Historias para regalar en navidad

Las reglas del verano de Shaun Tan tiene un funcionamiento parecido a su El árbol rojo. A través de un texto breve y unas ilustraciones cargadas de simbolismo, Tan pretende, más que contar una historia, instalar al lector en un mundo onírico e irreal, que incita al lector a reflexionar y a construir de forma activa su significado. De hecho en sus comentarios sobre la obra asegura que cada ilustración bien podría verse como “el capítulo de un cuento que no está escrito y que solo la imaginación del lector puede elaborar”. Una nueva vuelta de tuerca a Los misterios del señor Burdick que, en este caso, juega con algunos recuerdos de infancia para transportar nuevamente al lector a esos suburbios australianos que Tan convierte en ambientes sugerentes.
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Y es que esas extrañas reglas que el pequeño protagonista va explicándonos que aprendió el verano pasado están estrechamente ligadas a los lugares en los que se desarrollan. Nos encontramos ante un paisaje urbano, pero no el paisaje de los centros históricos o de las calles concurridas por transeúntes, habitantes y turistas. Los espacios urbanos de Tan son en gran medida, esos terrains vagues que tanto entusiasmaron a los surrealistas, dadaístas y situacionistas por su capacidad para mostrarnos lo irracional, obsoleto e inesperado de la ciudad. Las pequeñas aventuras de los dos protagonistas pasan siempre en espacios intersticiales, territorios residuales, lugares en los que parece que la ciudad ha terminado, pero en los que la naturaleza no es todavía del todo dueña: azoteas y descampados suburbanos.
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La periferia, los márgenes, tantas veces evocados y narrados por el autor australiano. Los negativos de la ciudad. Las ruinas de la urbe industrial (llenas de fábricas vacías o de objetos abandonados) convertidas en espacios para la exploración y los juegos infantiles. Espacios ambiguos a los que -como aseguraría mi querido Delgado entusiasmado- su indefinición e imprecisión (tanto de límites como de funciones) le otorgan una multiplicidad de significados cargada de potencial creador. Lugares pues para la deambulación y la inventiva. Territorios perfectos para situar las acciones inesperadas que ocurren en la historia y dar vida al elenco de personajes extraños que merodean por las páginas del libro.
 
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Un álbum evocador y lleno de caminos por recorrer para lectores que amen los retos. No se trata de una lectura sencilla. Requiere de intérpretes prestos a enfrentarse a la vaguedad y la ambigüedad, dispuestos a recorrer los paisajes de la infancia.
La Coleccionista: http://lacoleccionista-libroalbum.blogspot.com.es/2015/12/historias-para-regalar-en-navidad.html

La historia de por qué los perros tienen el hocico húmedo

Hace mucho, mucho tiempo, cuando hacía poco desde que empezó a existir el mundo, se puso a llover. Era una lluvia tremenda, de esas que te dejan totalmente empapado, de las que caen en tromba desde todas las esquinas del cielo y no paran ni un momento.

Un hombre que se llamaba Noé dio con la solución: se puso a construir un bote salvavidas en el que proteger a personas y animales. El barco estaba hecho de árboles altos y grandes, y se llamaba Arca.

Noé viajó por todo el mundo para reunir a todos los animales que te puedas imaginar. Invitó a subir a bordo incluso a los caracoles, las arañas, los escarabajos y todos esos bichos asquerosos a los que casi todo el mundo echa veneno o pisotean para librarse de ellos de una vez por todas.

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Así que una mañana temprano, cuando ya llevaban veinte días y veinte noches en el ancho mar, sucedió algo terrible: ¡Empezó a entrar agua en el Arca!

El agujero que había entre las tablas no era mayor que una nuez. Quizá no era como para presumir demasiado, en un barco del tamaño de un campo de fútbol. Pero antes de que Noé llegase a decir “agujero”, había agua por todas partes y hasta hubo que rescatar a un conejo.

