Shaun Tan se crió en Perth. Además de haber escrito e ilustrado muchos libros galardonados, también ha trabajado como artista conceptual para filmes animados tales como WALL-E, y ha dirigido el oscarizado cortometraje titulado La cosa perdida, producido por Passion Pictures Australia. En 2011, Shaun obtuvo el prestigioso Astrid Lindgren Memorial Award.

En esta entrada, Shaun habla acerca de la creación de Las reglas del verano y nos brinda una fascinante visión de sus procesos de trabajo. Este álbum ilustrado, de un hermosísimo surrealismo, lo editó originalmente Hachette Australia en 2013 y se ha traducido a veinte idiomas.


Las reglas del verano es un álbum ilustrado que ha tenido una gestación muy dilatada, ya que he empleado en torno a una década para pensar en él, sobre todo intentando averiguar de qué trataría la historia. En mi rutina de trabajo, dibujo una gran cantidad de pequeñas viñetas en pequeños cuadernos de bocetos, como si fueran huesos sueltos que estuvieran buscando algún tejido conectivo que pudiera dar lugar a una narración, narración que, en este caso, se me hizo muy difícil de encontrar. Lo único que tenía era un montón de escenas con dos personajes —más o menos basados en mi hermano mayor y en mí mismo cuando éramos pequeños— que se metían en toda suerte de extrañas situaciones. Al final, se me ocurrió que debía olvidarme de la historia por completo, ¿por qué no? De hecho, uno de los aspectos que me entusiasman de los álbumes ilustrados es su capacidad de apartarse de la narración lineal y, sobre todo, de las explicaciones. Creo que eso es algo que aprecian también los lectores, ya que les da la capacidad de imaginarse libremente qué sucede en cada una de las imágenes.


Para dar una idea de a qué me refiero, véanse las dos imágenes consecutivas, que van acompañadas de textos muy breves. «Nunca dejes un calcetín rojo en el tendedero» es una especie de título de una historia por sí mismo, aunque muy enigmático.

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Al pasar la página, nos vemos en otro lugar completamente distinto y encontramos la siguiente advertencia: «Nunca te comas la última aceituna en una fiesta».

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Para mí, este tipo de estructura, o de ausencia de estructura, en realidad me recuerda a mi infancia; es como un recuerdo que uno percibe de un modo bastante confuso y discontinuo. A la vez, se da una especie de conectividad emocional bajo la superficie (son siempre los mismos dos niños y con una determinada relación de poder entre ellos), y ese ha sido siempre mi principal interés: el modo mediante el cual nos identificamos a nosotros mismos, nuestros valores y nuestros deseos, en un mundo impredecible y en constante cambio.
Pero, en lugar de centrarme demasiado en temas generales, creo que sería más interesante hacerlo en una única ilustración y analizar el progreso de algunas ideas y bocetos. Me tengo por un ilustrador bastante lento, y tengo el hábito de dibujar las mismas imágenes una y otra vez, y este es un buen sitio para explicar un poco esta forma de trabajar.
Vayamos primero al concepto, el cual me suele llegar a modo de una vaga imagen mental. En este caso, se centra en la relación que hay entre una persona y una pandilla de excéntricas criaturas, un poco en la línea de esta ilustración muy anterior de mi libro Cuentos de la periferia.

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En concreto, la criatura con un solo ojo grande tiende a repetirse a lo largo de mi trabajo, así como sucede con las escenas de seres humanos tratando de relacionarse con criaturas no humanas, como se puede ver en este dibujo a lápiz, realizado algunos años después.

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Es una especie de paso evolutivo hacia Las reglas del verano (por aquel entonces, en mi archivador solo se llamaba «proyecto de verano») en el que el centro de atención se ha desplazado a una relación entre dos personajes humanos, posiblemente un hermano y una hermana. En el dibujo de arriba, uno de ellos está disfrutando de una fiesta de cumpleaños en el patio mientras que el otro se ha quedado fuera, aunque no se sabe a ciencia cierta el motivo. Tal vez se deba a que no lo hayan invitado, a que se haya olvidado de llevar un regalo o a que sea tímido; sencillamente, no lo sabemos.

Aquí hay otra escena similar esbozada con un bolígrafo para una posible novela gráfica: he trazado unas ochenta páginas antes de decidir que no iba bien del todo.

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Aquí, los dos personajes, que son ambos niños ahora, están discutiendo por una línea fronteriza y acaban peleando. Las criaturas forman un grupo de espectadores consternados, lo que da la idea de que están encarnando un conocimiento emocional más profundo que subyace a la disputa. Aunque aún me gustan mucho estas escenas, lamentablemente, no logré desarrollar un cuento prolongado con ellas, y todo daba la sensación de estar un poco recargado.
Entonces, pensé que sería mejor olvidarse de las líneas argumentales y de las secuencias, y limitarme a ver el aspecto que adquirían distintas ideas al mezclarlas de forma azarosa, como en los garabatos de este cuaderno.

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La mayoría de estas viñetas incompletas se quedaron en el camino, pero no sin establecer una especie de tono o un andamio aún por fijar. Una idea que sí sobrevivió fue, de nuevo, esta escena de la «pandilla de criaturas» —aunque es difícil de ver aquí, es la que tiene la leyenda «SOME ARE GOOD AT MAKING FRIENDS» («A algunos se les da bien hacer amigos»)—. Me gustó porque me recordaba a ciertas experiencias reales de la infancia.

