Las reglas del verano

Marzo 2014 | 978-84-15208-46-4 | Cartoné | 48 pág. | 27 x 30 | 18€ Comprar

La ciudad en verano es el campo de juego perfecto para dos niños pequeños con todo el tiempo del mundo en sus manos.

El lector está invitado a formar parte de un mundo que no le pertenece, que es del todo de los niños, un mundo donde las reglas están creadas por y para ellos, reglas que a ojos de un adulto podrían parecer absurdas o ridículas, pero cuyo incumplimiento podría abrir las puertas a los más oscuros seres misteriosos y a los mayores terrores imaginables.

reglas01A lo largo de las páginas, se va presentando cuál es el resultado de no cumplir reglas tan sencillas como no dejar un calcetín rojo en el tendedero o no pisar caracoles.

La magia de las ilustraciones de Shaun Tan provoca una mezcla de desconcierto e identificación por parte del lector, quien, poco a poco, va dejando a un lado su forma de construir el mundo para pasar a verlo como estos dos niños solitarios que juegan en un escenario surrealista sin mayor preocupación que la de cumplir sus propias normas. Juego y vida se van tejiendo de tal forma que configuran un todo desconcertante, humorístico, descorazonador, tierno, esperanzador a partes iguales.

 

Comentarios de Shaun Tan sobre Las reglas del verano:

Introducción: ¡cuidado con los comentarios!

Conejo:

«Nunca dejes un calcetín rojo en el tendedero».
Esta fue una de las primeras imágenes que concebí para el libro, incluso antes de saber de qué podría tratar. Al principio esbocé a los niños agazapados detrás de una cerca y perseguidos por un gran perro negro, pero la familiaridad con los lobos de los cuentos de hadas se hacía demasiado cargada de implicaciones, así que transformé el antagonista en un gran conejo. En realidad, me parece más perturbador que un lobo: es un tierno herbívoro transformado en depredador. El paisaje se transformó en una suerte de zona residencial situada tras las antiguas fábricas, las cuales se dan con frecuencia en la periferia interna de Melbourne, que es donde vivo. El calcetín rojo lo incorporé después y me sirvió para añadirle una historia misteriosa a la imagen así como para darle un título natural (aunque inexplicable) ; a la hora de darle color al conejo, vi que le iba bien el carmesí intenso. No se trata necesariamente de un conejo diabólico, sino que puede formar parte de una mitología local que solo conozcan estos niños. Lo único que se sabe es que probablemente su presencia no sea buena: es el antagonista contemporáneo de Clifford, el Gran Perro Rojo (un popular personaje infantil de la década de 1960).

Las reglas del verano

El depósito de agua y el edificio son detalles compositivos que sugieren un patio trasero bastante seco y sombrío; al mirar esta imagen, me sugiere una vaga sensación de sequía. Aunque la luz ilumina el espacio, también parece atrapar a las figuras y dejarlas clavadas como insectos en un tablero: nadie puede moverse. Es una especie de horrible punto muerto que se ve subrayado por la contención de la respiración y los y latidos, cada uno a la espera del otro para dar el primer paso. El mayor riesgo está en que el más pequeño de los dos niños no puede tener la boca cerrada. Creo que esta sensación general de contienda doméstica está abierta a todo tipo de interpretaciones.

Pesca:

«Nunca dejes que se te caiga el bote».
Esta escena de pesca es otra de las que he abocetado durante años, al principio como una mera escena de personas intentando pescar algo en el cielo, con frecuencia de noche. Está basada en parte en recuerdos de infancia de cuando iba a pescar bajo un puente gambas a su paso por Mandurah, una población rural de Australia Occidental. A mis padres les encantaba pescar todo tipo de peces, mejillones, pulpos, calamares y cangrejos, y casi todas nuestras vacaciones familiares consistían en viajes de pesca. La captura de gambas era particularmente extraña y meditativa: rastreábamos un río negro en busca de los reveladores destellos de luz (los ojos de las gambas) y, de vez en cuando, atrapábamos otros pequeños peces iridiscentes por accidente; era mundo cuya quietud solo se veía interrumpida por los camiones que retumbaban sobre nosotros. La transformación de esta sensación en un «océano» diurno al que se llega desde unas precarias estructuras urbanas (en este caso depósitos de agua de Nueva York, los cuales me ha encantado fotografiar las veces que he visitado la ciudad) se percibe como una transición natural.

