«¿Por qué vivimos en mundos separados si todos somos humanos?»

La chica pelirroja se llamaba Yona Yona. Campanella le habló del Reino Celeste. Al parecer, los habitantes de ambos mundos ignoraban la existencia de los demás humanos.
—¿Podéis vivir en el Bosque sin llevar trajes protectores?
—Qué cosas más raras dices, Campanella. No vivimos en el Bosque, vivimos con el Bosque.
—¡Mi mundo es tan diferente!
—¿No tenéis bosques en el Reino Celeste?
—Sí, pero son bosques artificiales y desinfectados. Nuestros cuerpos están acostumbrados a la atmósfera del Reino Celeste, y no podrían vivir en un bosque natural.

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Al anochecer, los habitantes del Bosque celebraron una fiesta de bienvenida para Campanella. Yona Yona los había convencido para que lo recibieran con todos los honores. Bailaron al ritmo de los tambores y cantaron la melodía de las flautas y los instrumentos de cuerda.

Cuando la fiesta empezó a decaer, Yona Yona se sentó en la raíz de un gran árbol y sacó una concha de amonita de su bolsa.

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—¿Qué es eso? —le preguntó Campanella.
—Una cajita de música. Todos los habitantes del Bosque tenemos una igual.
La chica hizo girar una pequeña manecilla y la concha empezó a reproducir la melodía más hermosa que Campanella había oído nunca.

—Es preciosa —dijo Campanella al cabo de un rato. Entonces sonrió e hizo el símbolo de la paz con los dedos.
—¿Qué significa eso?
—¿No lo sabes? Cuando estamos contentos, los habitantes del Reino Celeste levantamos dos dedos para expresar nuestra alegría.
—¿Así? —dijo Yona Yona, imitando a Campanella.
—La melodía de vuestra cajita de música es preciosa. Es como un reflejo de la vida que lleváis en el Bosque. En el Reino Celeste no tenemos esa música tan bonita.
—Me alegro de que te haya gustado. Te la regalo. —Yona Yona le ofreció la cajita de música en forma de concha. —Así tendrás siempre un recuerdo del Bosque.
Yona Yona le sonrió y volvió a levantar los dedos haciendo el símbolo de la paz.

Mientras caminaban por el estrecho sendero, hablaron de muchas cosas.
—Creo que estoy empezando a querer al Bosque.
—¿Querer? ¿Qué significa querer?
—Querer es… amar.
—No conozco esa palabra.
—¿No sabes qué es amar?
—No. ¿Qué es?

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Era la primera vez que Campanella tenía que explicar el significado de amar, y no encontraba las palabras adecuadas.
—Pues… amar es tener la sensación de que sacrificarías cualquier cosa para proteger algo.
—Entonces, ¿amar significa sacrificarse?
Campanella nunca lo había pensado así.

—Cuando alguien rompe algo que queremos, nos enfadamos con él. Cuando alguien se lleva algo que queremos, le tenemos envidia. En el Reino Celeste, todos los días nos peleamos por cosas así.
—Y la causa de vuestras peleas es el amor, ¿no? Pues deberíais dejar de amar.
—Eso es imposible. Hace mucho tiempo que el amor forma parte de los habitantes del Reino Celeste.
—No comprendo ese sentimiento. No me puedo creer que para amar haya que sacrificar cosas.

Los dos jóvenes empezaban a entender los motivos por los que los humanos vivían separados.

—En el Reino Celeste, las personas que no son capaces de amar son unos insensibles. Pero tú no eres insensible, eres muy amable. —Yona Yona no respondió. —Ya veo que nuestros mundos son muy diferentes, y no creo que podamos volver a vivir juntos. Pero todos somos humanos, y deberíamos encontrar la forma de unirnos algún día.

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Ella dejó escapar una risita.
—Estás loco, pero parece divertido.
—¡Encontraré algo que una a toda la humanidad!

Akihiro Nishino
El planeta de la cajita de música

 

Doctor Ink y el cielo estrellado

Cuando nos quedamos dormidos empezamos a soñar, pero no decidimos lo que soñamos. Si no lo decidimos nosotros, pues, ¿quién lo decide?

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En un lugar muy, muy, muy remoto del mundo vive un escritor que tiene mucho más trabajo que todos los escritores del mundo. Se llama Doctor Ink. El Doctor Ink se dedica a escribir las historias que cada noche sueñan todos los habitantes del mundo. ¡Imaginaos la cantidad de sueños que tiene que escribir!

Algunas noches sus historias no llegan a tiempo y hay alguien que se queda sin soñar. El Doctor Ink tiene demasiado trabajo y no puede con todo. Escribe toda clase de historias. Por eso soñamos que jugamos con nuestros amigos o que conseguimos algún premio, y a veces nuestros sueños también son tristes. 

