“El artista es un árbol y dibuja a partir de un sustrato rico en experiencias”

Suelo ser reacio a usar la palabra «inspiración» para presentar mi trabajo, pues suena como si, de pronto, una lluvia de rayos de sol pudiera caer encima de un individuo pasivo pero
en un estado mental particularmente receptivo. Aunque lo cierto es que ese puede ser el caso en las raras ocasiones en las que se te ocurre una idea sin motivo aparente, la realidad acostumbra a ser mucho más prosaica. Si me pongo a observar una hoja de papel en blanco, nunca se me ocurre nada original; al contrario, experimento una falta de inspiración absoluta, no me siento nada receptivo. Se trata de ese famoso y molesto estado que se conoce como «bloqueo del artista», una situación en la que tan solo se puede hacer una cosa: empezar a dibujar.

El pintor Paul Klee dijo que dibujar es como «sacar una línea a pasear», una descripción muy acertada de mi forma básica de proceder: dejar que la punta del lápiz vague por el paisaje de un cuaderno de bocetos, motivado por un impulso vago, aunque con la esperanza de encontrar algo mucho más interesante por el camino. Los trazos, las volutas, los garabatos y los rizos pueden convertirse en montañas, caras, animales, máquinas o incluso sentimientos abstractos, cuyos signi cados suelen tener un interés secundario en comparación con el simple acto de crear (algo que los niños pequeños saben de forma intuitiva). Las imágenes no se conciben primero y se dibujan después, sino que se conciben a medida que se dibujan. Así, el acto de dibujar constituye la forma de pensar propia del dibujo, del mismo modo en que los cantos de los pájaros se conciben en la garganta del animal.

Klee tiene otra buena metáfora según la cual el artista es un árbol y dibuja a partir de un sustrato rico en experiencias (cosas que ha visto, ha leído, le han contado o ha soñado) para que puedan crecer hojas, ores y frutos. El arte, siguiendo las leyes de la horticultura, tan solo puede crear algo a partir de otra cosa. Así, los artistas, más que crear, transforman. Sin embargo, eso no signi ca que el proceso de creación sea super cial o simple. Según mi experiencia, dibujar bien requiere un esfuerzo consciente: una investigación activa, una observación atenta de lo que me rodea, y una labor constante de experimentación y de recopilación de referencias, trabajo que tiene lugar siempre «entre bastidores». Ahondando en la metáfora de Klee, los artistas deben trabajar mucho para mantener su sustrato cultivado y fértil. Deben mirar a su alrededor y acumular activamente un buen bagaje de in uencias que puedan llevar consigo cuando saquen a pasear esa línea.

Si bien la mayor parte de mi trabajo gira en torno a proyectos que acaban publicándose, como libros, películas y cuadros terminados, la materia prima de todos ellos (el sustrato) permanece en gran medida oculta, guardada en carpetas, cajas y cuadernos de bocetos. Algunas de esas obras son ideas incipientes, algunas felizmente abandonadas, otras pendientes de una excusa que permita resucitarlas. Otras son pruebas que realicé durante la fase inicial o durante el difícil desarrollo de algún proyecto, ilustraciones eminentemente utilitarias, meros pasos previos por los que tuve que pasar antes de completar una obra. Otros son ejercicios para no perder la forma como artista, donde la práctica del dibujo está orientada a aprender a ver, un trabajo que no tiene n. Y, por último, hay esbozos que no obedecen a un objetivo en particular, creados por simple diversión, que suelen ser los más interesantes. Las obras aquí reunidas son una muestra del material de ese tipo que he reunido durante los últimos doce años e incluyen desde dibujos más o menos acabados hasta garabatos sueltos. A la hora de realizar la selección he tenido en cuenta un amplio abanico de intereses. Por este motivo, además de re ejar mi obsesión por las criaturas y los mundos imaginaros, este libro incluye también los esbozos de personas, animales y paisajes que constituyen la columna vertebral invisible del resto de mi trabajo. También me ha interesado mostrar una espontaneidad que a veces se pierde en las ilustraciones terminadas, que pueden sufrir de un exceso de revisión, de embellecimiento y de celo comercial, que suelen traducirse en un lamento frecuente: «¿Por qué la obra de nitiva no es tan buena como el esbozo?».

En mi opinión, eso tiene que ver con la inmediatez de los esbozos, con su falta de afectación. Prácticamente todas las ilustraciones de este libro se empezaron y terminaron de una sentada, en menos de dos horas, y sin que en el momento de su ejecución mediara ninguna intención de publicarlas (de hecho, algunas de ellas se han salvado por los pelos de terminar en la papelera). ¿Acaso permiten una visión privilegiada del proceso creativo? Se trata de una pregunta interesante para mis seguidores, ya sean simples lectores o estudiantes de ilustración. Desde el punto de vista de un artista, por lo menos, yo creo que sí. Pocas formas de expresión re ejan mejor el impulso de dibujar, un impulso que proviene de la infancia, con todas sus fantasías absurdas y su lúdica seriedad.

Shaun Tan