Las reglas del verano

En la mayoría de las salidas que hacía mi hermano pescábamos peces de roca, lo cual siempre se le dio mucho mejor a él que a mí. Siempre se me enganchaba el hilo, se me caían los peces o se me enredaba el carrete, y Paul tenía que parar para ayudarme (lo cual podía ser particularmente molesto cuando estaba picando los peces). En la pintura puede verse que el hermano mayor ha tenido la precaución de atar el bote y sigue absorto en la pesca; el hermano pequeño, menos apto, se enfrenta a sus propios problemas y pesares. ¡Debería haber sido más cuidadoso! La separación que hay entre los depósitos sugiere una cierta de lejana intimidad que puede que reconozcan muchos hermanos: cuando se está realizando una misma actividad, aunque cada uno lo haga por lado, pueden sentirte completamente juntos.

Para las criaturas del cielo me inspiré en los festivales de cometas que suelen celebrarse en las playas más anchas. Estas siempre me hacen pensar en animales marinos que hubieran subido a los cielos para disfrutar de una existencia fugaz y casi inmaterial. Me imagino a estas criaturas nadando entre mareas aéreas con más delicadeza que las propias mariposas y siento que sería peligroso y difícil atraparlas y retenerlas. Como sucede con otras de las imágenes, tiendo a imaginar esta escena como una calurosa tarde estival; como si se pudiesen oír el traqueteo de las láminas de hierro, el asfalto ardiendo y la maraña de la hora punta del tráfico por arriba. Pero las cosas que se desplazan por este cielo azul sin fondo son frescas y lánguidas, nadan muy por encima de todo y están, sencillamente, fuera del alcance.

Tornado:

«Nunca pises los caracoles».
A primera vista, creo que la imagen «Nunca pises los caracoles» es simplemente divertida, un poco como una caricatura acompañada de una leyenda, y esa era realmente mi idea inicial. Con todo, la idea de un mundo irracional que se rige por reglas arbitrarias es de aquellas que pueden apreciar sobre todo los niños, dado que la realidad está repleta de sorprendentes incongruencias. Puede que esto explique la vulnerabilidad ante las supersticiones, tales como la de no pasar debajo de una escalera y similares; dentro de la estupidez, existe una toma de conciencia de la propia ignorancia elemental cuando se trata del funcionamiento del mundo. Incluso los adultos padecen con frecuencia consecuencias desproporcionadas tras actos inocentes, consecuencias que van desde las meteduras de pata sociales a los accidentes automovilísticos. A esto le siguen ideas relacionadas con la culpabilidad, pero es difícil librarse del remordimiento por una actuación que en realidad es irreprochable, o hacer frente a la frustración de una ley que se ignora, es totalmente ilógica o ambas cosas (como es el caso de un tornado que venga a un caracol). ¡No es que eso vaya a impedir que un conocido íntimo saque todo el provecho de ello! La mera oportunidad de señalar con el dedo puede derribar con facilidad todas las demás consideraciones: «¡Esto ha pasado por tu culpa! ».

