La cuidad latente, Shaun Tan

La ciudad latente

Septiembre 2018 | 978-84-16985-50-7 | Cartoné | 224 pág. | 18 x 24 | Comprar

Un grupo de cocodrilos habita la planta ochenta y siete de un edificio de oficinas. El gato de una niña mantiene a flote las vidas de los habitantes de un vecindario. Un niño se hace preguntas sobre el cerdo que se está hundiendo lentamente en la habitación del fondo de su casa. Un día los osos contratan abogados para demandar a la humanidad. Los miembros de una directiva se convierten repentinamente en ranas y descubren que sus nuevas vidas no son tan malas.

La cuidad latente, Shaun Tan

Diez años después de la publicación de Cuentos de la periferia, Shaun Tan recorre hospitales, aeropuertos, carreteras, oficinas y parques para regalarnos veinticinco historias que nos llevan a la frontera que separa lo posible de lo fantástico.

En La ciudad latente, Tan se sirve de los lugares comunes de cualquier urbe para hablarnos de la relación entre humanos y animales, la conexión perdida con la naturaleza y del papel que juega lo insólito cuando le abrimos la puerta de nuestras vidas.

La cuidad latente, Shaun Tan

Combinando sus relatos con bellas e impactantes láminas, cada uno de estos cuentos cortos y poemas nos hacen mirar la ciudad con nuevos ojos.

Notas sobre La ciudad latente:

La ciudad latente es una antología de 25 historias ilustradas que nos hablan de la relación entre los humanos y los animales, continuación de Cuentos de la periferia, publicado en 2008. La premisa de la que decidí partir era bastante sencilla: piensa en un animal en una ciudad. ¿Qué hace ahí? ¿Cómo reaccionan las personas al verlo? ¿Qué podría significar? La primera historia que escribí hablaba de unos cocodrilos que habitaban la última planta de un rascacielos, y esta historia dio lugar a una serie de fantasías soñadas similares. Trabajo, como la mayoría de los artistas, a partir de un concepto inicial al que voy dando forma con datos que recabo aquí y allá, explorando una idea de distintas maneras hasta dar con un elemento más o menos completo, en torno a un sentimiento o un tema que lo aglutina todo.

Gran parte de mi trabajo, desde Los conejos hasta La cosa perdida o Cuentos de la periferia trata el tema de la separación o la tensión entre mundos artificiales y naturales que despierta la nostalgia ante aquello que se ha perdido o aquello de lo que no se tiene un recuerdo completo. El ritmo de vida que llevamos es, desde un punto de vista histórico, asombrosamente extraño, tanto por lo maravilloso como por lo alarmante, una especie de fallo técnico en el tiempo geológico marcado por separaciones y disoluciones importantes. En no pocas ocasiones he tenido la impresión de que muchos de los problemas materiales y espirituales de las personas, y míos también, podrían estar relacionados con esa distancia que hay entre la naturaleza en un mundo posindustrial, en especial en los centros urbanos. Pensar en otros animales es una manera útil de tomar conciencia de esto que digo, abandonar esa actitud antropocéntrica un tanto reducida, atrapada en el egocentrismo y las preocupaciones humanas propias de la época contemporánea.

Me parece importante señalar que mis animales no hablan y que su naturaleza permanece inescrutable. Son seres que entran y salen de cada historia como si trataran de decirnos algo sobre nuestros éxitos y nuestros fracasos como especie, sobre lo que significan nuestros sueños y cuál es nuestro verdadero lugar en el mundo, aunque siempre de una manera imprecisa. En ese sentido encontramos paralelismos entre estas criaturas ficticias y las reales; animales cuya presencia cotidiana podría ilustrar aspectos de la vida que solemos tender a pasar por alto, ya sea por distracción cultural, distancia física o barreras lingüísticas. Sencillamente estamos muy ocupados todo el tiempo siendo seres humanos, mientras que los otros mamíferos, insectos, peces y aves subsisten entre nosotros como parientes olvidados. Y si bien es posible que nunca lleguemos a entender cómo viven estos otros animales —sería absurdo asumir lo contrario—, escribir y dibujar historias sobre ellos tal vez nos permita ampliar nuestra imaginación y llegar a entender un poco más nuestro lado humano.