¿Ay, qué vamos a hacer ahora? le dijo Noé al perro.
¡Necesitaban un plan, y deprisa!

 

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La lluvia cayó durante cuarenta días y cuarenta noches, y por donde mirasen, solo había agua. El perro de Noé no podía hacer otra cosa que quedarse muy quieto. Sabía que su amo quería que estuviese quietecito, tapando bien el agujero. El agua golpeaba en el hocico del perro día y noche, pero ni una sola gota entró en el barco. De pronto, una mañana, el perro sintió el olor de algo distinto.

Fuera asomaba una montaña altísima por encima del tejado, y detrás de la montaña vieron un trocito diminuto de cielo azul. Había dejado de llover y un arcoíris grande y precioso formaba un puente en el cielo, de este a oeste.

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¡Habían llegado a tierra! Y vaya si era bonito lo que vieron.
Flores y plantas preciosísimas se extendían por los campos.

La historia de por qué los perros tienen el hocico húmedo
Kenneth Steven y Øyvind Torseter

Álbum ilustrado sin palabras. Comentarios de Suzy Lee

Los libros de la trilogía (Espejo, La ola y Sombras) no tienen palabras o bien incluyen muy pocas. La gente a menudo me pregunta porqué excluyo las palabras de mis álbumes ilustrados, aunque ésa no sería la pregunta más exacta. Lo que hice no fue omitir palabras que ya estaban escritas, como tampoco decidí crear un libro sin palabras cuando empecé con el proyecto. El hecho de si el libro tendrá palabras o no no es lo primero que pienso cuando creo un álbum ilustrado. Me interesa más centrarme en cómo expresar la idea de la mejor forma posible.

Si me dejo llevar a la hora de desarrollar la historia, en ocasiones acaba tomando la forma de álbum ilustrado sin palabras. Ciertas historias se me ocurren en forma de imágenes. Incluso hay veces en las que me limito a añadir historias a las imágenes que me apetece utilizar. En ocasiones pienso que contar historias puede ser una excusa para mostrar ciertas imágenes.

Cuando sitúo una imagen al lado de la otra, aparece una historia entre ellas como por arte de magia. En ese punto, lo importante no son cada una de las imágenes por separado, sino la historia que crean en conjunto. Cuando distribuyo las imágenes y las altero, la historia empieza a desarrollarse sola gracias al poder que tienen cada una de las imágenes. Cuando ya no queda nada por añadir o quitar, el libro está terminado. Añadir palabras a este álbum ilustrado completo sería como añadir una ilustración a un poema. Un poema ilustrado es excesivo, puesto que entorpece el ensueño del lector y elimina la posibilidad de imaginar a partir de unas palabras poéticas.

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Ciertas historias piden ser explicadas con el lenguaje de las imágenes y tratadas con la lógica visual. Esas historias suelen ocurrírseles de forma natural a los creadores más acostumbrados a pensar de manera visual. Si primero hubiera existido un texto tipo «hay un espejo» y luego hubiera venido la ilustración para el texto, Espejo habría sido un libro bastante diferente. Por otro lado, si el motivo del proyecto ya es visual como «la página opuesta es un espejo», de forma natural nos lleva a contar la historia de un modo visual y es probable que el proyecto termine adoptando la forma de un libro sin palabras.

Los álbumes ilustrados sin palabras corren el riesgo de acabar siendo demasiado lógicos o aclaratorios por culpa de la ansiedad que produce la posibilidad de que el lector pueda no entender el argumento por la falta de palabras. No habría espacio para respirar si la historia sólo se centrara en hacer avanzar una serie de acontecimientos. La parte más exigente del proceso creativo de los álbumes ilustrados sin palabras es la de guiar a los lectores y a la vez dejar abiertas todas las posibilidades para que puedan experimentar cosas diversas al leerlo. Un buen álbum ilustrado deja espacio para la imaginación del lector, mientras que un mal álbum ilustrado no deja espacio, sino que lo llena por completo con las imágenes de un artista poco imaginativo.