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Pasé mucho tiempo hasta que ajusté los colores del cielo de esta pintura, los cuales al principio eran oscuros y amenazadores, lo cual sería lo normal para representar un huracán, pero había algo atractivo en el alegre azul detrás del negro tornado, ya que hace hincapié en sensación de absurdo del acontecimiento (y es esto algo que a veces sucede con las tormentas de verdad, alrededor de las cuales el clima parece estar estable). Si uno se fija en los árboles, podrá ver que todo el paisaje está muy quieto, calmado y soleado, por lo que el embudo parece aún más sobrenatural, como si saliese de la nada cual dedo de Dios (el cual favorece a los moluscos) y practicase la destrucción selectiva de una sola casa. Me imagino que por lo demás es un día perfecto, aunque con todo el aburrimiento de la periferia y su césped recortado y sus viviendas que recuerdan a celdas: hay una cierta insinuación de que en este aburrido lugar el drama del tornado no es mal recibido del todo. Además, se percibe la emoción de saber que se puede desencadenar un desastre con tal facilidad.
En cuanto a la relación entre el caracol y el tornado, no es que haya nada realmente profundo ni significativo al respecto. Aunque ambos tienen forma de espiral, se mueven en universos temporales completamente distintos: el suave desenrollarse de uno contra la matanza a toda velocidad del otro. Y, huelga decirlo, el juego que dan los contrastes de tamaño entre lo grande y lo pequeño, como sucede con muchas otras de las imágenes de este libro, siempre resulta divertido. Y de nuevo, el cuervo observa desde un lateral, interesado únicamente en el próximo error que se cometa. Como en muchas otras de las pinturas de este libro, lo que me interesa es ver cómo las imágenes y los textos pueden conformar un contexto interesante entre sí: el texto hace referencia a un caracol que no vemos; en la pintura domina un tornado que no se menciona. Ni el texto ni la imagen explican en realidad al otro, aunque, con todo, son partes inseparables de la misma idea.

Juguetes de hojalata:

«Nunca llegues tarde a un desfile».
Mientras que se ve al hermano pequeño trabajando con su compañero robótico, el mayor va siempre muy por delante en lo que respecta a este tipo de ingeniería alquímica. Esta imagen es una reminiscencia de una anterior versión de «Verano», que era más de una historia tipo cómic acerca dos niños que compiten para crear «amigos mejores». Me preguntaba qué pasaría si los niños pudieran usar la chatarra para construir seres vivos: ¿cuánto tiempo tardarían en aparecer los juegos de poder, la envidia y la corrupción? Por sí misma, sin embargo, supuse que esta imagen podría estar abierta a más interpretaciones: el elemento principal es el hecho de que el hermano mayor no espera al pequeño y, en un plano más profundo, con frecuencia coexisten la idea de la diversión y la de la angustia de perderse la diversión.

Las reglas del verano

La naturaleza de estas criaturas y de su «desfile» queda al arbitrio de la imaginación. Para la creación de estas criaturas, me basé un estudio que llevé a cabo acerca de juguetes de hojalata antiguos; aunque son ruidosos, rígidos y un poco torpes, rebosan un extraño carácter. Quise que se parecieran más a marionetas de cuerda que a robots, que tuvieran más caparazón que sustancia. Dos de estas criaturas medio máquina y medio animal se están saludando, lo que da lugar a la idea de que hay alguna afinidad entre ellas, lo que tal vez les otorgue una cierta autonomía intelectual o emocional. Cada una de estas criaturas está concebida para que parezca tener su propia personalidad.

Aunque no tengo claro el motivo, el ambiente periférico de la imagen es de gran importancia: puede que solo sea que parece un lugar sacado de algún recuerdo de la infancia, un lugar pacífico y tranquilo. Me interesé mucho en el brillo de la colina amarillo lima sobre la que está trabajando el hermano pequeño, así como en la extraña oscuridad del cielo (casi nocturno), el cual da un toque surrealista al introducir una ominosa discordia a una tarde, por lo demás, extravagante.