Las ilustraciones originales que aparecen en La ciudad latente son en su mayoría pinturas al óleo de gran formato, unos 150 x 100 cm, sobre las que no se ha llevado a cabo un trabajo digital significativo. Me gusta la materialidad de estos medios tradicionales y me agrada poder realizar movimientos con todo el brazo para conseguir diferentes texturas a esta escala por medio de pinceles, espátulas, trozos de cartón y hasta rasquetas limpiacristales de ducha para extender la pintura húmeda sobre el lienzo con trazos amplios antes de resolver los detalles. Antes de ponerme a pintar realizo una serie de esbozos y pinturas más pequeños, como los que aparecen más adelante. En el caso de este libro, gran parte del trabajo preliminar fue digital, en la forma de collage fotográfico —unión de distintas imágenes que iba encontrando— motivo por el que la imaginería presente en las pinturas finales resulta tan realista, extraídas de referencias fotográficas. En algunos casos, construí pequeñas escenas, como los dioramas de los museos. En “Ciervo”, la imagen que abre el libro utilicé, por ejemplo, pequeñas figuras de juguete en un bosquecillo realizado en una caja de cartón que coloqué sobre el alféizar de mi propia ventana para recrear el efecto deseado de luz y composición.

La ciudad latente, Shaun Tan

Con frecuencia me preguntan qué viene primero, la historia o la ilustración. Es un poco de las dos cosas, un proceso de discusión en el que un acto inspira el siguiente mediante revisiones sucesivas. En un principio, suelo tener una idea más bien confusa en la cabeza, como retazos de un sueño: un pez pulmonado en una alcantarilla con un rostro ligeramente humano, una nube de mariposas que desciende, trabajadores de una fábrica que vuelven a casa después del trabajo bajo la nieve a lomos de un yak. No siempre sé de dónde salen todas estas imágenes, aunque normalmente sí soy capaz de identificar algunas influencias, como pueden ser las noticias diarias, conversaciones o malinterpretaciones de algo que he visto u oído por encima (una fuente de ideas bastante común).

Pintar o escribir es siempre una forma de intentar entender lo que podrían significar esas fantasías soñadas, ya que los esbozos constan tanto de palabras como de imágenes realizados en pequeños cuadernos a lápiz o bolígrafo, normalmente repetidos, en los que realizo variaciones alternativas sobre la misma idea. Se trata de un proceso de desarrollo que puede llevar horas, semanas o meses, en el que con frecuencia el resultado es muy diferente de lo que imaginé en un principio. Lo que me interesa especialmente es la forma en la que una premisa absurda —unos cocodrilos en un edificio de oficinas, unos osos que se asocian con unos abogados, una orca perdida en el cielo— pueda llegar a tener un significado lógico si le dedicas el tiempo necesario a escribir o a dibujar sobre ella. Significados ocultos, miedos, revelaciones, preguntas filosóficas y preocupaciones de la vida real parecen emerger de forma natural y espontánea.

El pensamiento general que se desprendía de gran parte de este trabajo era sencillamente eso: que los seres humanos somos animales. Es algo que tendemos a olvidar, que somos una especie más de los varios millones que existen en este planeta. Nuestras leyes y religiones nos dicen que somos especiales, pero ¿de verdad lo somos? Algo que sí sabemos con seguridad es que magnificamos lo que somos y a la vez nos abruma la noción de superioridad propia del ser humano hasta el punto de tender a separarnos y comunicarnos interiormente nada más. Escribir ficción y acompañarla de ilustraciones forma parte en realidad de este proceso, es un diálogo interior que mira hacia dentro siempre, pero al menos intenta mirar también hacia fuera, hacia elementos no humanos, igual que hace un naturalista.

A menudo me pregunto si nuestros ancestros entenderían mejor al resto de la vida animal, por ser naturalistas intrínsecos. Si nos fijamos en las pinturas de las cavernas, que normalmente cuentan historias, los motivos dominantes son los animales; y si nos fijamos en los niños, las primeras palabras, conceptos y juguetes de muchos de ellos son animales. No figuras humanas, sino osos, elefantes, jirafas, ratones. Nuestra hija nació en la época en que empecé a pensar en este libro y a escribir estas historias, y cimentó la idea de que existe algo fundamental en el hecho de que el ser humano busque esa cercanía con sus parientes no humanos, ya sea a través de mascotas, cuentos, juguetes, programas de televisión o excursiones al zoo, algo que estuve haciendo todas las semanas durante un tiempo, ya que no vivo muy lejos de uno, junto con otros muchos padres primerizos con sus carritos.

