La serie Hilda, de Luke Pearson, parece encontrarse en aquella extraña línea de falla que hay entre el elitismo del cómic y la aceptación comercial.

La franca adhesión que la prensa mainstream le ha dispensado a la serie parece tener su correlato en una reacción menos que comedida entre los críticos del cómic en particular; y eso a pesar de contar con un Premio Eisner y la breve pero fulgurante reseña ocasional con la que lo ha recibido la prensa especializada.

Los atractivos de Hilda saltan a la vista: la inteligente forma de entremezclar distintas tradiciones noreuropeas, la cada vez mayor habilidad del artista en cuanto a la composición de página, el buen oído que tiene para los diálogos sencillos pero humorísticos, el agradable diseño de sus personajes y su atractivo y coherente trazo, el cual ha dado sus mejores frutos en Hilda y la cabalgata del pájaro y Hilda y el perro negro.

Los críticos han dado en comparar la obra de Pearson con la de Tove Jansson, Jonathan Swift (con relación a Hilda y el gigante de medianoche) y, con más frecuencia, con la de Hayao Miyazaki. Resulta comprensible si se tienen en cuenta la autonomía y la confianza de su heroína, el amor que profesa por la naturaleza, su adorada mascota (Brizna) y el hecho de que su vida transcurra en un paisaje nórdico mítico (lo cual puede compararse con el filme de Miyazaki titulado El viaje de Chihiro). Puede presumirse que la serie también es en cierto modo deudora de la obra de Bill Watterson en cuanto a la creación de un apabullante mundo de fantasía desinhibida, así como en la relación central que existe entre Hilda y su madre (aunque tengo la sensación de que no es casualidad que se trate esta de una familia monoparental). En el Hobbes de la creación de Pearson hay toda una serie de amigos no tan imaginarios salidos de los bosques. De hecho, hay un momento en el que vemos a una Hilda encantada con la idea de que la voz invisible que oye en su cabeza sea la de un amigo imaginario (aunque, en realidad, es la de un elfo).

No debemos pasar por alto la opinión de los que creen que la serie de Pearson no tiene nada que ofrecerle al público adulto. Existen toda suerte de razones para creer que los clásicos de la literatura infantil le ofrecen algo tangible a los adultos que se acercan a ellos (no en vano están escritos por adultos), aun cuando nos veamos tentados a pensar que esta idea es una ilusión producida por una nostalgia melancólica. Como sucede con muchos libros infantiles, en los cómics de Pearson hay una sensación dominante de moralidad, la cual a veces es patente y otras veces se muestra velada y resulta más sutil. Esto último puede apreciarse en varios de los pasajes de Hilda y la cabalgata del pájaro en los que la protagonista resiste a la presión que ejercen sobre ella sus compañeros para que cometa actos que pueden molestar y, al final, desembocan en la violencia. Hay también un discreto estudio acerca de los prejuicios en la figura del hombre de madera, el amigo de Hilda al que al principio se le recibe con indignación por sus intrusiones domésticas hasta que ayuda a la niña a volver a casa cuando se pierde en las profundidades del bosque.

Las evocaciones más clandestinas de Pearson pueden apreciarse con mayor claridad en el segundo volumen de la serie, el titulado Hilda y el gigante de medianoche.

Hilda y el gigante de medianoche

La imagen de la cubierta es una clara referencia a El coloso, de Goya (o de Asensio Julià, según se mire).

El Coloso

Son varios los ilustradores que se han apropiado de la obra de Goya a lo largo de los años; a veces para rendirle un sincero homenaje —como es el caso de Mike Mignola—, y otras veces por motivos en cierto modo antitéticos a los del propio ideario de Goya —como sucede con el manga Ataque a los titanes—. La naturaleza exacta del gigante de la pintura de Goya es ambigua, aunque hay argumentos que lo asimilan a una figura tiránica, a un protector o a una fuerza misteriosa.

En Hilda y el gigante de medianoche, la protagonista y su madre se ven atacadas de repente por enemigos invisibles que les lanzan piedras a las ventanas; estos actos culminan en un intento de desalojo forzoso por parte de unas diminutas criaturas descontentas. El ataque es bastante inefectivo y sus autores resultan rápidamente expulsados con una escoba.

