Preguntas frecuentes

 

 

PREGUNTAS SOBRE LA LABOR ARTÍSTICA

¿Qué libros te influyeron más cuando eras pequeño?
¿Cómo te convertiste en artista?
¿Cómo definirías la palabra «ilustración»?
¿Cuándo y por qué utilizas el humor en tus libros?
¿Cómo creas un álbum ilustrado?
¿Empiezas por las palabras o por las imágenes?
¿Qué proceso sigues hasta que la ilustración está acabada?
¿Te implicas mucho en el diseño de tus libros?
¿Qué artistas han influido en tu obra?
¿Qué consejo le darías a alguien que aspire a dedicarse a la ilustración?

¿Qué libros te influyeron más cuando eras pequeño?

De algún modo me resulta difícil responder a esta pregunta porque lo que más influye sobre mi obra probablemente son las cosas que más doy por supuestas. Algo tan simple como el haber tenido a mi disposición pintura y lápices puede que haya sido más importante que cualquier libro (mi padre era arquitecto y a mi madre le gustaba pintar personajes de Disney gigantes en las paredes de nuestro dormitorio). Por lo general, tuve una infancia muy feliz llena de imágenes e historias.

Mi madre nos leía en voz alta a mi hermano y a mí cuando éramos pequeños, y no se limitaba a un tipo de libros concreto. Mi familia no era especialmente «literaria», por lo que leíamos cualquier cosa que pudiéramos tener a mano siempre que hubiera una historia sin que nos orientaran o censuraran demasiado (lo mismo que con la televisión y el cine). Una de las historias que nos leyó mamá y que realmente perdura entre mis recuerdos fue Rebelión en la granja de George Orwell, supongo que pensó que se trataba de un libro para niños. Ninguno de nosotros supo ver la sátira sobre la política soviética, pero todos pensamos que era una historia fantástica, y el hecho de que no tuviera un final feliz fue algo que me sorprendió, me inquietó y, según recuerdo, ¡me dejó muy satisfecho! Aún pienso mucho en Rebelión en la granja como un punto de referencia tanto para mis textos como mis ilustraciones: es un libro simple, absurdo y veraz. Además consigue una cierta universalidad más allá de cualquier referencia satírica concreta, con comentarios sobre la naturaleza humana en todas partes, como se demuestra en el hecho de que lo disfrutara tanto cuando era pequeño. Mirando hacia atrás, uno de mis primeros álbumes ilustrados, Los conejos, tiene un cierto aire orwelliano, probablemente como resultado de esa influencia tan temprana.

Por lo que respecta a álbumes ilustrados, había un libro de poemas de terror llamado The Headless Horseman Rides Tonight con textos de Jack Prelutsky y escalofriantes ilustraciones en tinta y pluma de Arnold Lobel. Aún recuerdo las imágenes con bastante viveza, he tomado prestado el libro de la biblioteca muchas veces. Me atraía cualquier cosa que tuviera que ver con monstruos, el espacio exterior o los robots. El primer libro que compré, con los ahorros de toda mi vida a la edad de siete años, fue un libro ilustrado sobre dinosaurios. No me cansaba nunca de ojearlo, copiar los dibujos y memorizar los nombres de todos los dinosaurios.

Luego estaba The Mysteries of Harris Burdick de Chris Van Allsburg, un libro que aún admiro como adulto porque me parece un álbum infantil experimental ideal: es una serie completa de frases fragmentarias y de extraños dibujos singulares que jamás acaban de explicarse del todo. También me gustó Fungus the Bogeyman de Raymond Briggs, pero no descubrí (y me dejé influir por) muchos otros libros suyos hasta que me hice mayor. Asimismo, guardo varias imágenes de Quentin Blake en mi cabeza, especialmente una de una rana propulsada con mermelada, y era un fanático de todo lo que hacía Roald Dahl.
Más adelante, cuando tenía unos diez o doce años, recuerdo que me impresionó El hobbit y la trilogía de libros de John Christopher sobre un mundo futuro invadido siglos atrás por gigantescos robots centinelas que todo el mundo aceptaba ya como normales: The White Mountains, The City of Gold and Lead, The Pool of Fire. Como adolescente me influyeron sobre todo los relatos breves de Ray Bradbury, que eran como sueños extraños o cuentos de hadas para adultos y probablemente consolidaron mi interés en la ciencia ficción y la fantasía como método para comunicar ideas. Mis preferidos eran The Silver Locusts y The Illustrated Man, y en varios aspectos mi libro Cuentos de la periferia es un guiño a esas antologías.