Y a la vez seguimos mostrando una inmensa falta de respeto hacia los animales a juzgar por el trato que les damos, la destrucción de sus hábitats, la crueldad en las granjas de cría intensiva y muchas otras faltas e injusticias. Y esto es solo lo que conocemos. Sin duda existen muchos otros problemas de los que aún no sabemos nada como, por ejemplo, los descubrimientos recientes acerca del ruido que hacen los buques de carga: un sonido que causa interferencias en la comunicación a larga distancia de las ballenas con consecuencias posiblemente fatales. Cada vez vivimos en lugares más alejados de los bosques, las llanuras, los desiertos y los océanos, desde las ciudades al ciberespacio, y sentimos que nos falta algo realmente importante. Nos estamos dando cuenta demasiado tarde de que nuestro propio destino está estrechamente unido al de todas esas otras criaturas (algo que nuestros antepasados sabían muy bien) mientras seguimos degradando la tierra, los océanos y el aire, eliminando especies del mapa que se extinguen a diario, alterando un patrón perfectamente afinado. Cuando ultimaba los detalles de este libro, murió el último ejemplar de rinoceronte blanco del norte, como le pasa al rinoceronte de mi propio poema, y su desaparición puso el punto y final a la existencia de millones de años de esta subespecie. Vivimos en la era antropocena, es la primera vez que se puede decir que una única especie es la responsable de cambios globales a escala geológica. Posiblemente estemos ante un período de extinción masiva como no se había visto desde la desaparición de los dinosaurios a finales de la era cretácica.

Mi libro no trata tanto de todos esos temas como de la sensación imprecisa y confusa del ser humano contemporáneo, especialmente los habitantes de las ciudades, de que la vida se ha convertido en algo muy extraño y complejo con esta profunda crisis como telón de fondo. Esto no tiene por qué ser necesariamente algo malo, ya que lo extraño y lo complejo abren la mente a la imaginación y las posibilidades, una sensibilidad agudizada, una valoración autocrítica que nos lleva a pensar en el mundo de otra manera. Pero creo que es necesario reconducir esa imaginación hacia las cosas que son realmente importantes como forma esencial de cobrar conciencia de cuáles son esas cosas realmente importantes. Cosas que siempre parecen más grandes, más antiguas, más sabias y, finalmente, más duraderas que nosotros mismos.

EL origen de las historias

La inspiración específica de cada historia tiene diferentes orígenes, y aunque no creo que sea fundamental conocerla —y a veces es incluso mejor no hacerlo—, daré algunos detalles para los lectores que tengan curiosidad. Lo único que espero es que estas notas no afecten negativamente a las interpretaciones o las impresiones de cada uno, o que limiten otra lectura y otra comprensión.

COCODRILOS

Hay varios cocodrilos en el zoo de Melbourne, entre los que se incluyen el cocodrilo de Filipinas, una especie que el parque está intentando salvar del peligro de la extinción. Viven en zonas acotadas rodeadas por una alta pared de cristal, no muy distintas de los escaparates de unos grandes almacenes o de la recepción de un edificio de oficinas. La atención que les prestan a sus condiciones de vida ideales no se diferencia mucho del cuidado que se presta al mobiliario, a las instalaciones para regular el clima y a las máquinas expendedoras que encontramos en cualquier espacio de oficinas. De hecho, existe un gran parecido entre los rascacielos y los acuarios. Ambos son espacios abstractos situados en lugares casi imposibles, pero que con un buen servicio de mantenimiento gracias a la tecnología, resultan sorprendentemente sostenibles y confortables. (En el área metropolitana de Melbourne vive un enorme cocodrilo de agua salada, dentro de un inmenso complejo de acuarios, y a veces me pregunto si pensará en la ubicación de su vivienda, varios pisos por encima de la orilla del río.)