Aunque quizás depende de la capacidad de leer imágenes, un álbum ilustrado sin palabras sólo es una de las numerosas formas distintas que puede adoptar un álbum ilustrado. En un buen álbum ilustrado, una historia y la forma en la que está expresada encajan a la perfección como el tejido externo y el forro en un traje bien confeccionado. Incluso da la impresión de que sin esa forma de expresión concreta, esta historia no podría existir. La «forma de expresión» no se refiere simplemente a las palabras o a las imágenes, sino a todos los métodos que pueden transmitir el mensaje al lector de forma efectiva: la forma en la que se combinan las palabras y las imágenes, el estilo y la estrategia de las imágenes, la forma del libro y la dirección en la que se pasan las páginas, etcétera. El artista piensa en cómo contar la historia de forma óptima y simplemente selecciona entre las ventajas y los efectos que puede ofrecer cada tipo de formato de álbum ilustrado.

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También existen varios aspectos en los álbumes ilustrados sin palabras. Creo que los álbumes ilustrados sin palabras son especialmente efectivos a la hora de expandirse y extenderse en un momento dado. Puesto que no utilizan subtítulos explicativos en películas del tipo «diez años más tarde» para indicar saltos temporales, los álbumes ilustrados sin palabras tienden a centrarse en retratar acontecimientos continuos dentro de un espacio de tiempo limitado. Mientras trabajo, en ocasiones tengo la sensación de que estoy dibujando fotogramas para una película de animación.

Espejo, La ola y Sombras se centran en los «actos» continuos dentro de un tiempo y espacio determinados. De repente, los personajes principales aparecen, juegan y se van; todo sin causalidad. Son verdaderos personajes superficiales que sólo aparecen para jugar. El breve espacio de tiempo que ocupan los personajes podría haberlo prolongado el libro. Parece como si el libro alargara el tiempo y el espacio en el que tiene lugar el juego y nos muestra las alegrías, los temores, la ansiedad y el entusiasmo de la niña a cámara lenta, uno a uno.

Describir el estado de «pasárselo en grande» es una de las cosas más difíciles de conseguir. Es la ilusión tensa ante un estallido de alegría, la sensación de flotar en el espacio como si el tiempo se hubira detenido, esos momentos apabullantes en los que muchas cosas suceden al mismo tiempo. La única manera de «mostrar» esos momentos tan estimulantes es intentando reflejar su esencia. Supongo que Maurice Sendak estaría de acuerdo conmigo, ya que él representó las tres escenas del jaleo que montan Max y los monstruos en Donde viven los monstruos solo con ilustraciones.

Parece como si los libros sin palabras dijeran: «yo solo te lo muestro, tú tienes que sentirlo». En cierto sentido puede impresionar, pero también puede resultar frustrante, algo así como estar delante de un gran sabio silencioso. El lector tal vez no esté acostumbrado a los libros sin palabras. Aunque las imágenes son más intuitivas, eso no significa necesariamente que resulten más sencillas de comprender. Para leer álbumes ilustrados sin palabras son necesarias unas habilidades deductivas básicas y la capacidad de comprender los códigos y señales de las imágenes. Por consiguiente, es posible que se tarde un poco en «entrar» en el libro.

Una vez me llevé una maqueta de Espejo a la Feria del Libro Infantil de Bolonia. Un editor se interesó por el libro y dijo que quería publicarlo siempre y cuando cambiara ese final sombrío por un final feliz. Yo me quedé estupefacta ante aquella sugerencia tan descuidada. A continuación, se me acercó y me dio otro consejo: «Los padres no lo comprarán si no tiene palabras. ¿Por qué no añades unas cuantas?».

