No dejan de ser algo excepcional y muy poderoso aquellos cómics que gustan a públicos de todas las edades y que dan importantes lecciones acerca del género —aunque en realidad no traten esa cuestión de ninguna forma.

En los libros que ha publicado Luke Pearson acerca del personaje de Hilda en Barbara Fiore Editora su autor nos cuenta historias acerca de una niña llamada Hilda. Aunque en el marco que proponen los argumentos, el protagonista bien podría haber sido de cualquier género, el hecho de que se decante por una protagonista femenina tiene unas poderosas consecuencias que van más allá de las páginas.

El título del primer libro de la serie, Hildafolk, Hilda y el trol es un juego de palabras con los huldufólk islandeses. Los huldufólk son elfos de la mitología islandesa de los que se dice que viven en zonas rocosas y que a veces lo hacen en pequeñas casitas que les construyen la gente del lugar. El personaje principal de Hilda y el trol es una joven llamada Hilda que vive una zona de montañas rocosas con su madre y su mascota, Brizna, que es un zorro con cuernos. El mundo de Hilda no tarda en verse plagado de criaturas míticas. A Hilda no le importa asumir riesgos y lo que quiere es explorar; no nos cabe duda de que se considera a sí misma una aventurera y una documentalista.

En este primer volumen, Hilda vive una aventura, se expone a ciertos peligros, hace amigos y, después, regresa a casa para cenar. Aunque no se trata de una historia complicada, sirve para construir un mundo que le será de gran interés a aquellos lectores que sean tan aventureros como Hilda. También sirven para establecer los que serán los elementos constitutivos de los siguientes volúmenes.

Aunque las historias de Hilda son dulces y encantadoras, no resultan empalagosas. Siempre hay un toque de tristeza en sus aventuras y en la forma que tiene de aprender a ser mejor persona mediante su interacción con el mundo, en las lecciones que aprende y que todos deberíamos aprender. Por ejemplo, en la primera historia, Hilda lee en un libro que hay que colgarle una campana a las rocas trol para, de este modo, saber si se acercan por la noche, pero nuestra protagonista comete el error de no leer el resto del libro, donde se cuenta que se trata de un práctica cruel y obsoleta que, además, molesta mucho a los trols.

Hilda se siente compungida al descubrir el error, y no tarda en intentar remediar la molestia causada al trol, el cual tiene la gentileza de devolverle el bloc de dibujo que se había dejado junto a él, tras lo cual se marcha. No se concede perdón alguno ni se ofrece ninguna resolución tras el cruel error de Hilda.

Las ilustraciones son bellas y encantadoras de una forma atractiva, y la limitación de la paleta de colores funciona muy bien a la hora de crear este mundo. Los azules del cabello y de la falda de Hilda, de algunas de las criaturas y de la noche contrastan con los marrones y los mostaza que impregnan la comodidad del hogar y con los rojos que se emplean en los momentos de acción y emociones, así como en el abrigo y en las botas de la protagonista. En las varias páginas en las que Hilda sale a explorar durante un día agradable con un amigo, la sensación de seguridad y comodidad se transmiten mediante colores apagados, y con unos azules y marrones más suaves en el fondo. A pesar de que se trata de una joven que se adentra en lo desconocido, los tonos que se emplean dan sensación de seguridad, al menos hasta que se duerme y se despierta en un mundo en el que cae la nieve desde un cielo rojo. Este maravilloso uso de los colores logra suscitar emociones en el lector y aumenta la sensación de dramatismo.

Hilda y el trol

Aunque la técnica narrativa es sólida en todo momento, hay algunas páginas en las que la creatividad de Pearson brilla de un modo especial. En la primera página de las excursiones de Hilda, se nos presentan varias viñetas insertadas en el fondo de la hierba sobre la que camina la protagonista, viñetas que están dispuestas de modo que parecen encontrarse en el camino de Hilda. Se trata de un sencillo montaje que sirve para mostrar algunas de las maravillas con las que se cruzan Hilda y Brizna a lo largo de su ajetreada jornada, así como un merecido descanso de las cuestiones argumentales de mayor peso. El encuadre funciona bien y su comprensión no plantea problemas; además, no tiene texto: cuestión que puede resultar de especial interés para los padres que quieran leer el libro con los niños más pequeños.