Visualmente, me influyeron más el cine y la televisión. Las primeras películas de La guerra de las galaxias, por sus diseños más que por la historia, y ciertas películas de fantasía como The Dark Crystal (con la que me obsesioné cuando tenía unos diez años). También miraba a menudo Dr Who, Star Trek y series de ese tipo, aunque nunca llegué a ser un gran seguidor. Me interesaba mucho más La dimensión desconocida, una vez más, porque era fantasía enmarcada en el «mundo real» con una estructura parecida a la de las fábulas, en mi opinión. Uno de los motivos por los que hago álbumes ilustrados es que siguen interesándome sobre todo las historias filosóficas breves: los álbumes ilustrados son perfectos para ese tipo de cosas.

Así pues, creo que todas esas cosas influyeron en mí, ésas y muchas más. Algunas son conscientes, pero lo más probable es que haya otras que no: simplemente notas que una ilustración o una historia «funciona» porque parece buena, y esa sensación surge de una mezcla de experiencia vital de primera mano y de los modelos de narración e imaginación que proporcionan los libros, la televisión, el cine y otras fuentes como la cultura, el arte y la lengua. No suelo discriminar entre «arte mayor» y «cultura popular», simplemente es algo que resulta interesante y memorable.

¿Cómo te convertiste en artista?

De pequeño, siempre me interesó el dibujo, aunque eso es algo que creo que es propio de casi todos los niños y niñas. La única diferencia es que yo no dejé de hacerlo. El impulso que me llevó a escribir historias y a crear imágenes es esencialmente el mismo que me lleva a hacerlo como adulto, aunque ahora puedo aportar mucha más experiencia a la tarea y ser más crítico acerca del proceso.

Mis padres siempre nos animaron con entusiasmo a mi hermano y a mí fueran cuales fueran nuestros intereses cuando éramos niños. Por eso, del mismo modo que mi hermano estaba obsesionado con recoger piedras desde que tenía seis años (y ahora es geólogo), yo siempre quise ser artista. A medida que crecía, también me gustaba escribir poemas e historias, que a veces ilustraba, y de vez en cuando pintaba y esculpía.

Durante mucho tiempo no estuve muy seguro de si uno podía realmente ganarse la vida como artista y me interesé por otras cosas como la historia y las ciencias mientras estuve en el instituto. Consideré seriamente la posibilidad de estudiar biotecnología antes de entrar en la universidad, pero a la vez me impliqué mucho con la pintura y la escritura (mis principales aficiones como adolescente eran escribir historias de ciencia ficción y pintar paisajes del natural).
Finalmente me licencié en la Universidad de Western Australia en Bellas Artes y Literatura Inglesa después de decidir que ésas eran las áreas que más me atraían. No obstante, mis estudios fueron muy académicos y consistieron sobre todo en teoría y crítica del arte y la literatura en lugar de ser clases prácticas, por lo que en ese momento tenía muchas ganas de comprobar si podía ganarme la vida como artista free-lance. Ya había hecho algunas ilustraciones como estudiante para ganar algún dinero: dibujaba para revistas, periódicos, portadas, pósters musicales, panfletos y publicaciones, en la mayoría de los casos dentro del campus, además de vender alguno de mis extraños cuadros. Con esos trabajitos aprendí casi todas las técnicas que domino actualmente.