La mayoría de lectores suelen avergonzarse un poco ante los álbumes infantiles sin palabras, porque literalmente no hay «nada que leer». Sin una dirección concreta, los álbumes infantiles exigen la participación activa de los lectores. Cuando los padres dudan si deben intentar leer el álbum ilustrado sin palabras, los niños intervienen enseguida y empiezan a contar la historia con sus propias palabras. En una ocasión, a un joven lector le preguntaron de dónde salía el lobo de Sombras. Su respuesta fue la siguiente: «La niña está demasiado distraída jugando y no se ha dado cuenta de que ha abierto la caja secreta prohibida de la que ha salido el lobo».

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Es el lector quien tiene que avanzar a partir de las pistas que le ofrece el álbum ilustrado sin palabras. Disfrutando de esa ambigüedad sin prisas, haciendo preguntas y deduciendo las respuestas sin ayuda podrían ser varias maneras de disfrutar de un álbum ilustrado sin palabras. Hay cosas que se revelan de forma furtiva cuando no hay palabras que las indiquen. ¿Importa de dónde procede esa caja secreta de la que ha salido el lobo? Basta con disfrutar gracias a la imaginación, saltando de aquí para allá a partir de las imágenes. Una historia que cambia cada vez que la lees, ¿no es divertido eso?

Los álbumes ilustrados son herramientas para jugar. No hay ningún motivo para sentirse incómodo con un proceso confuso de comprensión de la historia basado en la información limitada que ofrecen las imágenes. Es como descifrar un acertijo. Es posible que sea el momento más creativo de todo el proceso. Perry Nodelman mencionó en Pleasures of Children’s Literature que leer libros no era la respuesta que se debía aceptar, sino el origen de la pregunta que tenemos que hacernos en todo momento. Es importante explorar continuamente, extender nuestro hilo mental y no elegir la salida más fácil confiando en la autoridad de las «respuestas correctas». Creo que ésas son actitudes importantes para leer libros de forma creativa.

 

La trilogía del límite
Suzy Lee

Pero así era la vida

Durante las siguientes semanas, fueron cada vez menos al estanque. Se quedaban sentados en cualquier lugar que tuviera hierba y casi no hablaban.

Hasta que un día, una ráfaga de aire fresco despeinó las plumas del pato y éste sintió frío por primera vez.
—Tengo frío —dijo una noche—. ¿Te importaría calentarme un poco?

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La nieve caía. Los copos eran tan finos que se quedaban suspendidos en el aire. Algo había ocurrido. La muerte miró al pato. Había dejado de respirar. Se había quedado muy quieto.

Le acarició para colocar un par de plumas ligeramente alborotadas, lo cogió en brazos y se lo llevó al gran río.

Allí, lo acostó con delicadeza sobre el agua y le dio un suave empujoncito, con mucho cuidado. Se quedó mucho tiempo mirando cómo se alejaba. Cuando le perdió de vista, la muerte se sintió incluso un poco triste.

Pero así era la vida.

 

El pato y la muerte
Wolf Erlbruch

El pato y la muerte, Wolf Erlbruch

Desde hacía tiempo, el pato notaba algo extraño.

—¿Quién eres? ¿Por qué me sigues tan de cerca y sin hacer ruido?
La muerte le contestó:
—Me alegro de que por fin me hayas visto. Soy la muerte.

El pato se asustó.
Quién no lo habría hecho.
—¿Ya vienes a buscarme?
—He estado cerca de ti desde el día en que naciste… por si acaso.
—¿Por si acaso? —preguntó el pato.
—Sí, por si te pasaba algo. Un resfriado serio, un accidente… ¡Nunca se sabe!
—¿Ahora te encargas de eso?
—De los accidentes se encarga la vida; de los resfriados y del resto de las cosas que os pueden pasar a los patos de vez en cuando, también.
Solo diré una: el zorro.
El pato no quería ni imaginárselo. Se le ponía la carne de gallina. La muerte le sonrió con dulzura. Si no se tenía en cuenta quién era, hasta resultaba simpática; incluso, más que simpática.

—¿Te apetece ir al estanque? —preguntó el pato.
La muerte ya se lo había temido…
Después de un rato, la muerte tuvo que admitir que su pasión por zambullirse tenía límites:
—Perdóname, por favor —dijo—. Necesito salir de este lugar tan húmedo.

