En el país de la memoria blanca

Alguien despierta en un hospital con la cabeza completamente vendada y la memoria en blanco. No sabe qué ha pasado. Ni siquiera sabe quién es. En el hospital, le facilitan una identidad y una explicación: se llama Rousseau, es un perro y ha sido víctima de un atentado terrorista. Con esos datos, Rousseau debe volver a la calle y reconstruir su vida sin recuerdos. Pero empezar de cero no es fácil en una ciudad cruel y asfixiante en la que perros y gatos mantienen una lucha violenta. Gracias a su memoria blanca, Rousseau podrá analizar la situación desde la objetividad y adoptar la postura que cree más justa.

En el país de la memoria blanca es un libro duro y hermoso a la vez. Una obra que remueve sentimientos e invita a reflexionar. Sus páginas denuncian la violencia, el racismo o la opresión, pero también animan a soñar, a atreverse a ser diferente, a romper con las injusticias, a luchar por la libertad. Una serie de valores que llevaron a Amnistía Internacional a participar en la coedición del libro en Francia. Hay que advertir que Carl Norac no ha escrito una historia fácil. Los crudos pasajes realistas alternan con extrañas escenas oníricas y metafóricas que a veces cuesta interpretar. Aun así, el estilo directo y ágil de la narración hace que la lectura fluya hasta el final. Además, el texto incluye varias frases que bien podrían abrir debates en clase. Como muestra, ahí van dos: “Quienes no se detengan ante nada tal vez logren cambiar el mundo” o “El muro no vale más que el peso del miedo”.

En cuanto a las ilustraciones, el trabajo de Stéphane Poulinse adapta perfectamente a la historia. Recrea con maestría tanto el ambiente opresor de la ciudad como la bruma mística que envuelve las visiones del protagonista. La gran complicidad entre autor e ilustrador permite que algunas secuencias dejen de lado la palabra para narrar la historia exclusivamente con imágenes. El resultado, un álbum conmovedor que merece ser revisitado más de una vez.