Emigrantes, Shaun Tan

Uno de los grandes poderes de la narración es el hecho de que nos invite a vivir en la piel de otras personas durante un rato, pero quizás es aún más importante que nos invite a contemplar nuestra propia piel también. Haríamos bien si pensáramos en nosotros mismos como posibles extranjeros en nuestro país natal. Las conclusiones que sacaríamos de ello que no podrían resumirse fácilmente, razón de más para seguir pensando en las conexiones entre la gente y los lugares, y en lo que queremos decir cuando hablamos de «pertenecer» a algún sitio.

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10 sencillo pasos para atrapar al monstruo escondido en tu armario

1.Prepara un bizcocho. Uno sencillo. A todos los monstruos les gustan los dulces… ¡Y a quién no!

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2. Corta en triángulos papel de periódico o de revistas viejas. Fabrica banderines atando todos los triángulos a una cinta muy muy larga.

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3. Coloca los banderines, de lado a lado, en el techo de tu habitación. Que quede bonito, ¿eh?

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4. Envuelve tu lámpara con papel celofán de colores: azul, amarillo, rojo o los que más te gusten.

5. Cuando todos se hayan acostado, pon el bizcocho cerca del armario y deja que su delicioso olor inunde la habitación.

6. Apaga la luz y escóndete debajo de la cama. Cuenta hasta veinte.

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7. El olor a bizcocho hará salir al monstruo. Si tarda mucho, haz este sonido «rrrrr, rrrrrr», como el ronroneo de un gato. ¡Es infalible!

8. Cuando el monstruo salga del armario y se dirija hacia el pastel,
enciende la luz, levanta los brazos y grita: «¡SORPRESA!».

9. El monstruo estará emocionado porque será su primera fiesta sorpresa. Entonces te abrazará y habrás atrapado su corazón para siempre.

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10. Si esto no ocurre y se enfada, estamos ante un monstruo verdaderamente MONSTRUOSO. Ya es hora de que grites: «¡MAMÁ!».

¡Llegan los dinosaurios!

¿Te gustan los dinosaurios? ¿Sabrías decir el nombre de cien de estos maravillosos animales? ¿Sabes cuál fue el primero? ¿Cuáles fueron los más altos y largos o los más pequeños de todos? ¿Sabes cuántos de ellos volaban? Si aún no lo sabes, ¡Llegan los dinosaurios! te dará las respuestas a todas estas preguntas.

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Eric

Hace unos años tuvimos a un estudiante extranjero de intercambio viviendo con nosotros. A todos nos costaba mucho pronunciar su nombre correctamente, pero a él no le importaba. Nos dijo que le llamáramos simplemente «Eric».

Habíamos pintado la habitación de los huéspedes, habíamos comprado una alfombra nueva y todo eso, queríamos asegurarnos de que le gustara y estuviera cómodo. Por eso no os sabría decir por qué Eric prefería casi siempre dormir y estudiar en la despensa de la cocina.
—Debe de ser algo cultural —dijo mamá—. Mientras esté contento…

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Tuvimos que almacenar la comida y los trastos de la cocina en otros armarios para no molestarlo. Sin embargo, a veces me preguntaba si Eric era feliz; era siempre tan educado que no estoy seguro de que si algo le hubiera molestado se hubiera atrevido a decírnoslo. Algunas veces lo vi a través de la rendija de la puerta de la despensa. Estudiaba con silenciosa intensidad, y yo intentaba imaginar qué debía de pensar sobre la vida en nuestro país.

No se lo había contado a nadie, pero yo siempre había querido tener un visitante extranjero en casa, ¡tenía tantas cosas que enseñarle y sobre las que hablar! Por una vez podría ser la experta local, una fuente de datos y opiniones interesantes.
Afortunadamente, Eric era muy curioso y siempre me hacía un montón de preguntas.

Y, sin embargo, no eran el tipo de preguntas que yo esperaba.
La mayoría de las veces sólo podía responder «no estoy muy segura» o «así son las cosas». No me sentí precisamente muy útil.
Había planeado que saldríamos de excursión cada semana todos juntos, ya que estaba decidida a mostrarle a nuestro invitado los mejores rincones de la ciudad y alrededores. Creo que a Eric le gustaron esas visitas, pero una vez más era difícil saber si realmente era así.

La mayoría de las veces, Eric parecía más interesado en las cositas que iba encontrando en el suelo. A veces eso me sacaba de quicio, pero entonces recordaba lo que me había dicho mamá sobre el tema de las culturas; entonces dejaba de importarme tanto.

No obstante, ninguno de nosotros pudo evitar sentirse desconcertado por la manera en que Eric nos dejó: se marchó de repente un día por la mañana, tras saludarnos con la mano y decirnos adiós educadamente. De hecho tardamos algún tiempo en darnos cuenta de que no volvería.

Durante la cena estuvimos hablando largo y tendido sobre el tema.
¿A alguien le había parecido que estaba disgustado por algo? ¿Habría disfrutado de la estancia? ¿Volveríamos a saber algo de él?

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Una sensación de incomodidad llenó el ambiente, como si se tratara de algo inacabado, algo por resolver. Pasamos varias horas preocupados , hasta que alguien descubrió lo que había en la despensa.

Ve, míralo tú mismo, aún está allí después de todos estos años, intacto en la oscuridad. Es lo primero que les enseñamos a las visitas. «Mira lo que nos dejó un estudiante extranjero de intercambio», les decimos.

Cuentos de la periferia, Shaun Tan
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Velatorio

Una noche fría, el pasado invierno, hubo un incendio en la casa de un hombre que días antes había apaleado a su propio perro hasta la muerte.

