Está escrito como si fuera un diario en el que en ocasiones se intercalan textos e ilustraciones. En él va contando lo que le sucede a lo largo de un año, recordando el dolor y el abatimiento de una etapa negra de su vida. Para trasmitirnos sus estados de ánimo, y unas emociones, que según él mismo escribe, se veía incapaz de expresar solo con palabras, se sirve de unos dibujos de trazo sencillo hechos con rotulador, ayudado de acuarelas que se diluyen casi sin color.

Apenas unas manchas que dan intensidad a las figuras y se hacen nube, niebla, camino, sombre, reflejo en el agua; en tonos ocres y sepias, grises, violetas y azules oscuros, tan distintas de las coloristas de sus otros libros.

Los seres humanos buscamos, qué duda cabe, un poco de dicha y de armonía en nuestras vidas, ese estado del ánimo al que llamamos felicidad, concepto escurridizo donde los haya, tan difícil de delimitar con palabras; en el camino, otras pretensiones nos enredan y cofunden. El artista persigue también el bienestar y la satisfacción interior a través de la actividad que más le interesa y ocupa, la ejecución de su arte. Como les sucede a los demás, también él ha de enfrentarse a la enfermedad y al sufrimiento. Y, aunque hay quienes piensan que nada existe que nos haga tan lúcidos como el dolor, ¿es posible hacer la belleza con los añicos que dejó la tristeza? ¿Cómo se crea partir de las astillas del juguete roto en que un día se convirtió quien escribe, pinta o dibuja, compone música?

Pienso en estas cosas mientras contemplo las ilustraciones de Jimmy Liao recogidas en Hermosa soledad, poéticas, con punto de ironía, y hasta con pequeñas dosis de humor algunas, pero sombrías y melancólicas la mayoría, muchas enigmáticas e inquietantes. Paso las páginas del libro y descubro que el artista taiwanés tuvo que enfrentarse a una grave enfermedad, que durante mucho tiempo se sintió incapaz de dibujar; y que cuando volvió a coger los pinceles, por animados que fueran los temas que intentaba ilustrar, estos adquirían siempre una vaga tristeza.

Hermosa soledad

Está escrito como si fuera un diario en el que en ocasiones se intercalan textos e ilustraciones. En él va contando lo que le sucede a lo largo de un año, recordando el dolor y el abatimiento de una etapa negra de su vida. Para trasmitirnos sus estados de ánimo, y unas emociones, que según él mismo escribe, se veía incapaz de expresar solo con palabras, se sirve de unos dibujos de trazo sencillo hechos con rotulador, ayudado de acuarelas que se diluyen casi sin color. Apenas unas manchas que dan intensidad a las figuras y se hacen nube, niebla, camino, sombre, reflejo en el agua; en tonos ocres y sepias, grises, violetas y azules oscuros, tan distintas de las coloristas de sus otros libros.

Recurre al dibujo -nos dice- para expresar una tristeza inefable. Consigue lo que pretende: el dominio de la técnica y su sensibilidad artística le permiten decir lo que de ninguna otra manera hubiera podido decir. Sus dibujos actúan como un exorcismo frente al dolor y la angustia, y que le ayudan a poner un poco de luz en la oscuridad, como el candil que alumbra la estancia con su llama temblorosa y llena de silencio de una claridad incierta, de agitadas sombras.

Hermosa soledad

Los personajes son casi siempre seres solitarios y ensimismados, sonámbulos extraviados en la noche. Algunos se nos muestran desnudos y acurrucados, abrazándose a sí mismo. Contemplan fascinados cómo cae la lluvia o la nieve, o simplemente miran; a veces, leen una carta, abrazan una estrella, ven salir la luna, observan la última hoja a punto de caer de la rama. Pálidos fantasmas, parecen temerosos de perturbar el silencio del bosque en que se hallan, de la noche profunda a la que se asoman, del océano infinito por el que misteriosamente navegan. Siempre en busca de alguien a quien no encuentran, a la espera de alguien que no llega.

Algunas ilustraciones van acompañadas de un texto breve que narra lo que parece un sueño, o una pesadilla. En estos casos, las imágenes están protagonizadas por hombres que sobrevuelan laberintos, hombres-pájaro encerrados en jaulas; ingrávidas muchachas de miradas lánguidas capturadas en alguna novela; caminantes que suben y bajan escaleras, abren y cierran puertas, buscando sin cesar al otro; a veces se encuentran, pero inmediatamente se separan, para continuar buscándose.

En una de estas escenas, una noche de luna llena, una muchacha se apea en una estación sin nombre. Pasan una y otra vez los trenes, pero ninguno se detiene. Finalmente, hasta la misma estación desaparece y la joven ni siquiera tiene fuerzas para hacer un gesto con la mano. Otra escena transcurre en un bosque frondoso. Entre los árboles, alumbrada por la luz de una vela, una mesa está dispuesta para la cena; una silla está vacía, en la otra, una mujer espera; caen las hojas.

Camino que se cruzan, oscuros túneles, páramos, encrucijadas, frías habitaciones de hospital, islotes perdidos en el vasto océano, desiertos que se desvanecen. Estas páginas son un catálogo de dudas, temores y obsesiones. La zozobra aparece en los rostros de unos seres que flotan a la deriva, en los que Liao se nos muestra. ¿O quizá se esconde? Testimonio, al cabo, de haber sido en el sufrimiento.

Hermosa soledad


Por momentos me recuerda al Otro del que Cardoso Pires escribe De Profundis donde cuenta la isquemia cerebral que le ocasionó la pérdida temporal de la memoria, y habla de sí mismo como de otra persona, entregada a la falta de voluntad, alejada de cuanto sucede en él y a su alrededor. Perdido el centro del habla y de la escritura, indiferente a lo que ocurre, a las visitas de los familiares y amigos, inmerso en un absoluta incapacidad de comunicación. Hasta que, pasado el tiempo, ayudado por los recuerdos de la esposa y de los amigos pudo reconstruir lo que había pasado y reencontrarse consigo mismo.

Así obra Liao, indagando con los trazos muy cortos y muy finos de su rotulador. Con cada nuevo trazo da otro paso más allá, internándose en el bosque profundo de su identidad; como si cavar cada vez más hondo, para conocer mejor, para saber algo más de si mismo, De esta manera, alegrías y lágrimas de la vida van posándose sobre el papel, en la tinta misma que suavemente desliza el papel. Hasta reconciliarse al fin con la experiencia que le tocó vivir.

Mucho se ha escrito sobre el conocimiento que otorga la experiencia del dolor. No sé. Lo que parece mucho más evidente es nuestra torpeza ante el sufrimiento ajeno. Ante un ser humano que sufre, no sabemos qué hacer ni qué decir.

José Luis Polanco
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HERMOSA SOLEDAD

Septiembre 2008 | ISBN: 978-84-93618-52-0 | 176 páginas | Cartoné | 15 x 20 | 22,00€

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