También me impliqué bastante en un par de revistas de ciencia ficción de corta tirada, Aurealis y Eidolon. Empecé en el instituto cuando mandé una imagen de un canguro robot en una de esas publicaciones. Para mi sorpresa, la publicaron (aunque jamás publicaron ninguno de mis escritos). Más o menos durante la misma época también gané un premio de ilustración de ciencia ficción en los EUA (una vez más, después de mandar mis trabajos) lo que me hizo pensar en la posibilidad de que ése podía ser un camino profesional posible.
Durante diez años, además de estudiar, participé como artista y editor en la revista Eidolon de Perth, donde apenas me pagaban (bueno, 20 dólares por ilustración), pero me sentía muy recompensado porque me permitió conocer a muchos otros escritores y artistas con intereses similares a los míos, y realmente aprendí diferentes maneras de ilustrar trabajando con una variedad de textos que supuso en sí misma un verdadero reto. Mi nivel de dibujo y de conceptualización se desarrollaron sobre todo como resultado de mis trabajos para ésa y otras revistas: en total produje unas doscientas historias, a menudo bastante experimentales. Cuando miro hacia atrás, no creo que pudiera haber encontrado un ámbito más amplio de temas para poner a prueba mi nivel que el área de las revistas ficción especulativa (historias sobre tiempo, espacio, muerte, historia, filosofía, arte, sexualidad, matemáticas, ética, terror y muchas más cosas) normalmente ambientadas en otro mundo (pasado, futuro o interplanetario) que no es el nuestro.

Después de la universidad, me impliqué cada vez más en la literatura infantil y juvenil, incluidos álbumes ilustrados, sobre todo porque algunos de los escritores relacionados con la ciencia ficción también publicaban en esta área. También enviaba material a menudo a varios editores expresando mi interés de realizar cualquier tipo de trabajo relacionado con la ilustración, y es que ¡necesitaba dinero! Sabía pocas cosas sobre álbumes ilustrados cuando me pidieron que ilustrara uno por primera vez, y tendí a compartir los perjuicios de mucha gente según los cuales se trataba de un ámbito estrictamente infantil y no una forma más de arte que permite una gran sofisticación artística o intelectual.
Trabajar con Gary Crew en mis primeros libros (pequeñas historias de terror dentro de una serie llamada After Dark y un elaborado libro ilustrado de ciencia ficción llamado The Viewer) me llevó a pensar en los álbumes ilustrados de un modo más profundo. Gary es un autor y académico muy versátil en el ámbito de la narrativa visual, y aboga por la idea de que los álbumes infantiles son ideales para lectores mayores, y no sólo para niños.

Yo heredé ese interés y he trabajado desde entonces en varios textos ilustrados experimentales en mayor o menor medida. No es que haya ganado mucho dinero con ellos, no obstante, por lo que también he tenido que trabajar regularmente en otros proyectos por encargo, especialmente portadas para novelas, para ganarme la vida. Más recientemente, he empezado a trabajar en otros ámbitos además de la ilustración editorial, entre ellos el teatro y la animación, y he pasado bastante tiempo escribiendo y pintando para mí mismo.

Probablemente sería justo decir que para la mayoría de artistas resulta difícil hallar una sola descripción definitiva de su trabajo, ya que surgen muchas oportunidades inesperadas en un trabajo creativo como éste. Me doy cuenta de que constantemente aprendo, entro en contacto con nuevas maneras de pensar y nuevas técnicas que me permiten resolver diferentes problemas artísticos y eso consigue que la profesión no deje de parecerme un reto, que no pierda interés.

¿Cómo definirías la palabra «ilustración»?

De hecho, no me acaba de gustar la palabra «ilustración». Sugiere algo derivado, una elaboración visual de una idea gobernada por un texto. En el discurso de las «bellas artes» a menudo puede encontrarse el término utilizado con un sentido despectivo, casi como una oposición al dibujo serio o a la pintura, como cuando se dice que algo es «mera ilustración». Es decir, algo esclavo, o sin contenido propio, algo que sólo puede ser descriptivo.

Aún así, trabajando en este ámbito me doy cuenta de que las relaciones más interesantes entre palabras e imágenes no son en absoluto descriptivas, sino más bien las que existen entre los dos medios de expresión de forma independiente. En toda mi obra reciente, el texto y las ilustraciones podrían operar narrativamente de forma aislada, pero al parecer reaccionan de un modo similar y extraen nuevos significados de sus respectivos contextos.
Debo decir que las ilustraciones son para mí el «texto» principal de mis libros y, aunque a menudo empiezo escribiendo, suele ser una especie de andamio, o como una costura que une todas las piezas de una prenda. Más recientemente he estado pensando mucho en la narrativa visual sin texto. Me intriga la capacidad del lector de superponer sus propias ideas y sentimientos a la experiencia visual sin que las palabras puedan llegar a distraerlo.