—¿Tienes frío? —preguntó el pato—. ¿Quieres que te caliente?
Nunca nadie se había ofrecido a hacer algo así por ella.

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A la mañana siguiente, muy temprano, el pato fue el primero en despertarse.
“¡No me he muerto!”, pensó.

Le dio a la muerte un golpecito en el costado:
—¡No me he muerto! —graznó henchido de felicidad.
La muerte levantó la cabeza:
—Me alegro por ti —dijo desperezándose.
—¿Y si me hubiera muerto…?
—Entonces no habría podido descansar tan bien —contestó la muerte bostezando.
“Esa respuesta no ha sido nada simpática”, pensó el pato.

El pato y la muerte
Wolf Erlburch

La expedición. Cuentos de la periferia, Shan Tan

Mi hermano y yo podíamos pasarnos horas enteras discutiendo sobre qué decía la letra de un anuncio de televisión, sobre la imposibilidad de disparar una pistola en el espacio exterior, sobre la procedencia de los anacardos o sobre si realmente aquel día habíamos visto un cocodrilo de agua salada en la piscina de los vecinos. Una vez tuvimos una discusión sobre por qué la guía de calles de papá terminaba en el plano 268. Yo decía que estaba clarísimo que se habían desprendido unas cuantas páginas. El plano 268 estaba lleno de calles, avenidas, plazas y callejones sin salida hasta el borde de la hoja. Lo que quiero decir es que no podía ser que la ciudad acabara ahí de golpe, no tenía ningún sentido.

Mi hermano, en cambio, insistía con aquel tono de irritante autoridad que tanto les gusta utilizar a muchos hermanos mayores que el mapa era absolutamente correcto, porque sino pondría «sigue en el mapa 269» en el margen lateral y letra pequeña. Si el mapa decía que era de ese modo, es que era de ese modo. Mi hermano era así con casi todo: un pelmazo.

Se desencadenó un combate verbal: «está bien», «que no», «que sí», «no», «sí», «no»… un mantra en ping pong que se prolongó mientras cenábamos, mientras jugábamos al ordenador, mientras nos cepillábamos los dientes y mientras estábamos tendidos en la cama, despiertos, gritando para que nuestras voces se oyeran al otro lado del tabique hasta que papá se enfadaba y nos decía que ya bastaba. Al final decidimos que sólo había un modo de solucionarlo: ir hasta allí y comprobarlo personalmente. Con un apretón de manos sellamos una apuesta de veinte dólares, una cantidad de dinero de vértigo por muy segura que fuera la apuesta, y planeamos una expedición científica oficial a las misteriosas afueras de la ciudad.

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Mi hermano y yo tomamos el bus 441 hasta el final de la línea y a partir de allí continuamos a pie. Llevábamos las mochilas llenas de todo el +avituallamiento necesario para un viaje de estas características: chocolate, zumo de naranja, pasas y, evidentemente, el callejero de la discordia.

Era emocionante formar parte de una expedición de verdad, era un poco como ir al desierto o a la jungla, aunque aquí el camino estaba muy bien señalizado. Qué fantástico debía de ser hace tiempo, antes de las tiendas y las autopistas y los puestos de comida rápida, cuando el mundo aún era desconocido. Armados con palos nos abrimos paso por avenidas cubiertas de matojos, seguimos la brújula por caminos interminables, escalamos apartamentos de varios pisos para tener una perspectiva mejor y tomamos notas en una libreta de espiral. Habíamos salido a primera hora, pero ya era media tarde y la zona a la que queríamos llegar aún estaba en el quinto pino. Y eso que habíamos calculado que a esas horas ya habríamos vuelto a casa y estaríamos sentados en el sofá, mirando los dibujos animados.

La emoción de aquella aventura se iba consumiendo, y no solo porque nos dolían los pies y nos culpábamos mutuamente de haber olvidado la crema solar. Había algo más que no sabíamos explicar del todo.

