completo. El ritmo de vida que llevamos es, desde un punto de vista histórico, asombrosamente extraño, tanto por lo maravilloso como por lo alarmante, una especie de fallo técnico en el tiempo geológico marcado por separaciones y disoluciones importantes. En no pocas ocasiones he tenido la impresión de que muchos de los problemas materiales y espirituales de las personas, y míos también, podrían estar relacionados con esa distancia que hay entre la naturaleza en un mundo posindustrial, en especial en los centros urbanos. Pensar en otros animales es una manera útil de tomar conciencia de esto que digo, abandonar esa actitud antropocéntrica un tanto reducida, atrapada en el egocentrismo y las preocupaciones humanas propias de la época contemporánea.

Me parece importante señalar que mis animales no hablan y que su naturaleza permanece inescrutable. Son seres que entran y salen de cada historia como si trataran de decirnos algo sobre nuestros éxitos y nuestros fracasos como especie, sobre lo que significan nuestros sueños y cuál es nuestro verdadero lugar en el mundo, aunque siempre de una manera imprecisa. En ese sentido encontramos paralelismos entre estas criaturas ficticias y las reales; animales cuya presencia cotidiana podría ilustrar aspectos de la vida que solemos tender a pasar por alto, ya sea por distracción cultural, distancia física o barreras lingüísticas. Sencillamente estamos muy ocupados todo el tiempo siendo seres humanos, mientras que los otros mamíferos, insectos, peces y aves subsisten entre nosotros como parientes olvidados. Y si bien es posible que nunca lleguemos a entender cómo viven estos otros animales —sería absurdo asumir lo contrario—, escribir y dibujar historias sobre ellos tal vez nos permita ampliar nuestra imaginación y llegar a entender un poco más nuestro lado humano.

Las ilustraciones originales que aparecen en La ciudad latente son en su mayoría pinturas al óleo de gran formato, unos 150 x 100 cm, sobre las que no se ha llevado a cabo un trabajo digital significativo. Me gusta la materialidad de estos medios tradicionales y me agrada poder realizar movimientos con todo el brazo para conseguir diferentes texturas a esta escala por medio de pinceles, espátulas, trozos de cartón y hasta rasquetas limpiacristales de ducha para extender la pintura húmeda sobre el lienzo con trazos amplios antes de resolver los detalles. Antes de ponerme a pintar realizo una serie de esbozos y pinturas más pequeños, como los que aparecen más adelante. En el caso de este libro, gran parte del trabajo preliminar fue digital, en la forma de collage fotográfico —unión de distintas imágenes que iba encontrando— motivo por el que la imaginería presente en las pinturas finales resulta tan realista, extraídas de referencias fotográficas. En algunos casos, construí pequeñas escenas, como los dioramas de los museos. En “Ciervo”, la imagen que abre el libro utilicé, por ejemplo, pequeñas figuras de juguete en un bosquecillo realizado en una caja de cartón que coloqué sobre el alféizar de mi propia ventana para recrear el efecto deseado de luz y composición.

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Con frecuencia me preguntan qué viene primero, la historia o la ilustración. Es un poco de las dos cosas, un proceso de discusión en el que un acto inspira el siguiente mediante revisiones sucesivas. En un principio, suelo tener una idea más bien confusa en la cabeza, como retazos de un sueño: un pez pulmonado en una alcantarilla con un rostro ligeramente humano, una nube de mariposas que desciende, trabajadores de una fábrica que vuelven a casa después del trabajo bajo la nieve a lomos de un yak. No siempre sé de dónde salen todas estas imágenes, aunque normalmente sí soy capaz de identificar algunas influencias, como pueden ser las noticias diarias, conversaciones o malinterpretaciones de algo que he visto u oído por encima (una fuente de ideas bastante común).

Pintar o escribir es siempre una forma de intentar entender lo que podrían significar esas fantasías soñadas, ya que los esbozos constan tanto de palabras como de imágenes realizados en pequeños cuadernos a lápiz o bolígrafo, normalmente repetidos, en los que realizo variaciones alternativas sobre la misma idea. Se trata de un proceso de desarrollo que puede llevar horas, semanas o meses, en el que con frecuencia el resultado es muy diferente de lo que imaginé en un principio. Lo que me interesa especialmente es la forma en la que una premisa absurda —unos cocodrilos en un edificio de oficinas, unos osos que se asocian con unos abogados, una orca perdida en el cielo— pueda llegar a tener un significado lógico si le dedicas el tiempo necesario a escribir o a dibujar sobre ella. Significados ocultos, miedos, revelaciones, preguntas filosóficas y preocupaciones de la vida real parecen emerger de forma natural y espontánea.