Puesto que se trataba de un tipo forzudo, consiguió rescatar todas sus pertenencias: sin la ayuda de nadie fue sacándolas del edificio en llamas y las fue dejando en el jardín. Cuando hubo acabado, un centenar de perros de todos los tamaños y colores surgieron de las sombras circundantes para echarse encima de cada uno de los muebles y sobre cada electrodoméstico como si fueran suyos. No dejaban que el hombre se acercara y lo gruñían con rabia cuando intentaba pegarles, pero por lo demás se quedaban muy quietos, observando las llamas, impasibles. 

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El fuego ardía con una intensidad sorprendente y la casa se derrumbó al cabo de pocos minutos. Furioso, el hombre salió corriendo a buscar un arma. Como si obedecieran a una orden, los perros bajaron al suelo, formaron un círculo y empezaron a hacer pis por turnos sobre todos los objetos rescatados. En una ocasión llegaron a aullar, ni muy fuerte ni mucho rato, pero con tanta melancolía que incluso los que no lo oyeron se revolvieron en sus camas con inquietud.

A continuación se marcharon y se perdieron por calles y callejuelas, balanceando la cabeza al paso de su trote, sobre el cemento que cubría lo que algún día había sido tierra negra. No miraron atrás y no vieron las últimas llamas que ardían en el jardín, ni al tipo que volvió con una triste palanca y se quedó llorando entre las cenizas, completamente solo. Los perros soñaban con sus moradas: el olor de su hogar calentito, de las mantas recién lavadas y las camas en las que dormían los humanos que les habían puesto esos nombres tan peculiares.

Cuentos de la periferia, Shaun Tan
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Voy hacia delante

–¿Alguien ha llamado a un taxi?
Una Tortuga Taxi salió de detrás del Árbol Brújula.
–Yo no –dijo el Oso.
–¿Seguro? –La Tortuga parecía decepcionada.
–Acabo de llegar –le explicó el Oso. 
–¿De dónde vienes? –le preguntó la Tortuga.
–Pues… –El Oso se rascó la cabeza, pensativo–. Vengo de detrás.
–¿Seguro? –repitió la Tortuga–. Yo estaba ahí y no te he visto.
–Será porque acabo de irme –respondió el Oso.
–¿Y adónde vas?
–Pues voy a… Déjame pensar. Voy hacia delante.
La Tortuga asintió.
–Conozco ese lugar, es muy famoso. Hoy en día, todo el mundo va al mismo sitio.
–¡Qué bien! –exclamó el Oso.
–Pero está bastante lejos –le advirtió la Tortuga.
–¿Ah, sí? 

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–Muy lejos –insistió la Tortuga, mientras intentaba recordar dónde se encontraba el próximo desvío hacia Delante.

–¿Demasiado para ir andando? –le preguntó el Oso.
–Deberías llamar a un taxi –le sugirió la Tortuga.
–¡Taxi!
–¿Alguien ha llamado a un taxi?
–¡Sí, yo!

Y ambos empezaron a caminar hacia delante. Muy despacio.
–Despacio es la única forma de llegar a algún lugar de este bosque –le explicó la Tortuga.

Al cabo de un rato, el Oso preguntó:
–¿Nos hemos perdido?
–Sí –admitió la Tortuga–. Es parte del camino hacia Delante.
–Ah, claro.

Un poco más tarde, el Oso volvió a preguntar:
–¿Todavía estamos perdidos?
–Por supuesto –repuso la Tortuga.
–¡Qué bien! –exclamó el Oso.

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Entonces la Tortuga se detuvo, olisqueó uno de los árboles, empezó a masticar un pequeño arbusto y anunció:
–Tal y como imaginaba, ya hemos llegado. Estamos en delante.
–¡Vaya! –exclamó el Oso.
–Buena suerte –le deseó la Tortuga.
–Conduce con precaución –le aconsejó el Oso.

El oso que no estaba
Oren Lavie y Wolf Erlbruch

 

El oso que no estaba

Érase una vez, un Picor.
No era un Picor grande.
No era un Picor pequeño.
Era un Picor mediano.
Y el Picor quería rascarse.

Érase una vez.

Un poco más tarde, sobre érase-una-vez y cuarto, el Picor vio un árbol y se arrimó a él para rascarse. Entonces ocurrió algo muy raro: el Picor empezó a crecer. Cuanto más se rascaba, más grande se hacía.

«Qué curioso», pensó el Picor, sin dejar de rascarse. Al poco rato, una capa de pelo empezó a cubrir al Picor, y del pelo surgieron unos brazos, unas piernas y una nariz. Poco después, el Picor parecía… un oso.

¿¿¿UN OSO???

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Todo el mundo sabe que los osos se rascan cuando tienen picor, ¡pero casi nadie sabe que los Picores se rascan cuando son osos!

Pero así era. Cuanto más se rascaba el Picor, más se parecía a un Oso hasta que, al final, en el lugar donde antes no había ningún oso apareció… ¡un oso que no estaba!

El Oso abrió los ojos y sonrió.
«¡Por supuesto que sí!», exclamó, porque era un oso muy positivo.

Miró a derecha e izquierda y se dio cuenta de que estaba completamente solo.

«¿Soy el primero? –pensó–. ¿O el último?». Entonces se preguntó si era mejor ser el primero o el último cuando no había nadie más.

Justo después, descubrió que tenía un bolsillo. Metió la mano dentro y encontró un papelito doblado.

Decía:

¿ERES YO?

El Oso se rascó la cabeza. «¡Muy buena pregunta!».

Y siguió leyendo.

¿ERES YO?
Pistas útiles que buscar:
1.Soy un oso muy amable.
2.Soy un oso feliz.
3. Y un oso muy guapo.

«¡Qué bien! –dijo el Oso–. Espero ser yo».
Y empezó a caminar.