Hilda, un universo en el que sumergirse

Hace unas pocas semanas llegó a España la serie animada Hilda, basada en los laureados, pero no tan conocidos cómics de Luke Pearson. Y lo hizo a lo grande, a través de Netflix, una de las plataformas audiovisuales con mayor audiencia, capaces de conseguir en poco tiempo lo que tanto trabajo cuesta a apuestas editoriales como la de Barbara Fiore: que un producto cultural inteligente e interesante para la infancia se convierta también en un fenómeno de masas.

Y es que, de repente, Hilda, esa niña intrépida de pelo azul, piernas delgadas y ojos enormes ha entrado en la vida de muchos hogares, descubriéndoles un universo misterioso de tintes míticos en el que personajes mágicos y fabulosos conviven con los humanos (unas veces más pacíficamente que otras…) en un lugar un tanto extraño. Un lugar donde las rocas pueden convertirse en trols, los troncos de madera en hombres demasiado conscientes de su existencia, donde las montañas a veces son gigantes dormidos y los rincones desaprovechados de las casas, puertas hacia espacios tiempo paralelos.

 

Hilda

Hilda es curiosa, valiente y aventurera. Le encanta vivir en un valle plagado de bosques, ríos y montañas, en compañía de su madre y una gran cantidad de seres mágicos, a los que observa con tenacidad científica y mirada antropológica. Ávida de conocimiento y de amigos inverosímiles, la pequeña se acerca a ese entorno aparentemente extraño desde la emoción y la curiosidad. Con ella saboreamos el placer del descubrimiento, el respeto por la naturaleza y los seres que la pueblan (por muy raritos que sean), y experimentamos empatía hacia los problemas ajenos. Y con ella viajaremos a Trollberg, una ciudad rodeada por un muro: un muro que, según Hilda, deja fuera todo lo interesante… Cruzaremos este muro en su compañía, rompiendo las normas de una sociedad que se regula a través del desconocimiento. ¿Quién puede escapar al hechizo de semejantes ingredientes?

La serie de Netflix ha sabido jugar con esos elementos para atrapar al espectador y sumergirlo en un universo que fascina, y que funciona a través de una narrativa global (fundada en los cómics), que va más allá de los capítulos auto conclusivos (y con frecuencia con moraleja) de las series animadas infantiles. En este sentido, la plataforma ha sabido asumir ciertos riesgos que convierten la serie en una propuesta diferente y muy recomendable. También es cierto que, en el proceso de adaptación de los cómics, la serie ha tenido que abandonar otros aspectos: algunos, por exigencias del lenguaje audiovisual, y otros en pos de convertir la apuesta personal, arriesgada –y en cierto sentido, experimental– de Pearson, en algo que pueda llegar a un público más amplio. Aunque la estética elegante y la sustancia de los cómics sobrevuela la serie, lo cierto es que la Hilda de Pearson propone complejidades (tanto a nivel de lenguaje visual como a nivel de construcción de personajes y tramas) que en la serie se han visto un tanto simplificadas. Así, las gamas de naranja quemado, de granate y de verde oliva que tiñen los días, del mismo modo que los fríos azules y los grises de las noches de los cómics, dejan paso a unos colores más suaves y brillantes, que siguen tiñendo los paisajes de un tono mágico, pero que lo vuelven menos escalofriantes que los del cómic.

Hilda y el gigante de medianoche

El paso de los cómics a la serie de animación afecta también a la simplificación de las personalidades de algunos de sus personajes, así como a las tramas, convirtiendo la serie en una especie de trampolín, una puerta que puede llevarnos de la pantalla al papel, y transformar la fascinación por el universo audiovisual de Hilda en una experiencia de lectura que –lo veremos enseguida– cuida cada detalle.

¿POR QUÉ LEER LOS CÓMICS?