El pensamiento general que se desprendía de gran parte de este trabajo era sencillamente eso: que los seres humanos somos animales. Es algo que tendemos a olvidar, que somos una especie más de los varios millones que existen en este planeta. Nuestras leyes y religiones nos dicen que somos especiales, pero ¿de verdad lo somos? Algo que sí sabemos con seguridad es que magnificamos lo que somos y a la vez nos abruma la noción de superioridad propia del ser humano hasta el punto de tender a separarnos y comunicarnos interiormente nada más. Escribir ficción y acompañarla de ilustraciones forma parte en realidad de este proceso, es un diálogo interior que mira hacia dentro siempre, pero al menos intenta mirar también hacia fuera, hacia elementos no humanos, igual que hace un naturalista.

la ciudad latente, shaun tan

A menudo me pregunto si nuestros ancestros entenderían mejor al resto de la vida animal, por ser naturalistas intrínsecos. Si nos fijamos en las pinturas de las cavernas, que normalmente cuentan historias, los motivos dominantes son los animales; y si nos fijamos en los niños, las primeras palabras, conceptos y juguetes de muchos de ellos son animales. No figuras humanas, sino osos, elefantes, jirafas, ratones. Nuestra hija nació en la época en que empecé a pensar en este libro y a escribir estas historias, y cimentó la idea de que existe algo fundamental en el hecho de que el ser humano busque esa cercanía con sus parientes no humanos, ya sea a través de mascotas, cuentos, juguetes, programas de televisión o excursiones al zoo, algo que estuve haciendo todas las semanas durante un tiempo, ya que no vivo muy lejos de uno, junto con otros muchos padres primerizos con sus carritos.

Y a la vez seguimos mostrando una inmensa falta de respeto hacia los animales a juzgar por el trato que les damos, la destrucción de sus hábitats, la crueldad en las granjas de cría intensiva y muchas otras faltas e injusticias. Y esto es solo lo que conocemos. Sin duda existen muchos otros problemas de los que aún no sabemos nada como, por ejemplo, los descubrimientos recientes acerca del ruido que hacen los buques de carga: un sonido que causa interferencias en la comunicación a larga distancia de las ballenas con consecuencias posiblemente fatales. Cada vez vivimos en lugares más alejados de los bosques, las llanuras, los desiertos y los océanos, desde las ciudades al ciberespacio, y sentimos que nos falta algo realmente importante. Nos estamos dando cuenta demasiado tarde de que nuestro propio destino está estrechamente unido al de todas esas otras criaturas (algo que nuestros antepasados sabían muy bien) mientras seguimos degradando la tierra, los océanos y el aire, eliminando especies del mapa que se extinguen a diario, alterando un patrón perfectamente afinado. Cuando ultimaba los detalles de este libro, murió el último ejemplar de rinoceronte blanco del norte, como le pasa al rinoceronte de mi propio poema, y su desaparición puso el punto y final a la existencia de millones de años de esta subespecie. Vivimos en la era antropocena, es la primera vez que se puede decir que una única especie es la responsable de cambios globales a escala geológica. Posiblemente estemos ante un período de extinción masiva como no se había visto desde la desaparición de los dinosaurios a finales de la era cretácica.

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Mi libro no trata tanto de todos esos temas como de la sensación imprecisa y confusa del ser humano contemporáneo, especialmente los habitantes de las ciudades, de que la vida se ha convertido en algo muy extraño y complejo con esta profunda crisis como telón de fondo. Esto no tiene por qué ser necesariamente algo malo, ya que lo extraño y lo complejo abren la mente a la imaginación y las posibilidades, una sensibilidad agudizada, una valoración autocrítica que nos lleva a pensar en el mundo de otra manera. Pero creo que es necesario reconducir esa imaginación hacia las cosas que son realmente importantes como forma esencial de cobrar conciencia de cuáles son esas cosas realmente importantes. Cosas que siempre parecen más grandes, más antiguas, más sabias y, finalmente, más duraderas que nosotros mismos.

 

El origen de las historias
Shaun Tan

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