En una secuencia posterior, aparecen Hilda y Brizna corriendo a casa a gran velocidad, lo cual queda reflejado en el staccato de los dibujos. Pearson ni siquiera le presta demasiada atención a los bordes de las viñetas en esta página, sino que opta por mostrar un flujo de acciones continuo para representar la carrera de los dos personajes.

En el segundo libro de Hilda, Hilda y el gigante de medianoche, se percibe una mayor madurez en el estilo de Pearson. Las tintas tienen más textura, las imágenes transmiten una sensación de mayor elaboración. Los colores son un poco más oscuros y apagados, lo cual también puede decirse de la historia. Los diseños de personaje de Hilda, de su madre y de Brizna son más afilados, un poco más angulosos. Brizna ha pasado de ser azul a blanco, color que será el que tenga en los demás libros. La rotulación de Pearson cobra una fuerza mucho mayor en el segundo volumen de la serie; además, para cada tipo de criatura emplea un estilo distinto de bocadillo. Aunque son cambios pequeños, hacen que el libro se enriquezca mucho.

Si bien la narración alcanza la misma excelencia que en Hilda y el Trol, Pearson aprovecha el mayor formato de esta entrega para, básicamente, añadirle otra hilera de viñetas al libro. A partir de este, los siguientes libros de Hilda se han publicado con un tamaño más europeo, y tienden a tener por defecto cuatro viñetas en el ancho de cada página en lugar de las tres que caben más cómodamente en los cómics estadounidenses.

Hilda y el gigante de medianoche

Sin embargo, a pesar de ello puede dar la sensación de que las ilustraciones a veces están muy enclaustradas, ya que la mayoría de las páginas cuentan con entre 10 y 15 viñetas. Con este tamaño, aunque cada viñeta conserva la claridad, cuando se contemplan las páginas como un todo, resultan muy segmentadas y un poco claustrofóbicas. A pesar de que estos libros son para todos los públicos, y muy indicados para lectores jóvenes, no hay motivo por el cual, con un sólido narrador como lo es Pearson, el ligero experimentalismo con el que se abordan las composiciones de página tenga que hacer que estas dejen de ser comprensibles.

A pesar de la tristeza que emana Hilda y el gigante de medianoche, puede que sea este el libro de los publicados hasta ahora que contenga la lección vital más importante para los niños. En él, Hilda y su madre descubren que su casa se encuentra en mitad de un terreno en el que viven unos diminutos elfos a los que antes no podían ver (probablemente basados en los legendarios huldufólk). Estos elfos quieren que Hilda y su madre se marchen, puesto que les parecen muy molestas. Cuando la madre de Hilda amenaza con irse a vivir a la ciudad, Hilda se embarca en una aventura para resolver este problema, ya que le horroriza la idea. Al final —y aquí viene un spoiler, aunque no tanto si se echa un vistazo a los demás libros de la serie— tienen que acabar mudándose.

Este tomo supone un importante giro para Hilda y para estos libros. La protagonista teme perder los mitos y la belleza del lugar en el que se crio, así como la casa que construyó su abuelo. Es este un aspecto con el que se pueden identificar la mayoría de los niños y los adultos occidentales. No es tanto un relato moral acerca del paso de la infancia a la edad adulta como sobre el paso de la ingenuidad de la primera infancia (¿os dice algo lo de Papá Noel?) a una fase más realista de la infancia tardía. También trata sobre qué es lo que importa más: ¿las posesiones o las personas? Cuando la casa de Hilda acaba destruida, la protagonista da con la respuesta: «Solo es madera, cristal y un puñado de cosas». La intrépida muchacha está preparada para la siguiente aventura.