Cuanto más lejos estábamos, más se parecía todo, como si cada nueva calle, aparcamiento o centro comercial fuera simplemente otra versión del nuestro, construido con piezas de un juego de construcción gigantesco. Lo único que cambiaba eran los nombres.

Cuando llegamos al último tramo de calle que había en el mapa, el cielo había adquirido un tono rosáceo contra el que se recortaban los árboles y a nosotros lo único que nos apetecía era sentarnos donde fuera a descansar los pies. El inevitable discurso de la victoria que me había estado preparando mentalmente durante todo el camino me pareció de golpe una charlatanería sin sentido. No estaba de humor para regocijarme.

Supongo que mi hermano debió de sentirse igual que yo; se me había adelantado un buen trecho, siempre tan impaciente, y cuando lo alcancé lo encontré sentado de espaldas a mí, en medio de la carretera, con las piernas colgando del borde.

—Supongo que te debo veinte dólares —le dije.

—Sí —dijo él.

Otra cosa que me fastidia de mi hermano y que he olvidado mencionar es que siempre tiene razón.

Cuentos de la periferia:http://barbarafioreeditora.com/shauntan/?page_id=169

Vacío: sinopsis

Julia tiene un gran agujero y no le gusta nada. Por eso trata de llenarlo y taparlo de muchas maneras diferentes para hacerlo desaparecer. ¿Lo conseguirás?

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La vida está llenas de encuentros. Y también de pérdidas. A veces estas pérdidas son insignificantes, como perder un lápiz o un papel. Pero hay otras que pueden ser importantes como perder un proyecto, la salud o una persona querida.

Vacío es un libro que nos habla de la resiliencia o la capacidad de sobreponerse a la adversidad y encontrarle un sentido.

Anna Llenas

 

1. Soy un oso muy amable

La silueta peculiar resultó ser no solo una criatura sino dos siluetas sentadas una encima de la otra. Eran la Vaca Valerosa y la Lagartija Lánguida.

La Vaca Valerosa era una vaca larga y blanda con forma de sofá. O también se podría decir que era un sofá largo y blando con la personalidad de una vaca. Era una vaca muy simpática. Y también era un sofá muy simpático.

La Lagartija Lánguida era una lagartija delgada que llevaba un traje arrugado. Estaba cómodamente sentada, como siempre, encima de la Vaca Valerosa, fumando un gran puro. Era demasiado perezosa para caminar. Era demasiado perezosa para levantarse. Era demasiado perezosa incluso para sentarse. A veces conseguía caerse, pero solo si la distancia era muy corta.

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–Hola –dijo el Oso.
–Hola, Oso –lo saludó la Vaca–. Me alegro de verte.
–¿Me conoces? –le preguntó el Oso.
–Por supuesto –sonrió la Vaca.
El Oso se rascó la cabeza.
–¿Y yo te conozco a ti?
–Casi seguro que sí –respondió la Vaca.
–¿Somos amigos? –quiso saber el Oso, esperanzado.
–Claro que lo somos –le aseguró la Vaca, sonriendo de nuevo.
–¿En serio? –El Oso aplaudió satisfecho y se volvió hacia la Lagartija Lánguida. –¿Tú y yo también somos amigos?

La Lagartija dio una profunda calada al puro y, tras una larga pausa, respondió: –Somos viejos amigos.

Era una buena noticia. Hacer nuevos amigos estaba bien, pero hacer viejos amigos estaba mucho mejor.

–A ver si podéis decirme una cosa. –El Oso bajó la voz y se inclinó hacia ellas. –Necesito que seáis sinceras. ¿Soy un Oso amable?
–Eres el Oso más amable que jamás he conocido –le respondió la Vaca.

El Oso se sonrojó.
–Me lo imaginaba –dijo.