¿Cuándo y por qué utilizas el humor en tus libros?

El humor también es una forma excelente de llegar tanto a un público infantil como adulto, ya que puede funcionar a varios niveles (siempre pienso en Los Simpsons como un gran ejemplo de esto, aunque hay muchos otros, especialmente sátiras). Algo anecdótico puede llegar a ser realmente «serio» en la medida que pone a prueba nuestro conocimiento del mundo, abre nuevas ventanas en nuestros cerebros y rompe con la pasividad de nuestro nivel de comprensión normal, especialmente cuando se introduce un elemento absurdo en un contexto que nos es familiar. Es una especie de indagación intelectual que me parece muy divertida y tentadora.

El otro aspecto que me gusta del humor es que no es tan didáctico. Lo que hace que algo sea divertido o que valga la pena es que lo descubrimos por nuestros propios medios, en lugar de que nos lo cuenten directamente. De un modo parecido, también puede evitar que una historia o una pintura parezcan demasiado pretenciosas, y a veces puede permitir que ciertas ideas profundas sean transmitidas con sencillez.

¿Cómo creas un álbum ilustrado?

La mayoría de mis libros ilustrados me han supuesto más o menos un año de trabajo (aunque en el caso de Emigrantes tardé cuatro o cinco años). La mayoría de ese tiempo no es necesariamente productivo de un modo visible, ero eso es algo que ocurre con muchos proyectos creativos, en mi opinión. Implica pasar mucho tiempo pensando mientras haces otras cosas (lavando los platos, por ejemplo) y jugar con muchas ideas que puede que funcionen y también puede que no, tomar muchas notas y llenar muchas libretas de esbozos.

Tener una hoja de papel en blanco delante no estimula especialmente mi imaginación. Podría empezar dibujando, pero todo terminaría pareciendo lo mismo, y lo más probable es que se pareciera a cosas que ya he hecho antes. Por eso intento activamente absorber ideas e influencias ajenas. Ésa es una lección clave que aprendí después de pasar años ilustrando varias historias de ciencia ficción. Las buenas ideas no aparecen, tienes que ir a buscarlas.
Investigar (leer, ver películas, jugar con diferentes medios) me libera de la parálisis creativa que siento cuando las posibilidades son infinitas. Necesito puntos de referencia concretos para desarrollar ideas, y también algún tipo de resistencia a mi «configuración estilística predeterminada», de manera que sea capaz de pensar fuera del ámbito habitual y de aprender así algo nuevo.
Pintar y dibujar, para mí, no significan creación sino transformación. No se trata tanto de expresar temas preconcebidos o de dominar la mera enunciación, sino que es más bien un proceso de descubrimiento ligeramente distraído, se trata de ver hacia dónde te llevan ciertas líneas de pensamiento si decides seguirlas. Sé que voy por buen camino si me siento poco familiarizado con lo que estoy haciendo, si noto que estoy quedando sorprendido por la manera con la que esa mezcla de dibujos y palabras toman un nuevo sentido y me veo capaz de dominarlo para afrontar lo que venga a base de dibujar y dibujar.

¿Empiezas por las palabras o por las imágenes?

En eso soy muy variable, ya que no existe una manera «correcta» de conseguir que surja una historia o un conjunto de imágenes. Por lo general, tiendo a empezar con una o dos imágenes que bien podrían ser esbozos o vagas imágenes mentales, pero que seguramente tendrán poco o ningún sentido: un pez flotando por una calle, un chico alimentando a un monstruo en un cobertizo o un búfalo de agua señalando algo. A continuación juego mucho con las palabras para intentar «decir» algo sobre lo que ocurre, y al mismo tiempo intento mantener el misterio.

Escribo muchas frases inconexas y las mezclo con dibujos minúsculos, todo eso puede ocupar muchas páginas de una libreta de esbozos, aunque soy consciente de que tendré que desecharlo casi todo más adelante. A menudo acabo escribiendo y dibujando mucho material y luego tengo que reducirlo otra vez hasta encontrar las imágenes y palabras esenciales. Sigo construyendo a partir de éstas y vuelvo a reducir. De algún modo es como modelar y tallar, sólo que utilizo las ideas como materia prima.