En Hilda y la cabalgata del pájaro, Hilda y su madre se van a vivir a la ciudad, y el cambio les resulta difícil a ambas. Cuando Hilda sale con sus compañeros de clase, no comprende los extraños y burlones juegos con los que se divierten. Hace un amigo pájaro, y, durante la aventura que vive para ayudarlo, encuentra aspectos de la ciudad que le encantan.

Aunque en parte trata acerca del paso de la vida rural a la urbana por parte de Hilda, el peso de la historia recae en la relación de la niña con su madre. Aunque la mudanza a la ciudad ha cambiado la forma en la que se relacionan, al final acaba por unirlas más. La relación que tiene Hilda con su madre es sólida pero realista.

Hilda y la cabalgata del pájaro

Es en este volumen en el que el arte de Pearson comienza a volar alto. Emplea composiciones más creativas que en los anteriores volúmenes y hace uso del tamaño de las viñetas para mejorar la narración de una forma palpable. Hay, por ejemplo, una página en la que Hilda y sus amigos andan buscando piedras en un parque. Como a Hilda le encantan las piedras, se emociona. La parte superior de la página es normal, con tres viñetas altas rectangulares a las que le siguen otras seis viñetas que tienen el mismo tamaño entre sí. Sin embargo, al final de la página, la última imagen cuenta con mucho más espacio para desarrollarse, con lo que la acción que tiene lugar en ella adquiere un peso adicional. Es en ese momento cuando tanto el lector como Hilda se dan cuenta de que los niños querían las piedras para tirárselas a los pájaros, algo que no le gusta a Hilda en absoluto. Y así lo percibimos. Los riesgos que ha asumido Pearson con la composición de las viñetas dan sus frutos.

Los personajes de Hilda, su madre y Brizna adquieren sus diseños definitivos en Hilda y la cabalgata del pájaro, y se vuelven a emplear en el siguiente libro. El estilo del dibujo vuelve a las líneas más claras y a los bordes más suaves. Pearson da en la diana con este mundo. El libro tiene el mismo y maravilloso esquema cromático que el anterior, y, además, conserva unos cambios tonales semejantes, de modo que repite los colores cálidos para las acogedoras escenas hogareñas y los fríos para las escenas nocturnas al exterior. La rotulación es nítida y fuerte, aunque muchos de los bocadillos, tanto en este libro como, en menor grado, en el anterior, carecen de puntuación, lo que distrae un poco. Con todo, la rotulación de Hilda y la cabalgata del pájaro es, en general, la más fuerte de toda la serie.

Las ilustraciones del libro más reciente, Hilda y el perro negro, guardan una relación de congruencia con las del anterior. Aunque hay un cierto peso en las tintas, parecido al que puede apreciarse en los trazos de Hilda y el gigante de medianoche, el diseño de los personajes y la narración se parecen mucho más a los de Hilda y la cabalgata del pájaro. En general, en Hilda y el perro negro se emplean los elementos más fuertes de los estilos artísticos de los anteriores libros de Hilda y se combinan para dar lugar a un volumen artístico realmente maravilloso. Pearson, que sigue ampliando su narrativa más allá de las claustrofóbicas cuadrículas de Hilda y el gigante de medianoche, parece haberse divertido en cantidad con los distintos bordes de viñetas y las composiciones que hay a lo largo del libro. Resulta especialmente gratificante en este caso, ya que ilustra con claridad el elemento argumental que nos habla de unas criaturas que se mueven a través de pequeños espacios no utilizado detrás de los estantes y debajo de los sofás en una especie de minúscula dimensión a la que van a parar todas las cosas que se nos pierden por entre los cojines del sofá.

Aunque las ilustraciones son buenas, lo mejor de Hilda y el perro negro es el argumento. En este libro, el más grande y fascinante de Hilda hasta la fecha, se nos presenta una visión completamente nueva de la protagonista: la de un ser humano con puntos débiles. El objetivo que tiene Hilda en esta historia es el de impresionar a su madre obteniendo insignias de exploradora, pero se la da terriblemente mal. Es un libro entrañable y divertido, sobre todo si se tiene en cuenta que en los anteriores se nos ha mostrado a una Hilda bastante excepcional. Aquí, se nos muestran los límites de su excepcional naturaleza.