Fresa:

«Nunca arruines un plan perfecto».
La composición de esta pintura es más o menos una inversión de la anterior, «Nunca llegues tarde a un desfile», y también representa el paso del día a la noche, aunque más bien en cuanto al contraste visual que al significado (aunque uno podría decir que en la primera los chicos desean llegar a algún sitio, mientras que en la segunda lo que quieren es desaparecer lo más rápida y silenciosamente posible).

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La imagen de la fresa gigante, que es una de aquellas con las que he jugado a menudo, representa una especie de «premio» elemental que apela a todos los sentidos: es mejor que cualquier pieza de oro o que el santo grial, ya que te la puedes comer. Con todo, las circunstancias de la pintura son intencionalmente misteriosas. No sé dónde se encuentran las criaturas ni qué están haciendo los niños ni por qué; lo único que tal vez puede decirse es que se está produciendo algún tipo de hurto (¿o rescate?) con unos disfraces hechos a mano. Para mí, de lo que realmente trata esta pintura es del error que comete el hermano pequeño por ponerle demasiado empeño a su actuación. Este recurso le será familiar a muchos lectores, y en especial a los que gusten de las películas de aventuras tales como El mago de Oz (la infiltración con un disfraz de guardia de la bruja en un castillo) o la saga de La guerra de las galaxias (cuando entran en la Estrella de la Muerte vestidos como soldados imperiales) o la de El señor de los anillos (en la que entran en Mordor vestidos de orcos), ya que la tapadera se desmonta siempre en el momento decisivo. Es probable que la idea del disfraz defectuoso sea muy arquetípica y que su origen se remonte a varios miles de años atrás, ya que aparece en abundantes fábulas, cuentos acerca de tramposos y mitos. En un sentido más amplio, también es una metáfora de muchas situaciones de la vida en las que fingimos ser una persona que no somos, ya sea con fines altruistas o egoístas. En este caso, el disfraz se usa para ponerle las manos encima a una fresa de un tamaño que solo se ve una vez en la vida.

Como ilustración, es más efectiva al implicar el drama que se va a desencadenar más allá del momento que representa: se percibe que pueden haber sucedido muchas cosas hasta entonces, y que es probable que tengan lugar muchas más aún cuando la pareja intente huir. Se trata solo de una instantánea de una aventura mucho mayor, tal y como implican los pasos y los caminos que llevan a la imagen y los que salen de ella.

He aquí algunos detalles en los que fijarse: los restos óseos que hay esparcidos por el suelo añaden una sensación de peligro real que no estaba en los bocetos anteriores. Las criaturas guardianas blanden un cuchillo y un tenedor, por lo que puede que pertenezcan a un oscuro imperio gastronómico (en el que acaso se busquen los mejor y más frescos ingredientes: la idea de la «fruta prohibida» que aparece en muchas narraciones, desde en la Biblia hasta en Hansel y Gretel. Tengo la sensación de que los escalones de piedra y sin pasamanos forman parte de un edificio más grande que proyecta una cálida luz; probablemente se trate de un templo más o menos religioso, sensación que acaso refuerce la hilera de cipreses que se ve a lo lejos. El paisaje otoñal contrasta con la vitalidad de la fresa; además, la luz gris de la Luna siempre me da la impresión de dar pie a un mundo distinto y surrealista, a la otra cara de la realidad diurna.

El nuevo compañero de hogar:

«Nunca le des tus llaves a un desconocido».
Lo que al principio empezó con la novedad de hacer un nuevo e inusual amigo acabó por dar un siniestro giro cuando dibujé al hermano pequeño mirando desde fuera del salón y viendo la televisión a través de la ventana, lo cual da lugar a una dura separación entre el mundo de dentro y el de fuera, que es un concepto que, por el motivo que sea, me resulta muy evocador. La presencia del enorme hombre gato vestido de traje y relajándose como hace uno al final de una jornada de trabajo normal, está muy abierta a la interpretación. Puede que se haya inspirado en el hecho de que la mayor parte del tiempo de mi juventud que pasé en un sillón hubiera un gato, aunque en los últimos tiempos me he acompañado de un loro y un periquito australiano (los dibujos de habitaciones con grandes loros o periquito australianos también son recurrentes en mis cuadernos de dibujo). Sea como fuere, al igual que pasa con los demás animales del libro, no se puede saber en qué está pensando el gato, a pesar de lo que puedan decir algunas personas que conviven con estos animales. Son un enigma irreducible.

