Las obras de arte más espléndidas suelen estar donde no se las espera, escondidas entre una montaña de libros llamativos que intentan hacerles sombra. Quizá por eso, cuando salen a la luz brillan con tanta intensidad que se nos aparecen como una revelación, un sentimiento que empieza a formar parte de nosotros y que deseamos compartir, contagiar a los demás.

Así es como me he sentido al descubrir El árbol rojo (2001), un álbum ilustrado de Shaun Tan (Fremantle, Australia, 1974), un prestigioso ilustrador que ha publicado más de una decena de títulos y ha recibido galardones como el Premio Memorial Astrid Linger 2011 y el Oscar al Mejor Cortometraje Animado 2010 por la adaptación de su obra La cosa perdida. El árbol rojo se considera uno de sus libros más importantes, junto al mencionado álbum La cosa perdida (1999) y la novela gráfica Emigrantes (2006). Él es autor tanto de las ilustraciones como del texto.

Los álbumes ilustrados más populares se componen de un cuento acompañado de dibujos, como la hermosa Blancanieves de Benjamin Lacombe, o hacen un recopilatorio de fragmentos breves sobre un tema concreto, como los maravillosos Besos que fueron y no fueron, de Roger Olmos y David Aceituno. Sin embargo, El árbol rojo no es nada de esto: tiene muy poco texto y se puede definir como un poema ilustrado, porque un poema es lo que resulta al unir todas sus líneas, de gran belleza lírica. Cada página narra un verso, acompañado de la correspondiente imagen que lo ilustra. Las ilustraciones, a su manera, también hacen poesía, una poesía visual rica en detalles y con una gran capacidad expresiva.

Desde mi punto de vista, el tema de El árbol rojo es la tendencia a deprimirse, a ver solo el lado gris de la vida. Tan construye el hilo a partir de la jornada de una muchacha pelirroja, que arranca con la conmovedora frase «A veces el día comienza vacío de esperanzas». Se describe la tristeza que todos hemos experimentado alguna vez, esa sensación de que todo va mal y nunca nos ocurre nada bueno, ese vagar errático por la ciudad con un destino incierto y sin acompañantes que nos reconforten. Pero, al final, llega la esperanza, una esperanza en forma de árbol rojo que nos recuerda que los pequeños milagros cotidianos son posibles. Las palabras están muy bien escogidas; logran decir todo con un gasto de letras mínimo —aquí tengo que destacar el trabajo de los traductores, que en la edición catalana que he leído yo, también de Barbara Fiore, son Carles Andreu y Albert Vitó.

Las ilustraciones se encuadran en el estilo surrealista: el autor emplea motivos imaginarios para plasmar el desencanto de la protagonista, como si rutina fuera una pesadilla. Predominan los tonos oscuros, vivos e intensos, acorde con la trama. Este aire onírico no resta profundidad al mensaje, sino que lo potencia, porque logra crear imágenes muy evocadoras que actúan como metáforas de la amargura (ya os dije que la poesía no solo se encontraba en el texto). Esta condición le permite, además, presentar una gran variedad de dibujos, desde una aparentemente sencilla escena de la muchacha en su habitación a un espléndido muro pintado con infinidad de colores, pasando por un mensaje en una botella bastante peculiar y una superposición de periódicos para dar forma a una ciudad. Aunque el álbum sea muy breve, os aseguro que estas ilustraciones hacen que merezca la pena.

Por otro lado, me gustaría hacer hincapié en el hecho de que se trata de un álbum ilustrado para adultos. He leído muchas reseñas —incluso en medios profesionales— que se refieren a él como una obra para niños o adolescentes, cosa que me parece un terrible error: teniendo en cuenta la crudeza del tema, no se me ocurriría regalárselo a un niño, porque, incluso aunque lo entendiera, me parece que ni la técnica de las imágenes ni su fondo son los más recomendables para él (y hay mucha oferta donde elegir). Cuando he hablado de álbumes como Abuelas de la A a la Z, de Raquel Díaz Reguera, he dicho que pueden ser aptos para todas las edades, pero en este caso soy más tajante: el público objetivo de esta obra es gente adulta. El problema, para variar, lo tenemos en la falta de sensibilidad que hay en nuestro país para apreciar obras como esta, esa mala costumbre de asociarlas solo a la infancia. Craso error: no hay límite de edad para disfrutar de un buen trabajo de ilustración.

A propósito del tema, el autor comenta en una entrevista que «Los libros ilustrados pueden ser casi un test para comprobar lo cuidadosas que son las personas como lectores». Estoy de acuerdo con él: los álbumes implican un esfuerzo diferente al que requiere la lectura, hay que aprender a mirar, a entender que la imagen no solo es un complemento, sino que también puede expresar muchas emociones. Quien no esté acostumbrado a disfrutar de este tipo de obras tal vez pensará que el álbum es caro para tener una extensión tan breve, pero no hay que cometer el error de juzgar este tipo de composiciones como si fueran una novela: no importa la cantidad, sino la calidad de las imágenes, la capacidad del ilustrador para transmitir a través de los dibujos. Creedme: en Shaun Tan, la excelencia es indudable.

En conclusión, os animo a dejar los prejuicios a un lado y dar una oportunidad a El árbol rojo, un álbum peculiar que plasma perfectamente los sentimientos de tristeza y esperanza. Me parece una opción estupenda para regalar a personas a quienes apreciamos, personas con gusto por el arte que sean capaces de apreciar los matices de una obra tan delicada, bella y, al mismo tiempo, oscura, una obra que consigue hacer poesía visual del desconsuelo, pero que, al final, nos recuerda que no debemos perder la ilusión. Plantemos nuestro árbol rojo.

Mil gracias a Jorge por descubrirme a este ilustrador.

Rusta
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EL ÁRBOL ROJO

Mayo 2005 | ISBN: 978-84-93481-11-7 | 32 páginas | Cartoné | 21 x 30 | 18,00€

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