Después de eso puedo decidir si vale la pena intentar hacer un libro con todo eso. ¿Es interesante tanto a nivel conceptual como emocional? ¿Es original y no parece que cuente algo fiel a la vida real? En muchos casos, la respuesta es «no» y todo acaba allí. Aun así, me he dado cuenta de que a menudo acabo utilizando partes de proyectos abandonados para crear proyectos nuevos.
Si la historia y el concepto parecen sólidos (como por ejemplo si a un editor le gusta), haré una primera maqueta, una versión esbozada del libro con todas sus páginas en la medida aproximada en la que se imprimirá. Normalmente estas maquetas están llenas de dibujos fotocopiados y pedazos de papel con texto pegados con cinta adhesiva de quita y pon para poder volver atrás e intercambiar partes, moverlas, elaborarlas o reducirlas. Lo leo y lo releo constantemente para comprobar la fluidez, los contrastes y el diseño del libro (la distribución de texto e imágenes). También está bien hacer una copia más manejable y mandársela al editor para que pueda hacer sus comentarios, así como el «manual de instrucciones» para el arte final y la historia a la que me refiero a través del largo proceso de producción que, aunque no sea de forma continua, puede prolongarse durante varios años. Durante ese periodo, la maqueta sirve para recordar el aspecto y la esencia del proyecto.

¿Qué proceso sigues hasta que la ilustración está acabada?

Voy esbozando hasta que doy con una línea bastante limpia en papel que luego pueda trazar sobre otro soporte (normalmente papel de acuarela de gramaje medio, estirado e imprimado con pintura acrílica) con grafito o papel de calco blanco. La mayoría de mis ilustraciones no son muy grandes porque deben entrar en un escáner para ser reproducidas, lo que exige un tamaño entre el A2 y el A1. Creo que es mejor trabajar a una escala parecida a la que verá el lector final para que los detalles no acaben siendo demasiado pequeños (la mayoría de las veces se reproduce una reducción de la ilustración).

Normalmente pinto de oscuro a claro, por lo que trazo líneas blancas sobre una fondo gris o marrón oscuro. También hago un pequeño esbozo de la imagen a color, muy rápido, con pintura acrílica y pasteles sobre una fotocopia o un dibujo preliminar. A veces hago dos con diferentes combinaciones de colores. Para empezar doy unas cuantas pinceladas rápidas con acrílicos muy diluidos, y continuo el proceso editorial de los esbozos cuando cambio de opinión (de ahí el uso de medios opacos, ya que permiten cubrir los «errores»). Luego pinto sobre esas capas con pintura al óleo, cuyos colores tienen una riqueza algo superior, y además seca más lentamente, algo que personalmente prefiero porque soy un pintor más bien lento.

También utilizo otros medios, como por ejemplo el grattage, los pasteles, lápices de color, gouache, acuarela, tinta y pluma, linóleo o bien hago composiciones (con objetos encontrados), todo ello aplicado sobre papel, lienzo y madera. También suelo utilizar el collage porque permite que elementos inesperados se introduzcan en una imagen para crear una textura interesante, tanto a nivel de superficie física como de ideas. Últimamente he estado experimentando con la combinación de técnicas tradicionales con los nuevos medios digitales. Cada técnica sirve para expresar determinadas ideas y efectos, y eso es lo que influye en mi elección junto a los varios experimentos que a menudo incluyen la técnica mixta.

¿Participas mucho en el diseño de tus libros?

Intento aportar tanto como puedo al diseño de mis libros, hasta el punto de haber rotulado a mano libros como El árbol rojo y La cosa perdida. Considero que la tipografía y la maquetación forman parte de la ilustración en muchos casos, y están tan abiertas a las posibilidades de la composición y el estilo como lo está la pintura. Las palabras pueden moverse, curvarse, romperse en pedazos, darse la vuelta y cortarse por lugares distintos. Esto realmente puede cambiar el significado de una palabra o de una imagen considerablemente hasta el punto de sugerir ciertas ideas.