Hilda y el gigante de medianoche

Hasta que Hilda (con la ayuda de un simpatizante élfico) no firma una montaña de papeles que funcionan a modo de autorización legal, no se le permite ver toda la civilización élfica sobre la que está construida su casa. En una serie de abigarradas y kafkianas viñetas, Hilda recorre toda la cadena de mando desde el alcalde de la ciudad élfica, pasando por el primer ministro, hasta llegar al rey de los elfos: todos ellos repiten el mismo mantra de estar atados de manos (y carecer literalmente de ellas) y que no pueden cambiar las cosas, ya que se ha firmado «mucho papeleo» para la aprobación de esta guerra silenciosa. Resumido de este modo, las intenciones de Pearson podrían parecer simples y facilonas. En realidad, están enterradas bajo una superficie que rezuma color, tradiciones europeas, aventuras y un mundo imaginario de una cómoda vastedad. Cualquier sensación de opresión o de relación entre lo invisible y la ceguera intelectual está apenas insinuada.

Una de las claves de escribir y dibujar cómics para niños es ese equilibrio entre lo agradable y lo terrorífico. El tono de la serie Hilda es tal que el lector está seguro de que ni la protagonista ni sus allegados van a verse nunca en una situación de peligro real. Con todo, sigue habiendo momentos de tristeza contenida, como cuando la situación de la comunidad élfica se refleja en la de la casa de Hilda y su madre en la penúltima página de Hilda y el gigante de medianoche.

Hilda y el gigante de medianoche

Y ellos ni siquiera se han dado cuenta…

Si hay alguna preocupación con relación al sometimiento de los débiles o incluso a las cualidades amnésicas de nuestras historias elementales (al editor de esta web le gusta mencionar Lies My Teacher Told Me, de James Loewen), esta se materializa cuando los amables gigantes aplastan la casa de Hilda y casi matan a su madre. Estas desgracias ocultas son también sobre las que se sustenta la obra de Pearson titulada Everything We Miss (Todo lo que echamos de menos), la cual está orientada a un público más adulto.

La incapacidad de ver que tiene la protagonista al principio de Hilda y el gigante de medianoche forma parte de una reflexión más profunda acerca del conocimiento y la percepción en los cómics de Pearson. La siguiente aventura de Hilda sucede en Trolberg, la cual se ha edificado en medio de las tierras de los trols y con campanarios situados en puntos estratégicos a fin de impedir incursiones violentas por parte de estas criaturas. Estos trols —abominaciones de enorme boca en la tradición de Saturno devorando a sus hijos, de Goya— tienen mucha fama de ser devoradores de seres humanos, aunque en el primer volumen de Hilda (Hildafolk, después titulado Hilda y el trol) son bastante pacíficos.

Hilda y el trol

Esto nos lleva a otra de las cuestiones subyacentes de la serie Hilda: la tensión entre el conocimiento y la experiencia de los otros (como queda plasmado en el primer libro que vemos leer a Hilda, el cual lleva el título de Trols y otras criaturas peligrosas») y nuestras propias percepciones de la realidad. Supongo que podría verse en esto también la relación entre la hermenéutica y el empirismo. En el primer libro de Pearson, Hilda está convencida de que los trols son peligrosos, por lo que le cuelga una campanilla a un trol de pierda que quiere dibujar. Como cuando se le pone un cascabel a un gato, espera que la campanilla avise si el trol de piedra vuelve a cobrar vida. Al final, se queda dormida y, al despertar, se encuentra con que el trol de piedra ha desaparecido. Esa noche la despierta el tintineo del trol que lleva la campana, del cual cree que ha ido a cobrarse venganza. El hombre de madera, amigo de Hilda, lee la guía de la propia protagonista, guía en la que se dice que la práctica de colgar una campanilla «se considera un truco bastante cruel» en la actualidad, tras lo cual concluye que «hay que leer los libros hasta el final».