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Cuando pienso en una historia o una ilustración, siempre intento posponer la pregunta obvia — ¿por qué?— para que las imágenes no se vean limitadas por el racionalismo. Cuando soñamos, no nos preguntamos por qué ocurren esos fenómenos extraños, de forma que el sueño fluye libremente. Ya pensaremos en los posibles significados y similitudes con la vida real cuando nos despertemos. En el caso de los cocodrilos de la zona metropolitana de Melbourne, había algo muy potente, lógico incluso en esta imagen. Al investigar un poco más sobre el tema, me di cuenta de que muchas grandes ciudades se levantaron en marismas y lechos de ríos, dada la importancia de las vías fluviales para el transporte y el sustento, las fábricas y las instalaciones sanitarias. De hecho, con frecuencia olvidamos que casi todas las grandes ciudades del mundo fueron en algún momento hábitats animales, y que las ciudades en sí mismas no son tan antiguas en el marco general de la historia natural. ¿No nos recordaría una oficina llena de cocodrilos todo esto? ¿Es posible que en algún universo alternativo la vida salvaje se hubiera integrado mejor en nuestros centros urbanos en vez de ser exterminada, diezmada, borrada del mapa o relegada a la periferia? ¿Quién dice que para las ciudades del futuro nuestras metrópolis actuales no serán ejemplos extraños de intolerancia hacia la vida no humana?

MARIPOSAS

No mucho después de terminar de preparar La ciudad latente para su publicación en octubre de 2017, los científicos del Servicio Nacional de Meteorología detectaron una enorme nube en movimiento de 110 km de ancho sobre Colorado. Todos pensaron que debía tratarse de aves migratorias, aunque volaran en dirección contraria para la época del año. Uno de los meteorólogos preguntó en Twitter y la respuesta que recibió fue: se han visto inmensas nubes de mariposas dama pintada sobre Denver últimamente. ¿La vida imita al arte?

Es posible que hace mucho tiempo hubiera visto algo parecido a esa enorme mancha formada por mariposas inundando las calles de la ciudad, pero no lo recuerdo. Sí recuerdo que una vez las abejas llenaron sin motivo aparente las calles del centro metropolitano de Perth, donde nací. Parte de la atracción de este tipo de sucesos es la sensación de que algo ha cambiado, que el medio que te rodea ha sufrido una leve alteración, y el hecho nos maravilla y nos preocupa al mismo tiempo.

Un aspecto interesante de las mariposas en particular es lo mucho que nos gusta que se posen sobre nosotros, algo así como una bendición terrenal. Cuando visitas un mariposario, te quedas muy quieto y agradeces que se te acerque una mariposa, algo que no pasa con el resto de insectos voladores, como una libélula, una cigarra o un escarabajo, por no mencionar las moscas y los mosquitos. Las mariposas disfrutan de una consideración especial en nuestra imaginación, casi como si fueran animales metafísicos, esquivos lienzos voladores que resultan atractivos a sus congéneres y también al ojo de un primate bastante lejano. Su presencia suele inspirar cierta paz interior, cobras conciencia de la respiración, la posición y el tiempo, algo parecido a la meditación. Parecen seres de otro mundo, tan alejado del bullicio de la ciudad como puedas imaginar.

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En la cultura humana, las mariposas simbolizan poderosamente la transformación, las premoniciones, la personificación de las almas y los augurios, buenos y malos (hubo un tiempo en que los habitantes de Devon, Inglaterra, mataban la primera mariposa del año para espantar la mala suerte). En los paradigmas científicos recientes, las mariposas constituyen el emblema de la teoría del caos, el llamado “efecto mariposa”, según el cual, cuando una mariposa bate las alas en una punta del mundo puede producirse un tornado en la otra. Más allá de todo esto, la simbología animal resulta interesante porque los animales se resisten siempre a estos títulos accesorios que se les otorgan —existen porque sí, como dice Alice Walker— y lo único que podemos hacer es representarlos como más nos guste. Pero debemos respetar siempre sus vidas reales independientemente de toda conjetura, su existencia individual, su realidad serena e impredecible.

PERRO

Los perros son uno de esos animales que habitan las ciudades y que han trabado una íntima relación con los seres humanos. Nuestras historias están estrechamente unidas desde hace mucho tiempo, 15.000 años por lo menos. Hay muchas teorías sobre la evolución conjunta del ser humano y el perro que se sustentan en pruebas que demuestran que los primeros humanos y los lobos cazaban en grupo, donde cada uno aprovechaba las habilidades únicas del otro (ambos eran capaces de romper huesos, ya fuera con los colmillos o con herramientas a base de piedra, para obtener el apreciado tuétano). Quién sabe cuántos millones de historias tendrían lugar entre ambas especies en aquella época, puede que no haya tantas amistades entre especies tan épicas y transformadoras, o que describan tan bien los antojos de la historia, entre los que se incluyen el auge y la caída de numerosas civilizaciones.