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A continuación, sacó el papelito del bolsillo y anotó:

1. SOY UN OSO MUY AMABLE

–Y ahora, tengo que irme –dijo el Oso.
–¿Adónde vas? –le preguntó la Vaca.
–A averiguar si yo soy yo.
–Espero que lo seas –dijo la Vaca.

 

El oso que no estaba
Autor: Oren Lavie  /  Ilustrador: Wolf Erlbruch

Amo amar, amor, Sabien Clement

El tema de la educación sexual para niños siempre ha sido un campo de batalla y siempre provocará punto de vista enfrentados. El retrato visual del amor físico en un libro ilustrado constituye una tarea difícil y desafiante para cualquier artista. Amo amar, amor ilustrado por Sabien Clement demuestra que es posible abordar el tema con sensibilidad, humor y calidez.

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El libro es una colaboración entre Clement y el escritor Geert De Kockere, cuyos poemas sobre el amor y el hecho de estar enamorado interpreta el artista. En Colouring Outside the Lines (Flemish Literatura Fund, 2006), Marita Vermeulen escribe con elocuencia acerca de las ilustraciones de Clement:

Los dibujos con pluma y las formas coloreadas de Amo amar, amor representan a los seres humanos en toda su vulnerabilidad. Las líneas frágiles apenas ponen límites a los cuerpos sensuales. En las imágenes hay una fricción constante entre lo físico y lo emocional. Parece como si lo personajes de Clement no tuviesen suficiente cuerpo y extremidades para expresar su amor y su ansiedad. Los brazos y las piernas, que son demasiado largos o excesivamente cortos, simbolizan con ternura las dificultades de los seres humanos cuando intentan demostrar su amor.

 

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Las líneas nerviosas e indagadoras de Clement dotan al libro de una inocencia y una calidez poco habituales. Las imágenes parecen bailar en el texto, fuera de él y a su alrededor, a veces expandiendo las palabras y otras veces contrarrestándolas. Como observa Vermeulen: «Cuando el texto es explícito, sus dibujos son ambiguos; cuando el texto es crudo, añade suavidad». Clement siempre se muestra respetuosa con el espíritu del texto. Al hablar de su enfoque para un proyecto de este tipo, Clementsubraya la importancia de entender la intención del autor:

Cuando un escritor me pide que ilustra su libro, primero leo el texto, pero también me gusta reunirme con el autor, saber lo que piensa, sus opiniones, sus puntos de vista. Siempre le pregunto a qué grupo de edad va dirigido el libro, pero cuando empiezo a trabajar intento evitar que eso me condicione demasiado y crear un ambiente que encaje.Tras preguntarle sobre el delicado tema de definir la idoneidad para los niños, Clement afirma:

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Mmmm…. es muy delicado. Incluso depende de la educación de los padres. Un niño de ocho años puede ser más maduro que uno de catorce. Recuerdo a una niña de unos ocho años hojeando Amo amar, amor. No parecía sorprendida ni avergonzada de ver a personas desnudas. Actuaba con toda normalidad y le gustaba ver el libro. En mi opinión, “Amo amar, amor” no es nada impactante. Se describe el amor de manera delicada y universal. Así que, en respuesta a la pregunta, diría que no se puede encasillar lo que es o no es adecuado. Excepto cuando el tema es realmente impactante.

Con respecto a la cuestión más amplia de su identidad como artista/ilustradora, Clement explica:

Me veo como una «dibujante desde el corazón». Si se convierte en un libro ilustrado, bien. Si es una pintura también está bien. En mi tiempo libre dibujo (para mí misma) en un lienzo grande o en un pequeño diario. Hago dibujo del natural porque me encanta. Me gusta hacer equilibrios en el límite entre ser ilustradora y pintora/artista creativa. Si un libro ilustrado trasciende lo normal, si las imágenes te remueven emocionalmente, para mí eso es arte. Las palabras no me importan tanto.

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El arte de ilustrar libros infantiles. Concepto y práctica de la narración visual.
Martin salisbury y Morag Styles
Blume Editorial

«¿Por qué vivimos en mundos separados si todos somos humanos?»