Hilda y el perro negro

Con todo, no hay libro de Hilda en el que no haya una aventura, y la de este es entretenida y conmovedora. De hecho, es el argumento del libro el que evoca una sencilla comparación entre todos los libros de Hilda y el filme de animación titulado The Iron Giant (El gigante de hierro). Además de tener un estilo visual parecido al de los libros de Hilda, ambas obras comparten ciertos rasgos argumentales. Hilda y el perro negro, por ejemplo, es la historia de una joven a la que cría su madre soltera y que intenta salvar a una criatura gigante e incomprendida.

Aunque el protagonista de El gigante de hierro es masculino, la protagonista femenina de los libros de Hilda resulta una notable elección. La impaciente y curiosa naturaleza de Hilda no se relaciona tradicionalmente con los personajes femeninos, a lo que hay que añadir que la relación que tiene con su madre no se ve definida por tener el mismo género (aunque ayuda a que todos los libros de Hilda pasen con buena nota el test de Bechdel). No existe, literalmente, ninguna parte de estas historias que no pudiera haber tenido a un niño como protagonista.

Entonces, ¿qué importancia tiene que Hilda sea una niña y no un niño? En primer lugar, suele esperarse que los creadores elaboren personajes protagonistas que tengan el mismo género que ellos. Es realmente maravilloso ver a un historietista dispuesto a pasar su tiempo en un mundo que está habitado sobre todo por personajes que no son de su mismo género y que, además, logra hacer que sean interesantes y que tengan matices. Pero verlo en un libro en el que el historietista podría haber tomado con la misma facilidad la predecible —y posiblemente más lucrativa— ruta que lleva a la creación de personajes masculinos, es todavía mejor. Pearson ni siquiera echa mano de los tradicionales colores «de chicas», tales como el rosa o el morado, sino que conserva la misma paleta otoñal en todo momento. De forma semejante, aunque los personajes principales suelen ser blancos, el mundo humano de Hilda presenta una diversidad racial, sobre todo entre los demás niños con los que se relaciona.

Hilda es una encantadora niña que se caracteriza por ser aventurera, agradable e inteligente, así como por no tener un comportamiento que resulte increíble o molestamente inspirador. No se comporta en ningún momento de un modo que se pueda considerar estereotípico de personajes femeninos. En cada libro se narra una historia en la que Hilda conoce a nuevas criaturas o personas, se arriesga para satisfacer su curiosidad y tiene que pasar por algunos aprietos. Aunque comete errores y a veces es un poco desagradable, aprende de las experiencias. Es el tipo de personaje que puede servir para que los niños tomen buenas decisiones sin llegar a ser moralizante ni prepotente.

Es el tipo de personaje que solía gustarme de pequeña, aunque solo lo encontraba en las páginas de libros tales como Ana de las tejas verdes, Mujercitas o La casa de la pradera: una niña que podía ser femenina a la vez que aventurera y desafiar los estereotipos. Pero esa época de la literatura queda ya un poco lejos, y Hilda es una niña moderna que no puede verse limitada por las actitudes victorianas.

Las niñas necesitan ver a niñas haciendo cosas que no sean tradicionalmente «de niñas», aunque los niños podrían hacer lo propio a modo de recordatorio. El mundo necesita más libros infantiles en los que los niños cocinen y las niñas sean intrépidas y vivan aventuras.

Los libros de Hilda no tienen ninguna connotación de género, ya que las historias pueden resultarle atractivas a todos los lectores que busquen narraciones en las que primen la tolerancia, la comprensión, la bondad y la capacidad de aceptación. Con todo, en los libros Hilda no hay ni un atisbo de condescendencia. No puedo esperar a ver dónde nos llevará nuestra esforzada aventurera.

Janelle Asselin
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HILDA Y EL PERRO NEGRO

Noviembre 2014 | ISBN: 978-84-15208-63-1 | 64 páginas | Cartoné | 21 x 30 | 16,00€

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