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Lo que está claro es que el nuevo invitado ha desplazado al hermano pequeño, ya sea por casualidad o como una agresión, y no podemos saber dónde está el problema. Esta situación se complica más aún con la frase «Nunca le des tus llaves a un desconocido», ya que nos hace pensar que es muy probable que al hombre gato lo invitase el niño más pequeño. Al mayor no parece importarle cuál es la explicación, aunque en ella pueda residir el error más importante, ya sea un olvido accidental o deliberado. Me gusta también la sensación de que el hermano mayor puede estar hipnotizado de alguna manera por la televisión (cuya programación es otro misterio: ¿un programa especial de gatos?), pero el hecho de que la sombra del chico haya adquirido forma felina sugiere una inmersión psicológica un poco siniestra. No sabemos si se trata de algo voluntario o no; para mí, estos «vacíos» son la parte más interesante de cualquier imagen narrativa: me resultan familiares aunque no ofrezcan ninguna explicación.

Juego:

«Nunca discutas con un árbitro».
La idea en torno a la que gira esta ilustración es la forma en la que los hermanos mayores suelen disfrutar el control de los juegos: tanto la elección de estos como las reglas por las que se rijan, las cuales pueden ser fácilmente ad hoc así como verse modificadas a su antojo. A la vez, también trata acerca de la forma en la que los hermanos pequeños participan de tales juegos aun cuando parece que la derrota es inevitable (luego puede que lleguen las quejas porque no ha sido justo, pero ya será demasiado tarde como para que nada cambie). La victoria y la derrota en los juegos pueden ser experiencias de gran intensidad emocional durante la infancia; y probablemente sirven en gran medida como trabajo preparatorio para las igualmente complicadas y absurdas vicisitudes de la vida política adulta, sobre todo a los más altos niveles.

Las reglas del verano

Hay una idea secundaria que implica la «invención» de un doble: la fantasía de construirse literalmente un nuevo amigo, en este caso hecho de piezas mecánicas y accionado con la batería de un automóvil; se trata de un modelo «mejorado» del hermano pequeño (obsérvese que tiene el mismo color y la misma forma). ¿Juega mejor en realidad el robot o, por el contrario, lo que sucede es que el hermano mayor anda reformulando constantemente las reglas en favor de la máquina, tal y como demuestran las complicadas marcas de tiza que hay en el terreno de juego? Sea como sea, el resultado es el mismo: el poder absoluto se puede ejercer con la fría distancia de un árbitro. Una bandera amarilla, una cómoda silla elevada y un megáfono con el que acallar cualquier protesta. No hace falta realizar ningún esfuerzo físico.

El amenazador fondo me resulta tan interesante como el primer plano, ya que suelo inspirarme en paisajes llenos de grandes tendidos eléctricos, en especial sobre campos desolados. Aparte de que suelen ser feos y hermosos a la vez, sugieren un universo marginal del subconsciencia industrial que está más allá de la periferia y que, en gran medida, es invisible. Me imagino un zumbido eléctrico generalizado y otros ruidos procedentes de una tecnología analógica más tosca; también me imagino el olor de televisores viejos sobrecalentados y del asfalto en una calurosa tarde de verano.

Esta pintura refleja también cierta influencia del artista australiano Jeffrey Smart, el cual puede que tuviera influencias a su vez de los estadounidenses Edward Hopper y Charles Scheeler, así como de surrealistas tales como De Chirico. Estos pintores destacan en la amplificación de la quietud y la inquietud de los paisajes pintados, sobre todo en espacios urbanos de cielos amenazantes. Los personajes suelen parecer atrapados en un enorme escenario en el que representan acciones singulares para toda la eternidad.

