Esculturas que hablan

Uno de los cuentos de los hermanos Grimm, La serpiente blanca, cuenta la historia de un rey que poseía una gran sabiduría. Atesoraba el conocimiento de las cosas más ocultas y nada, nada, le era desconocido. Pero tenía una extraña costumbre: a la hora del almuerzo, que tomaba siempre solo, nadie debía destapar la sopera, nadie, ni el criado de su absoluta confianza que le llevaba la comida.

Durante mucho tiempo así sucedió; pero, un día, la curiosidad le tentó de tal forma al criado que no la pudo vencer y levantó la tapa. Encontró dentro una serpiente blanca, cortó un trocito y se lo llevó a la boca. En cuanto lo hubo rozado con la lengua, comenzó a oír el susurro de unas voces que le llegaban del otro lado de la ventana. Al acercarse a escuchar, vio que se trataba de unos gorriones que hablaban entre ellos de las cosas que habían visto en prados y bosques. Al momento, el criado se percató de que, al probar la serpiente, había adquirido la facultad de entender el idioma de los pájaros.

El cuento no acaba aquí. Pero, dejo a un lado la continuación, y el simbolismo de la serpiente, casi siempre relacionada con la sabiduría, para destacar la fuerza que la curiosidad y el deseo de saber ejercer sobre nosotros, los seres humanos. Para apuntar, además, que la curiosidad sola es bien poca cosa si no va acompañada de la escucha atenta, del tiempo amorosamente dedicado al objeto que atrae nuestra atención.

La vida de los hermanos Grimm y los cuentos que recogieron son un buen ejemplo de lo que quiero decir. Su dedicación a los antiguos textos, las sagas, las leyendas, las fábulas de animales, los cuentos de hadas, su entrega absoluta, su capacidad de escucha y su mirada atenta a unas narraciones a las que hasta entonces casi nadie había prestado atención, les descubre, nos descubre, los cuentos maravillosos; y, en ellos, verdades esenciales sobre la vida y el comportamiento de los seres humanos. ¿Por qué el conocimiento habría de ser un privilegio reservado a príncipes y emperadores? Pienso en el cuento, pero también en los avatares que sufrieron los Grimm, en su rebeldía contra los reyes.

No es extraño que estas narraciones, sus Cuentos de la infancia y del hogar, hayan ejercido tal poder de atracción sobre artistas tan radicalmente distintos en los más de doscientos años que han transcurrido desde aquel 1812 en que Wilhelm y Jacob publicaron el primer volumen. ¿Cuántos ilustradores han puesto imágenes a los cuentos? Incontables. De las divertidas ilustraciones del caricaturista inglés George Cruikshank, en la primera traducción inglesa de los cuentos, a las seguirían a los largo del XIX; de Walter Crane a Arthur Rackham; Dulac, Nielsen, Kredel o Wanda Gág. En el XIX, las impactantes versiones de Gorey, Lobel, Sendak, Hockney; sin olvidqar las de Disney, claro. Llamativas, en la actualidad, las de Susanne Janssen, Fabien Negrin y Andrea Dezso; las de Mattotti y Zwerger; las inquientantes pinturas y esculturas de Kiki Smith, Paula rego y Natalie Frank. Aquí, las de Auladell, Barrenetxea, Ana Juan, Beatriz Martín Vidal, Elena Odriozola; las de tantos artistas que omito paro no aburrir al lector.

En esta estábamos cuando llegó Shaun Tan. No podía faltar el artista australiano. Ha regresado con un nuevo libro, Los huesos cantores, un magnífico catálogo de una bella exposición de esculturas. Durante un tiempo, Tan se sumergido en la profundidad abisal del legado de los Grimm. Para leer, explorar, reinterpretar unos cuentos mil veces dibujados; para dar nueva forma a unos personajes lejanos en el tiempo, venidos de un mundo en el que desdibujan las fronteras entre lo real y lo fantástico, entre la vigilia y el sueño.

De ese viaje ha traído alrededor de ochenta pequeñas esculturas, de entre 10 y 30 cm cada una. Lobos, zorros, serpientes, cuervos, todos los animales del bosque; también, claro, reyes y princesas, pescadores, campesinos y pastoras, gigantes, brujas, duendes. Personajes todos ellos bien conocidos; y, sin embargo, salidos de las manos de este artista, nos parecen otros.

En su elaboración ha utilizado materiales toscos y humildes, piedra, barro, madera, papel maché, alambre, papel de aluminio, que ha esculpido y pintado con acrílico, polvo de óxido de metal, cera o betún. El resultado, unas figuras sencillas, con apenas detalles. Algunas tienen rostros sin rasgos; otras, con un mínimo gesto que el artista ha querido destacar. Las ha vestido con colores que buscan el contraste, empleando el rojo tan característico en su obra, azules y pan de oro; luego, ha echado manos de hilos, clavos, flores, hojas, arena, azúcar, sal para montar los escenarios.

Recurriendo a su peculiar lenguaje visual, el de los seres fantásticos de Emigrantes; el de los espacios oníricos de El árbol rojo, La cosa perdida, Cuentos de la periferia, ha sacado a los personajes del contexto en el que estamos acostumbrados a verlos. Si los protagonistas del cuento atraviesan un bosque, él muestra sus estatuillas sobre un tablero de ajedrez; el camino que recorre Hans el afortunado los transforma en un campo tapizado de clavos; la torre en la que se encuentra encerrada Rapunzel aparece aquí rodeada de bayas y flores. Para ilustrar el catálogo, ha colocado sus excéntricas esculturas sobre unos fondos casi siempre grises y las ha iluminado con maestría, creando un inquietante juego de luces y sombras.

Quienes visitamos esta exposición de miniaturas asistimos atónitos al espectáculo de estas creaciones bellas y fascinantes; también, sorprendentes y perturbadoras, que hacen saltar por los aires las interpretaciones convencionales de estos cuentos centenarios. Las observo detenidamente: cada una de ellas, portadora de su propio enigma. Me asomo al pozo de sus aguas profundas e intento descifrar el misterio del barro. Las miro, y escucho. Ellas me hablan, pero lo hacen con un idioma distinto al que estoy acostumbrado. Caigo entonces en la cuenta de que también yo, como el criado del cuento, necesito probar un trozo de serpiente blanca.

Reseña de José Luís Polanco del libro Los huesos cantores, Shan Tan.
Revista Peonza #121