Aquí está el garabateo de la pandilla de criaturas más elaborado. Lo que se ve es un grupo de varias criaturas que desfilan a lo largo del primer plano dirigidas por un niño que está saludando a otro, el cual está al fondo, leyendo un libro junto a una gran criatura sobre una colina.

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La idea de esta imagen tiene que ver con la competición, el orgullo y la envidia: uno de los muchachos está demostrando que hacer nuevos amigos se le da a lo grande —literalmente, ya que todas las criaturas son enormes robots—, mientras que el otro se queda atrás. Es destacable que hay otro tipo de línea fronteriza, definida en este caso por una carretera.
Aquí está representada la misma escena de nuevo, pero se le ha ajustado el tono emocional.

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El niño que está sobre la colina se encuentra inmerso en la construcción de una criatura con un solo ojo, de la cual aún le queda mucho por hacer. El otro, más definido en este caso como un hermano mayor, lo que está haciendo en esencia es ignorar al joven y mirarse el reloj, por lo que su lenguaje corporal está transmitiendo impaciencia. La leyenda que le corresponde es «No llegues tarde». Me gustó esta variante porque la relación entre los personajes daba la sensación ahora de ser un poco autobiográfica. ¡Yo me identifico con el joven incompetente!
Así, una vez que creo que el boceto conceptual funciona, lo que hago es refinar mis dibujos en un papel de mayor tamaño. Lo que con frecuencia suelo hacer es escanear y ampliar el boceto conceptual para, después, dibujar sobre una caja luz a fin de conseguir la composición básica y, a continuación, refinar cada uno de los elementos.

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En este caso, me centro sobre todo en la composición y en los personajes, en cómo se desplazan los ojos del espectador por la imagen, en qué resonancias emocionales pueden transmitirse, así como en lograr el equilibrio justo entre extrañeza y familiaridad, de modo que no prevalezca ninguna de las dos. De lo que se pretende es de invitarles a los lectores a que pasen por una puerta pero sin decirles dónde se encuentran.
Lo que hago después es crear un pequeño boceto a color con acrílico y pastel, teniendo en cuenta la luz y la atmósfera, así como el modo en el que el color puede llamar la atención sobre ciertos detalles, como la criatura de un solo ojo que está sobre la colina. Quería que el tono de esta escena fuese agradable, en parte porque se trata de una escena divertida, aunque también para contrastar con la oscura tensión que hay entre los dos hermanos. Siempre me han gustado este tipo de tonos ambiguos.

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Cuando estuve conforme con la composición, me puse a trabajar en la pintura definitiva con pasteles sobre un trozo grande de lienzo sin imprimación, momento en el que disfruté de la suavidad y la inmediatez de este material. Aunque esta pintura quedó bien por sí misma, la sensación que emanaba no era la mejor para el libro como conjunto, quizás por ser demasiado oscura o estática, o porque sus detalles son algo confusos.

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Volví a empezar, esa vez con óleo y empleando sobre todo una espátula a fin de lograr una textura un poco menos controlada, y con la esperanza de que pudiera alegrar así la escena.
Y aquí está la pintura al óleo definitiva, de unos 76 x 86 cm, ejecutada en varias fases y durante unos cuatro o cinco días de trabajo.

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La diferencia principal es que el color es más brillante, más parecido al boceto a color original, aunque también se puede percibir que se han cambiado algunos elementos (se han quitado un pez y un pájaro y se han añadido algunos edificios). No creo que esta pintura sea necesariamente mejor, pero sí que es mejor para este momento del libro, que necesitaba dar la sensación de sol y luminiscencia. Una de las ventajas de la pintura al óleo es que, a diferencia de que sucede con los pasteles, resulta fácil hacer correcciones. Este factor es importante cuando se trabaja en una serie, ya que a veces hace falta retroceder y efectuar pequeños cambios, ya sea en cualquier aspecto de un personaje o en una capa cromática general. Aunque se pueden llevar a cabo ediciones digitales, prefiero corregir a mano tanto como me sea posible.

El texto definitivo que acompaña a la imagen («Nunca llegues tarde a un desfile») en la página opuesta es pequeño y discreto. Sirve para añadir un poco de contexto sin sobreinterpretar la pintura; además, la palabra nunca acabó siendo un hilo conductor entre todas las pinturas y, en última instancia, le dio forma al título Las reglas del verano. Tengo la costumbre de reescribir los textos varias veces como última parte de los proyectos de libros, ¡en parte porque es muchísimo más fácil que con las pinturas!

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Bueno, pues he aquí un ejemplo de una de las piezas de un puzle mayor. Siempre he creído que la evolución invisible de una idea es tan interesante como el resultado final. Después de todo, eso es lo que me impulsa como creador: tener la sensación de que hay algo abriéndose paso a la superficie y querer ver qué aspecto tiene. La obra acabada suele ser un poco sorprendente: «¡Vaya!, entonces es así. Pues nada que objetar, pero volvamos al cuaderno de bocetos y póngamonos a lo siguiente…».

Shaun Tan
Picture Book Makers

LAS REGLAS DEL VERANO

Marzo 2014 | ISBN: 978-84-15208-46-4 | 48 páginas | Cartoné | 27 x 30 | 18,00€

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