El Doctor Ink tiene unos ayudantes que se llaman Sicu.

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Los Sicu introducen los sueños que escribe el doctor Ink en una máquina especial que los convierte en caramelos. Guardan los caramelos en unas bolsitas verdes y vuelan por todo el mundo para meterlos en las bocas de la gente que está durmiendo. Éste es el trabajo de los Sicu.

Los Sicu son casi ciegos, pero tienen un oído muy fino. A la hora de repartir sueños aguzan el oído y, cuando oyen que alguien dice: «Buenas noches», salen corriendo en su dirección. Pero a veces hay alguno que se pierde.

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Si los Sicu se pierden mientras reparten los sueños, no sirve de nada que el doctor Ink haya terminado de escribir sus historias a tiempo. Los Sicu no tienen un trabajo sencillo.

Akhiro Nishino
Doctor Ink y el cielo estrellado

Paisaje de amor, Jimmy Liao

Ella resultó herida, mientras que él se fue para siempre de este mundo, y a ella se le hizo añicos el corazón…

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Las cosas que había soñado hacer junto a él ya no se harían realidad.
Su mundo se convirtió de pronto en un cruel purgatorio.

Se sentía sola y desamparada. Lo echaba tanto de menos que se quedaba dormida entre sollozos…

Soñaba siempre con el mismo paisaje. Era un bosque cubierto de maleza, bajo cuyos árboles los dos aguardaban felices a que florecieran.

… Pero de repente se desató un vendaval, y cuando ella se volvió hacia él, había desaparecido sin dejar ni rastro.

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A veces sentía una leve brisa, come el aleteo de una mariposa y olía la delicada fragancia de una flor, como si alguien estuviera allí, susurrando dulces palabras al oído, protegiéndola.

… Estaba convencida de que él, tras haberse convertido en ángel, le hacía compañía.

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Pero no sabía que el destino de los ángeles, cuando un ángel ama a alguien, es que se le empiecen a caer las plumas.

Las plumas se dispersan por el cielo como copas de nieve a los cuatro vientos…

 

El árbol rojo: comentarios de Shaun Tan

El árbol rojo es una historia sin una narrativa definida. Es una serie de mundos imaginarios distintos en forma de imágenes autónomas que invitan a los lectores a extraer su propio significado en ausencia de cualquier tipo de explicación escrita. Como concepto, el libro se inspira en el impulso de los niños y adultos para describir sentimientos mediante metáforas: monstruos, tormentas, la luz del sol, el arco iris, etcétera. Superando los clichés, intenté crear imágenes que exploraran las posibilidades expresivas de este tipo de imaginación compartida que pudiera resultar extraña y familiar a la vez. Una jovencita sin nombre aparece en todas las imágenes como un sustituto de nosotros mismos. Pasa, sin poder hacer nada, por malos momentos hasta que acaba por encontrar algo esperanzador al final de su viaje.

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El resultado después de mucho garabatear fue una serie de paisajes imaginarios que sólo quedaban conectados por un mínimo hilo de texto y por la silenciosa figura de una chica que siempre aparecía en el centro y con la que el lector está invitado a identificarse. Al principio se levanta y encuentra un montón de hojas oscuras que caen del techo de su dormitorio y amenazan con aplastarla silenciosamente, con abrumarla. La chica vaga por una calle, a la sombra de un pez gigantesco que flota por encima suyo. Se imagina a sí misma atrapada en una botella encallada en una playa solitaria, o perdida en un paisaje extraño. Se encuentra en un pequeño bote entre grandes barcos que están a punto de chocar y, a continuación, encima de un escenario frente a un público misterioso, sin saber qué hacer. Cuando parece haber perdido toda esperanza, la chica vuelve a su dormitorio y descubre un pequeño brote rojo en medio del suelo de la habitación, que pronto crece hasta convertirse en un árbol rojo lleno de vitalidad que llena su cuarto con una cálida luz. Cada una de las imágenes está abierta a varias interpretaciones en la ausencia de una descripción que las complemente. La mínima historia que pueda haber allí intenta recordarnos que, del mismo modo que los sentimientos negativos son inevitables, la esperanza siempre consigue mitigarlos.

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Originalmente tenía previsto hacer ilustraciones que cubrieran un abanico de sentimientos: miedo, alegría, tristeza, asombro, etcétera. Pero cuanto más trabajaba en ello, más me centré en los sentimientos negativos, especialmente sentimientos de soledad y depresión, y más interesantes me parecían tanto desde un punto de vista personal como artístico. No es que yo sea una persona infeliz, es sólo que esas ideas parece que invitan más a la reflexión. Algunos lectores me han preguntado por qué mis imágenes son a menudo «sombrías», y creo que la razón es ésa, porque me atraen más las cosas que no acaban de estar bien, como las injusticias sociales y medioambientales de Los conejos, la apatía social de La cosa perdida, o incluso las ideas autodestructivas de El visor. Creo que ese tipo de cosas son interesantes desde un punto de vista artístico, quizás porque no son temas resueltos, como un rompecabezas. Al mismo tiempo, me gustan las obras festivas, como lo es en última instancia El árbol rojo, pero en las que cualquier significado aparente siempre queda unido a la incerteza. El árbol rojo puede florecer, pero también morirá, por lo que nada es absoluto o definido. Es necesaria una reflexión concienzuda de la vida real como algo que está continuamente buscando una resolución.