Hilda y el trol

Es evidente que Hilda realmente no tiene tiempo para escucharlo. Después de todo, cree que existe la posibilidad de que el trol la devore, idea que resulta totalmente infundada, ya que el trol no solo la deja en paz, sino que le devuelve su cuaderno de dibujos. Aunque la guía ha servido para hacerle ver el error a Hilda, al final resulta ser en cierto modo equívoca (al menos en este punto) respecto a la naturaleza de los trols. Hilda vive una situación semejante en Hilda y el perro negro, donde el conocimiento superficial y el miedo a la otredad llevan inevitablemente a extraer conclusiones erróneas con relación a la amenaza a la que se enfrenta Trolberg (además de a más desalojos forzosos). Se encuentra por doquier la sospecha de vislumbres de conocimiento y paranoias de segunda mano. Puede que uno también se pregunte por qué los fundadores de Trolberg decidieron ponerle a su ciudad el nombre de sus temibles enemigos (aparte, claro está, de por su valor descriptivo). Uno se inclina a pensar que es por motivos parecidos a los que llevaron a los colonos europeos a bautizar sus ciudades en honor a los idiomas que hablaban los primeros americanos.

Debe decirse que este interés en la ignorancia, en la invisibilidad y en la destrucción negligente es tan ligero que el entrevistador de Der Tagesspiegel enlaza la pregunta sobre la pertinencia de Hilda y el gigante de medianoche a la situación del Israel actual con otra acerca de la «sobreinterpretación».

Hilda y el gigante de medianoche

Como es natural, las preocupaciones de Pearson van mucho más allá de esta cuestión individual, ya que señalan a toda aquella situación en la que la ignorancia engendre caos y erradicación fantasmal (véase, por ejemplo, cómo pisan Hilda y su madre la ciudad élfica sin dañarla cuando no son conscientes de su existencia).

Hilda y el gigante de medianoche

Al hacerlo, Pearson suscita más preguntas aún sobre la naturaleza del bien y el mal. Por ejemplo: ¿pueden excusarse las acciones de Hilda y de los gigantes si se tiene en cuenta la ignorancia y el olvido de aquellos que los rodean o, por el contrario, nuestro cálculo moral debe ir más allá de las meras intenciones?
La fascinación que ejerce la ambigüedad de la vida se manifiesta en otros aspectos de la serie. Puede que sea Hilda y la cabalgata del pájaro donde Pearson hace más hincapié en esta cuestión. La cabalgata de marras se celebra para conmemorar la llegada de un enorme cuervo del que se considera que es una manifestación terrenal de los que se posan en los hombros de un dios semejante a Odín y cuya estatua se erige en el centro de Trolberg. El cuervo le deja claro a Hilda que ni su presencia ni su ausencia tienen relación alguna con las cosechas de la ciudad, por mucho que los ciudadanos crean lo contrario. Sin embargo, como el sacerdote que padece las supersticiones de su parroquia, el cuervo ha vuelto fielmente cada año a la ciudad a fin de disipar los miedos de sus habitantes. Es un mensaje que encajaría a la perfección en un mundo que se supone cansado de lo irracional, pero que resulta en cierto modo paradójico en uno habitado por elfos, gigantes y un cuervo que puede cambiar de tamaño a voluntad. El cuervo, de hecho, revela al final que es un ave del trueno, lo cual apenas sí es un argumento de peso contra lo sobrenatural. Todo ello parece indicar un mundo repleto de incertidumbre, conflictos y preocupaciones, lo cual no es en principio material de lectura precisamente ideal para niños de menos de 10 años. Con todo, como asevera la práctica totalidad de los que han escrito acerca de la serie, no es casi nunca el caso. Puede que Hilda cometa errores, pero nunca es cínica; su universo es grande y está lleno de maravillas y misterios ocultos.

Hilda y la cabalgata del pájaro

… Sus lazos familiares son incorruptos y perdurables; puede que la extrañeza que la rodea de miedo a veces, pero es amable. Puede que el mundo en el que vivimos nos resulte horrible y repugnante, pero hubo una vez en la que fuimos niños.

Hilda y la cabalgata del pájaro

Ng Suat Tong
The hooded utilitarian

HILDA Y EL PERRO NEGRO

Noviembre 2014 | ISBN: 978-84-15208-63-1 | 64 páginas | Cartoné | 21 x 30 | 16,00€

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