¿Cuándo vendrá la primavera? Me lanzo a lo desconocido, sea lo que Dios quiera. (El erizo una bola se hizo, y rodó por la ladera). Pasaron muchos días y el erizo se despertó, se desenroscó, abrió un ojo, sacudió el hocico, comió unas florecitas y ya no tenía frío. GLORIA FUERTES

La naturaleza no es muda, tiene su propio lenguaje y aunque lo escribiera con letras o signos, muy pocos sabrían leerlos. Por eso mismo este cuento no tiene palabras, porque da igual si sabes o no sabes leer; la naturaleza es quien narra la historia y tú quien puede atreverse a interpretarla.

Principio y fin son conceptos bastante difusos dentro de una rueda. ¿Dónde comienza? ¿Dónde acaba? Aquí todo es circular, la vida nace y muere sin descanso. Las estaciones se suceden unas tras otras y nunca dejan de girar, es un ciclo que no tiene principio ni final.

Rodando. De esa forma se mueve el erizo desde la rama de su árbol. Así se lanza al vacío, o mejor dicho, a la aventura de no saber lo que le espera. Cuando llega al suelo, un camino de incansables hormigas trabajan en fila. Cada hormiga lleva algo hacia el hormiguero, algunas pueden con cosas más pesadas y otras sólo cargan cosas livianas… pero todas aportan algo. El erizo las mira mientras pasa por debajo del puente de hojas y cuando se aleja vuelve a esconder su cabeza para formar una bola con su cuerpo. Así puede volver a girar y girar. 

La siguiente parada del erizo será el agua y el río, que también es constante en su fluir, ofrecerá un salida distinta al intrépido erizo. ¿Necesitas que siga narrando cada escena? Seguro que no te hace ninguna falta porque las escenas, en este cuento, evocan una historia que va más allá de la descripción del camino que realiza el protagonista.

En esencia, este título publicado por Barbara Fiore Editora, es el viaje de un erizo que rueda sobre su cuerpo para trasladarse. Los lugares en los que va parando se convierten en espacios de descanso para el erizo y de reflexión interna para el lector. Aparentemente, en ellos no ocurre nada especial pero si te fijas con más detalle verás que sucede de todo. Sucede la vida.

Emilie Vast, autora de esta preciosa historia cíclica, nos envuelve dentro del camino que recorre el erizo y, además, lo hace de una forma tan sencilla que resulta obvio que este cuento no tenga ni una palabra escrita. Las ilustraciones son tan elocuentes que no hace falta más. Constantemente las imágenes nos hablan. ¿De qué? Escucha y sabrás que habla de encuentros, de bagaje, de compañía, de soledad, de apariencias, de recuerdos, de memoria, de vida, del cansancio, del amor, de la amistad… del corazón. En este punto no dejo de pensar que “koro koro” significa rodar en japonés, y que “kokoro” (en el mismo idioma) significa corazón. Ambas palabras no distan mucho en cualquier idioma.

Ya me sucedió lo mismo en la reseña de Animales que hacen cosas en silencio, me cuesta encontrar las palabras adecuadas que despierten el interés en esta lectura. Parece que todo lo que pueda decir sea impreciso e incompleto, como si no pudiera abarcar con la palabra el universo que se encierra dentro de este pequeñísimo cuento.

El peso de vivir

Como pasa con todos los caminos que nos aventuramos a recorrer, no sólo somos nosotros los que dejamos huellas sobre ellos. No nos damos cuenta pero es el propio camino el que nos deja la huella más marcada. Conforme vamos caminando hay lugares que se quedan en nuestra memoria, personas que nos acompañan y de las que aprendemos incluso al abandonarlas, hay objetos que rescatamos, a propósito, con algún motivo secreto o puede haber otros que rescatemos sin darnos cuenta. Todo ese bagaje que cargamos al vivir se ve representado en las púas del erizo, sobre las que se van enredando flores u hojas de cada lugar en el que se detiene.

No todo es lo que parece
La vida está llena de encuentros que te sacan de la rutina. Siempre hay algo o alguien que te transforma, te alivia la carga y hace que te mires con ojos diferentes. Esos encuentros pueden cambiarte por completo, como al… ¿erizo?… y darte la vuelta definitiva.

¿Cargamos con tantas cosas que no somos capaces de reconocer nuestra propia naturaleza?

Es una pregunta inevitable que me asalta tras la lectura de este cuento y ahora te la “lanzo” a ti, por si quisieras procurar tus respuestas.

Otro rasgo peculiar de esta historia es que “el final del papel” no es “el final de la historia”, ya dije que la narradora es la naturaleza y ella siempre es cíclica. No hay principio como tampoco fin, sólo es un viaje del que no sabemos mucho más; en este cuento se nos da la oportunidad de parar y tomar conciencia de ello. Lo importante, para mí, ha sido reconocer la inutilidad de las metas definitivas. Rodando es como hay que dejarse llevar, tratar de que la vida deje huella en nosotros y dejarse encontrar por quien sabe quién eres debajo de toda huella (como paso del tiempo). Quien te mira tal como eres y se reconoce contigo.

Y seguir rodando… para que todo vuelva a empezar.

No es que te recomiende este cuentecillo, no… es que te digo que es imprescindible que te hagas YA con él. Es bello por fuera, por dentro, en sus púas, en sus colores (no más de cuatro), en su honestidad. Me quedo tan corta… pero no puedo extenderme más.

ChicaBombin
Yo Cuento

KOROKORO

Septiembre 2009 | ISBN: 978-84-93677-83-1 | 24 páginas | Desplegable | 15 x 15 | 10,00€

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