La chica pelirroja se llamaba Yona Yona. Campanella le habló del Reino Celeste. Al parecer, los habitantes de ambos mundos ignoraban la existencia de los demás humanos.
—¿Podéis vivir en el Bosque sin llevar trajes protectores?
—Qué cosas más raras dices, Campanella. No vivimos en el Bosque, vivimos con el Bosque.
—¡Mi mundo es tan diferente!
—¿No tenéis bosques en el Reino Celeste?
—Sí, pero son bosques artificiales y desinfectados. Nuestros cuerpos están acostumbrados a la atmósfera del Reino Celeste, y no podrían vivir en un bosque natural.

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Al anochecer, los habitantes del Bosque celebraron una fiesta de bienvenida para Campanella. Yona Yona los había convencido para que lo recibieran con todos los honores. Bailaron al ritmo de los tambores y cantaron la melodía de las flautas y los instrumentos de cuerda.

Cuando la fiesta empezó a decaer, Yona Yona se sentó en la raíz de un gran árbol y sacó una concha de amonita de su bolsa.

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—¿Qué es eso? —le preguntó Campanella.
—Una cajita de música. Todos los habitantes del Bosque tenemos una igual.
La chica hizo girar una pequeña manecilla y la concha empezó a reproducir la melodía más hermosa que Campanella había oído nunca.

—Es preciosa —dijo Campanella al cabo de un rato. Entonces sonrió e hizo el símbolo de la paz con los dedos.
—¿Qué significa eso?
—¿No lo sabes? Cuando estamos contentos, los habitantes del Reino Celeste levantamos dos dedos para expresar nuestra alegría.
—¿Así? —dijo Yona Yona, imitando a Campanella.
—La melodía de vuestra cajita de música es preciosa. Es como un reflejo de la vida que lleváis en el Bosque. En el Reino Celeste no tenemos esa música tan bonita.
—Me alegro de que te haya gustado. Te la regalo. —Yona Yona le ofreció la cajita de música en forma de concha. —Así tendrás siempre un recuerdo del Bosque.
Yona Yona le sonrió y volvió a levantar los dedos haciendo el símbolo de la paz.

Mientras caminaban por el estrecho sendero, hablaron de muchas cosas.
—Creo que estoy empezando a querer al Bosque.
—¿Querer? ¿Qué significa querer?
—Querer es… amar.
—No conozco esa palabra.
—¿No sabes qué es amar?
—No. ¿Qué es?

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Era la primera vez que Campanella tenía que explicar el significado de amar, y no encontraba las palabras adecuadas.
—Pues… amar es tener la sensación de que sacrificarías cualquier cosa para proteger algo.
—Entonces, ¿amar significa sacrificarse?
Campanella nunca lo había pensado así.

—Cuando alguien rompe algo que queremos, nos enfadamos con él. Cuando alguien se lleva algo que queremos, le tenemos envidia. En el Reino Celeste, todos los días nos peleamos por cosas así.
—Y la causa de vuestras peleas es el amor, ¿no? Pues deberíais dejar de amar.
—Eso es imposible. Hace mucho tiempo que el amor forma parte de los habitantes del Reino Celeste.
—No comprendo ese sentimiento. No me puedo creer que para amar haya que sacrificar cosas.

Los dos jóvenes empezaban a entender los motivos por los que los humanos vivían separados.

—En el Reino Celeste, las personas que no son capaces de amar son unos insensibles. Pero tú no eres insensible, eres muy amable. —Yona Yona no respondió. —Ya veo que nuestros mundos son muy diferentes, y no creo que podamos volver a vivir juntos. Pero todos somos humanos, y deberíamos encontrar la forma de unirnos algún día.

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Ella dejó escapar una risita.
—Estás loco, pero parece divertido.
—¡Encontraré algo que una a toda la humanidad!

Akihiro Nishino
El planeta de la cajita de música