Entrar en los cómics de Pearson no solo significa descubrir un universo inspirado en cuentos y leyendas nórdicas, sino sumergirse en unos libros donde el estilo gráfico, los colores, la composición dinámica y cambiante de las páginas, los peritextos narrativos y el uso expresivo de las viñetas conforman una especie de marca de la casa del universo Hilda. Un lugar donde lo que más cuenta es cómo se cuenta. Donde el tamaño de las viñetas, la perspectiva elegida en cada caso, las elipsis entre las imágenes y los vacíos entre los diferentes cómics explican tanto o más que los diálogos, y componen una obra en la que la exploración del medio se convierte en guía. Un lugar donde cada cómic parece una vuelta de tuerca del anterior, pues van creciendo con el autor y componiendo propuestas cada vez más arriesgadas, cada vez más experimentales. Un lugar, en estos aspectos, bien diferente al de la serie, pues en la serie prima la repetición de ciertos elementos que funcionan, en un gesto que en cierto modo aleja al lector de esa aventura de la exploración.

Hilda y el perro negro

Otro de los aspectos clave de Hilda es la capacidad de Pearson para construir personajes sencillos y de profunda consistencia, y para proponer situaciones que oscilan entre el misterio y el absurdo, guiadas siempre por la mirada respetuosa de su protagonista hacia lo desconocido y el mundo natural. De ese material surgen diálogos llenos de humor, donde la personalidad de los personajes se va tejiendo a través de una buena conjunción entre lo que hacen, lo que dicen y la manera en que lo dicen (algo que no siempre se consigue en la serie animada). Personajes un tanto ambiguos, a los que conocemos poco a poco y casi nunca demasiado, ya que, a diferencia de la serie, la narrativa global de los cómics funciona más bien como un puzzle. Un puzzle en el que cada título se presenta como una pieza bastante autónoma (excepto el 5º título), con ciertos personajes que no suelen volver a salir en los cómics siguientes, pero que ayudan a darle forma, fuerza e identidad al universo de Hilda.

Esos rasgos permiten a Pearson proponer tramas que se tejen y avanzan en base a malentendidos, debidos a la ignorancia de ese mundo mágico, y se resuelven gracias a la fascinación de Hilda por la extrañeza de los personajes con los que se tropieza, los cuales representan la alteridad desconocida: trols, gigantes, aves del trueno, elfos, espíritus domésticos, etc. Porque además de intrépida, Hilda es bondadosa y sabe rectificar cuando se equivoca… y eso hace que el lector viva intensamente las situaciones misteriosas –y muchas veces peligrosas– en que se ve inmersa, pero sienta al mismo tiempo la tranquilidad de saber que todo acabará más o menos bien (aunque tal vez no sea eso lo que sucede en el segundo y quinto cómic…).

Hilda y el gigante de medianoche

Aunque Hilda nos habla de la importancia de atender a los detalles y tratar de comprender lo desconocido antes de juzgarlo, Pearson dibuja también con mucho tino una de las preocupaciones infantiles por excelencia: las relaciones maternofiliales, muchas veces contradictorias, relacionadas con la necesidad infantil de libertad para crecer y la de sentirse queridos y a salvo en los brazos amorosos de los adultos. Una relación entre Hilda y su madre que –a diferencia de lo que sucede en la serie de Netflix, donde se pierden aspectos relevantes de la personalidad de la madre– se basa en la confianza, en grandes cotas de libertad cuando viven en el bosque, y en los miedos maternos al llegar a la gran ciudad. Una relación que, al estar bien dibujada en los cómics, entreteje también gran parte de las tramas, donde nunca aparece un único personaje como responsable del conflicto. Y así, de a poco, cada vez vamos conociendo más a Hilda. Una niña aventurera pero también solitaria, estudiosa del mundo natural y curiosa empedernida; un personaje que se relaciona sin problemas con lo desconocido (por tanto, como le gusta vagar y perderse) y al que en cambio no le resulta tan sencillo comprender a los humanos, tengan la edad que tengan (algo que también queda un tanto desdibujado en la serie, que centra el relato no tanto en Hilda como en su pandilla).

Luke Pearson consigue dibujar un universo complejo y autónomo y convertirlo en un lugar habitable. Un lugar al que queremos volver. Un lugar donde siempre hay algo por descubrir y donde la aventura acecha en cada esquina, con una protagonista capaz de empatizar con criaturas de muchas edades y de instalarse así en el imaginario colectivo. La serie de Netflix puede ser el primer peldaño para adentrarse en este mundo, pero la lectura de los cómics asegura emociones más fuertes, y unos personajes de los que es mucho más difícil desprenderse.

 

Anna Juan Cantavella
Especialista en libros, literatura infantil y didáctica de la literatura
Autora del blog La coleccionista