Nótense estos detalles: muy a lo lejos, vuelve a mirar el cuervo, en este caso desde el punto más elevado, casi como si fuera él el auténtico árbitro aquí. Las articulaciones del niño robot son muy rígidas y no da pie a que uno se lo pueda imaginar moviéndose con mucha elegancia, sino más bien como esas máquinas que lanzan pelotas de tenis. Tiene la cabeza cubierta de ojos electrónicos que miran en todas direcciones, y además le sale un poco de vapor o humo; sus manos no son más que pinzas con forma de c sin gracia alguna. Los cables que tiene en la espalda van a parar a una gran batería, la cual se encuentra cerca del hermano mayor. Hubo un momento del proceso en el que el hermano mayor sostenía la batería e incluso controlaba al robot con un mando, pero resultaba demasiado complicado visualmente. Con todo, siento que el hermano mayor se ha fabricado esta máquina con un claro propósito en mente: ¡el de vencer! Y eso incluso si implica la orquestación de una situación de «juego limpio» artificial. Todo aquel que se haya criado con un hermano sabe bien de qué trata todo esto.

Jardín:

«Nunca olvides la contraseña».
La sensación general de esta pintura se basa en un sencillo contraste entre la suave luz dorada y los edificios grises; un mundo interior y otro exterior con un pequeño portal que los separa (son ideas muy parecidas a las de La cosa perdida, donde hay una utopía oculta en una gran urbe).

Las reglas del verano

La experiencia de ver cómo se nos niega la entrada de una forma tan arbitraria le resulta familiar a todo el mundo, y se hace particularmente irritante cuando se trata de un hermano que, por lo que sea, tiene la suerte de llevar la sartén por el mango (aparte de los de las oficinas de aduanas, impuestos e inmigración, hay pocos ejemplos mejores de pequeños burócratas que los hermanos y hermanas de pequeños). El propósito de toda contraseña es el de identificar a los extraños, por lo que exigírsela a un conocido íntimo es absurdo y punitivo. En este punto de la «historia» da la sensación de que al hermano mayor lo mueven más las malas intenciones que el desconocimiento, lo cual, como es natural, lleva a la discusión: el niño pequeño acaba por «pedir explicaciones», las cuales son por su puesto inexistentes. Cuando realizaba esta pintura pensé de vez en cuando en los relatos de algunos de los primeros europeos que llegaron a las costas de Nueva Zelanda, relatos en los que se describe un enorme «coro del amanecer» de los pájaros procedentes del bosque (el cual es relativamente silencioso en la actualidad a causa de las ratas y otros animales introducidos). Aunque no creo que este jardín sea necesariamente tan denso, lo concebí como un secreto edén encantado repleto de pequeños pájaros e insectos, y, al igual que los jardines japoneses, como un lugar para la paz y la iluminación. En los primeros bocetos había una fiesta de cumpleaños que celebraban distintas criaturas y el niño pequeño se negaba a entrar porque se había olvidado de llevar un regalo, pero este enfoque me pareció demasiado parecido a la imagen del «desfile» y lo que quería es que pudiera interpretarse de una forma más abierta. El eje central sigue siendo la existencia de un lugar maravilloso al que uno desea entrar desesperadamente, aunque lo más probable es que nunca lo consiga. En ese sentido, me recuerda a un cuento de H. G. Wells que me causó una honda impresión: La puerta en el muro.

4 comentarios en “Las reglas del verano”

  1. Tengo el libro. De inmediato se convirtió en uno de los más preciados de mi colección. Estas imágenes vistas desde el móvil no se le acercan a las del álbum en vivo. Quedó muy bello, me gustaron mucho las explicaciones del artista. Sin duda es un genio. Gracias

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