2. SOY UN OSO FELIZ

Cuando terminó de silbar, un curioso personaje apareció al lado del Oso. Era el Pingüino Pintoresco.

El Pingüino Pintoresco era un personaje bajito y rechoncho. Estaba debajo de un árbol muy alto, observando su propia sombra con expresión pensativa.

–Hola –saludó el Oso.
–¡Chitón! –susurró el Pingüino Pintoresco
–Soy un Oso –dijo el Oso, también en un susurro.
–¡Chitón! –le ordenó de nuevo el Pingüino Pintoresco
–Un Oso amable –añadió el Oso, guiñándole el ojo–. O eso dicen.
–Ahora no puedo hablar –le explicó el Pingüino–, estoy ocupado.
–¿Qué haces?
–Pensar.
–¿Puedo pensar contigo?
–Siempre y cuando no pienses en lo mismo que yo.
–Vale. ¿Y en qué piensas tú?
–¡En todo!
El Oso se rascó la cabeza.
–¿Podrías dejarme algo pequeño en lo que pensar?
–¡Ni hablar! Un cerebro tan grande como el mío apenas tiene suficiente con todo. A veces incluso pienso en todo dos veces.
–Y entonces, ¿en qué puedo pensar yo? –preguntó el Oso.
–¡En nada! –le respondió el Pingüino.
–¡Perfecto! Pensaré en nada, pues –dijo el Oso, contento.
–¡Imposible! –exclamó el Pingüino–. En eso también estoy pensando yo.
–¿Pero tú no pensabas en todo? –se extrañó el Oso.

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–Nada forma parte de Todo.
–Bueno, da igual –dijo el Oso–. Oleré las flores.
–¿Las flores? –El Pingüino levantó una ceja. –Ya las he contado dos veces esta mañana.
–¿Crees que yo sé contar? –preguntó el Oso.
–No me extrañaría que no supieras –replicó el Pingüino.
–A mí tampoco –dijo el Oso, contento, y empezó a contar-–:

«Una flor…

dos flores…,

flores rojas…,

flores azules…,

flores altas…,

y…,  ¡flores bonitas!

–Hay exactamente flores bonitas alrededor del árbol.
El Pingüino Pintoresco lo miró con seriedad y le explicó:
–«Bonito» no es ningún número.
–¡Pero si acabo de contar! –protestó el Oso.
–Eso no era contar.
–¿No? –preguntó el Oso.

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–No, eso no tenía nada que ver con contar –insistió el Pingüino–. Que sepas que alrededor de este árbol hay ni más ni menos que treinta y ocho flores. ¡Recuérdalo!
–«Bonito» es más fácil de recordar –dijo el Oso.
–¡Pero «bonito» no es ningún número!
–Puede que no sea un número normal –aclaró el Oso–, es un número especial para contar flores.
–¡No es verdad! –gritó el Pingüino.

Pero el Oso ya no lo escuchaba. Había hundido la nariz entre las flores, olisqueándolas. El aroma le hacía cosquillas en la nariz, y se echó a reír.

–Tengo que irme –dijo alegremente–. ¡Adiós!

El Oso se alejó mientras pensaba:
Es mejor oler las flores que contarlas.

Y luego pensó:
Las flores son más bonitas que treinta y ocho.

Pensar eso le hizo sentir muy feliz, así que escribió en el papelito:

2. SOY UN OSO FELIZ.

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El oso que no estaba
isbn: 978-84-15208-69-3
Autor: Oren Lavie  /  Ilustrador: Wolf Erlbruch

Cada niño tiene su ángel de la guarda

Cada niño tiene su ángel de la guarda.
El de unos es una montaña.
El de otros, un río.
Y el de algunos, un bosque o una flor.

En los momentos de máximo peligro,
el ángel de la guarda da un paso al frente
para ayudar al niño a superar las dificultades.

Cualquiera de los seres vivos de este mundo
puede que salve algún día a un niño.
No abandones a los gatos.
No maltrates a los perros callejeros.
Quizás uno de ellos sea
tu ángel de la guarda.

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−Quien vela por ti en silencio te quiere de verdad. Quien proclama que te quiere es mentira.

¿verdad o mentira?
Jimmy Liao
http://barbarafioreeditora.com/jimmyliao/?page_id=147