En la cubierta, como si se tratas de un cuadro abstracto, un brochazo de pintura negra con algunas veladuras en tonos un poco más claros sobre el que destaca el título en blanco, Greta la loca.

Es un presagio del desenlace de la historia, aunque esto no lo sabremos hasta el final de la lectura. Si antes de adentrarnos en el libro miramos la contracubierta, encontramos una reproducción del cuadro Dulle Griet ( Greta la loca), del pinto Pieter Brueghel el Viejo, obra que cuelga en las paredes del Museo Mayer van der Bergh, de Amberes.

Se trata de un paisaje apocalíptico en tonos ocres, amarillos viejos, tierras, negros, en medio del cual se mueve un sinnúmero de sórdidos personajes, criaturas deformes y extraños animales. Sobre un puente, un grupo de mujeres, las únicas figuras con aspecto humano, libra una cruenta batalla contra un ejército de figuras infernales que intentan arrasar la cuidad. Huevos, peces, extraños animales y objetos humanizados realizan insólitas tareas: unos monstruos trepan por las jarcias de un mástil que se yergue sobre las ruinas de un castillo; un pez con rostro casi humano devora criatura demoníacas, y su delgada cola cuelga una esfera que parece una prisión; una figura sentada carga sobre sus espaldas una barca que transporta una burbuja transparente en la que permanece encerrados cuatro personajes.

En la lejanía, el horizonte aparece envuelto en llamas y un frente de fuego avanza devorando todo cuanto encuentra a su paso. Un panorama de destrucción y locura en el que autor flamenco da rienda suelta a su iconografía surrealista influenciada por el mundo obsesivo y fantasmagórico de El Bosco.

En este paisaje desolador y desquiciado, Brueghel coloca en primer plano a Greta, una figura de la tradición popular de Flandes, con la que el pintor representa la avaricia. Vestida con andrajos y protegida por un yelmo y una coraza, Greta avanza blandiendo una espada. En su brazo izquierdo, lleva un cofre; y un cesto, un capazo y un saco, llenos a rebosar de platos, cazuelas, sartenes y algunos alimentos. Camina con paso decidido hacia los infiernos, simbolizados en las fauces de un monstruo que engulle criaturas arrastradas por las aguas de un río, que atraviesan el cuadro de derecha a izquierda. ¿Pretende Greta conquistar los infiernos o quizá solamente poner a salvo su cuantioso botín? Aunque se han barajado distintas hipótesis acerca del significado de este cuadro, nadie sabe con seguridad qué pretendió Brueghel.

A partir de las sugerencias de esta tabla del pinto flamenco, Gert De Kockere ha imaginado una historia que tiene como protagonista a Margarita, una encantadora niña. Pero la bondad y la dulzura de ésta duran apenas un par de líneas en el relato, las de su presentación a los lectores. Porque a medida que va creciendo, sus travesuras comienzan a crear el malestar de quienes viven a su alrededor, lo que provoca el enfado de la niña, y su furia y su rabia van en aumento. Con las diferentes tipografías utilizadas, quedan subrayadas algunas partes del texto a las que el autor quiere otorgar un mayor relieve: las recriminaciones de los padres y los vecinos o las airadas respuestas de Greta, por ejemplo.

La niña adorable deja pronto de ser Margarita para transformarse en Greta, Greta la loca, una muchacha cruel y violenta que, ante el rechazo de los demás, decide bajar a los infiernos en busca del diablo. La vemos entonces atravesando un paisaje de desolación y muerte, el mismo paisaje de Brueghel, en el que Greta se siente como en su propia casa. El entorno se va volviendo cada vez más oscuro y turbulento, hasta que se produce el encuentro con el diablo. El rechazo de éste provoca el impactante desenlace. La fuerza y el empuje de Greta se desborda en la locura absoluta de ésta, la entrega total en la autodestrucción.

El autor cuenta la existencia de la locura en un mundo absurdo y demente. Pero, invita a preguntarse hasta qué punto la culpa es del propio sujeto o es compartida con quines están a su alrededor. La historia ahonda en las complejidades del alma humana; y el libro, que admite más de una lectura, causa inquietud y desazón, y nos obliga a reflexionar.

Por su parte, Carll Cneut ilustra la historia inspirándose también en el delirante cuadro de Brueghel, del que toma algunos de los grotescos personajes. Peces, pájaros y objetos humanizados, esqueletos y figuras carnavalescas, están representados de forma plana; son más esquemáticos que los de Brueghel, y se acercan bastante a la caricatura. Poseen cuerpos desproporcionados, manos gesticulantes y rostros de rasgos exagerados. En sus granes bocas asoman dos hileras dispares y unos ojos minúsculos se hunden en las cuencas. A menudo muestran una actitud crispada por la cólera.

Aunque se observa la búsqueda de afinidad con la obra del pintor flamenco, y recrea un escenario similar en el que resuenan el entrechocar de las espadas, los gritos de los heridos, el crepitar de las llamas y el tañido de las campanas, la atmósfera es menos siniestra y está bastante alejada del universo dibujado en Dulle Griet. Así la figura están colocadas sobre un fondo blanco, del que ha sido prácticamente eliminado el paisaje, si exceptuamos algunos árboles silueteados en negro, de apariencia fantasmal. Desaparece también el horizonte, que en el cuadro de Brueghel está situado en una líneas recta; y las arquitecturas están dibujadas desde diferentes perspectivas, muchas veces atmosféricas. En ocasiones, tenemos la sensación de estar observando la escena desde un globo, viendo cómo los personajes se mueven entre casas que parecen de juguete, sobre cuyos tejados se sientan, o se asoman a duras penas por sus estrechas puertas y ventanas.

Cneut ha logrado recrear la sobreabundancia en este carnaval estrambótico de muchedumbres y se ha servido de elementos expresionistas para escenificar la locura en el gran teatro de la vida. Extraña e inquietante belleza del esperpento y la fealdad.

José Luis Polanco

GRETA LA LOCA

Abril 2006 | ISBN: 978-84-933980-7-1 | 32 páginas | Cartoné | 24 x 32 | 15,00€

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