Además de complementarse, texto e imagen jamás deben competir, ya que son cosas muy distintas, por lo que tiendo a poner menos páginas muy llenas de texto cuando la ilustración tiene un mayor significado, reduzco el texto adecuadamente y a veces incluso lo suprimo del todo.
La ilustración de portada siempre es siempre lo último que hago, y es lo que considero menos importante en lo que respecta a la historia, aunque es obvio que tiene su importancia por otros motivos. Está allí para que el lector se interese en el contenido del libro, especialmente por su aspecto diferente o poco habitual. Debe representar toda la historia hasta cierto punto, ya que es la imagen que verán la mayoría de lectores cuando aparezca en los estantes de las librerías, en las reseñas de periódicos y revistas e incluso en el recuerdo del lector. ¡La gente realmente juzga los libros por las tapas!

¿Qué artistas han influido en tu obra?

Soy bastante omnívoro en lo que respecta a influencias, y me gusta admitirlo abiertamente. Los lectores de La cosa perdida a menudo reconocen mis parodias de cuadros famosos de artistas como Edward Hopper y Jeffrey Smart, o ligeras referencias al artista medieval Hieronymus Bosch y a los surrealistas españoles. Podría nombrar a centenares de ilustradores, escritores, dibujantes de cómics, fotógrafos, cineastas y artistas (tanto históricos como contemporáneos) que han influido sobre mí en virtud del hecho que me interesa su obra, pero mi criterio cambia de vez en cuando. También tendría que incluir, con el mismo nivel de importancia, influencias aparentemente banales como calles de barrios residenciales, formaciones nubosas, conversaciones, la manera cómo la pintura se desliza por un lienzo o se mezclan los colores, o la disposición de unos objetos sobre una mesa o un paisaje: básicamente todo un reino más abstracto de inspiración que tiene sus raíces en encuentros cotidianos y accidentes de percepción. Y siempre hay algo por descubrir, incluso entre las cosas de siempre que ves cada día, el material no se acaba. Tan sólo tienes que aplicar tu imaginación y mirar las cosas desde un ángulo nuevo.

¿Qué consejo le darías a alguien que aspire a dedicarse a la ilustración?

Debes disfrutar con lo que haces, hasta el punto que sea un placer ir más allá de la llamada del deber e intentar siempre que sea posible crear algo que supere lo meramente «suficiente». También es importante demostrar que eres de fiar y que es fácil trabajar contigo, como en cualquier otro trabajo: ésa es la razón principal por la que los clientes te siguen dando trabajo. El trabajo casi siempre me llega porque otra persona me ha recomendado, y muchos de los trabajos que hice por poco dinero mientras era estudiante demostraron ser una valiosa inversión en ese sentido.

La comunicación es muy importante aunque tengas que pasar tanto tiempo trabajando solo, y tienes que ser capaz de hablar sobre todo lo que haces de forma clara y explicativa, de manera que los otros puedan comprender tus ideas, especialmente cuando no son inmediatamente visibles. Al mismo tiempo debes estar abierto a discusiones y a comprometerte, pero sin perder tu integridad artística. Creo que en la mayoría de los casos estos son conceptos razonablemente compatibles.

Por supuesto, una cierta competencia técnica como artista es necesaria, pero no deja de ser una herramienta para la realización de ideas. Sin una gran imaginación, tu habilidad se limita a eso, a «estilo» y «efectos» sin un valor inherente. Resulta útil permanecer interesado en todas las formas de arte más allá de una forma en concreto, así como tener conocimientos de historia del arte e incluso de teoría artística. Esto a menudo se convierte en la columna vertebral invisible del pensamiento artístico. Desarrollar una sensibilidad visual y un cierto vocabulario, más allá de meras habilidades técnicas, significa que puedes ser lo suficientemente versátil como para sobrellevar diferentes proyectos y encontrar soluciones originales.
Si tuviera que dar otro consejo, éste sería que mientras estéis haciendo algo, incluso si no sale bien, no estáis perdiendo el tiempo. El mayor logro de tanto trabajo creativo es simplemente encontrar tiempo y dedicación para ello, especialmente cuando parece difícil y más desagradable (casi todos los proyectos parece que llevan implícita una fase de crisis de confianza). Las buenas ideas y el talento no valen mucho si no se aplican trabajando realmente duro. Lo importante es llevar las cosas hasta el final a pesar de las dificultades que puedan surgir.

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