A un nivel más personal, el poderoso vínculo entre los humanos y los perros se rompe solo cuando llega la muerte, dado que no es habitual que vivamos los mismos años, y este fue precisamente el punto de partida de mi historia. Durante mucho tiempo me dediqué a clavar en el tablero que tenía encima de mi mesa recortes de periódico en los que aparecía una foto de un perro cuyo dueño había muerto en un trágico incendio. Hay algo en la insondable expresión del animal que siempre me ha fascinado, y que me trae a la memoria numerosas historias como la del famoso Hichiko, un perro de la raza akita que aguardaba pacientemente cada tarde en la estación de Shibuya a su dueño, un profesor universitario que murió repentinamente en el trabajo. Lo esperó durante nueve años. La lealtad sin reservas y el rampante optimismo de los perros ha servido como inspiración a sus compañeros humanos, que con frecuencia se apartan de tan virtuoso camino para cuestionarse con preocupación su lugar en el mundo. Resulta interesante especular que independientemente del futuro que le aguarde a nuestro planeta, independientemente de lo trastocado o trágico, apocalíptico incluso, que este pueda ser, cuesta imaginar que no haya un perro a nuestro lado, empujándonos a seguir hacia delante.

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CARACOL

Durante un tiempo trabajé en un proyecto sobre esculturas de gran tamaño que representaban unos caracoles en distintos espacios urbanos, y aunque el proyecto nunca llegó a concretarse (por motivos de logística), sí que dejó en mí su huella: seguí pensando sobre los caracoles, las ciudades y la reacción humana ante unos moluscos gigantes. Los caracoles presentan, entre otras cosas, una conducta reproductiva bastante compleja, puesto que la mayoría son hermafroditas. Sus hábitos de apareamiento resultan verdaderamente extraños desde la perspectiva del ser humano, y a la vez hermosos y refinados. Siempre me pareció que sería asombroso verlos copular en pleno distrito financiero de la ciudad reproducidos a escala gigante: cuerpos blandos colosales moviéndose en una geometría rígida y desapasionada.

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Lo interesante es que poco después de escribir la historia, cuando ya estaba trabajando en la ilustración que la acompañaría, las autoridades gubernamentales australianas realizaron una encuesta que dividió a la sociedad: ¿Se debería legalizar el matrimonio entre personas del mismo sexo? Afortunadamente el resultado fue positivo, ganó el “sí” por mayoría. Puede que no fuera el resultado que esperaban algunos políticos muy activos del país, pero lo que sí reveló fue un preocupante nivel de ignorancia, desinformación y miedo infundado por parte de la minoría en oposición, una conciencia adquirida de estar en el derecho de juzgar las vidas de los demás, y si bien mi historia no trata sobre este torpe referéndum, sí presenta paralelismos claros. Siempre me parece interesante reflexionar sobre prohibiciones del pasado; la negativa a dejar que las mujeres votaran, la ilegalización del café, el tabú del matrimonio interracial, incluso la prohibición de las máquinas de pinball en la ciudad de Nueva York, y me pregunto: ¿De qué narices va todo esto? Es más, ¿qué pensará la gente del futuro sobre nuestras actitudes contemporáneas? Sin duda se quedarán desconcertados.

TIBURÓN

La pintura que hice para Tiburón está inspirada en parte en el trabajo del artista estadounidense de principios del siglo XX, George Bellows, más conocido por sus pinturas sobre boxeo y escenas protagonizadas por la clase trabajadora en Nueva York. A mí me gustan especialmente sus cuadros sobre enormes construcciones urbanas y multitudes que se congregan alrededor, como Pennsylvania Station Excavation (1907), obras en las que se percibe el dramatismo y la tensión, pero también el carácter onírico o irreal. Paisajes como este son recurrentes también en mi trabajo, sobre todo la inclusión de animales de gran tamaño, como el pez muerto que arrastra la corriente en El árbol rojo (2001), o la ilustración que acompaña este texto de un tiburón gigante colgando entre los edificios borrosos.

La historia, como elemento concebido por separado, la escribí en parte como respuesta a una serie de noticias sobre varios ataques de tiburones sucedidos a lo largo de la costa occidental australiana (donde nací), cuyas fatales consecuencias dieron lugar a que el gobierno propusiera medidas de castigo excesivas contra estos animales que causaron a su vez una tremenda controversia entre los habitantes de esa zona. La legislación propuesta permitía capturar tiburones de gran tamaño con cebo en las trampas situadas a un kilómetro de la playa, para que se les pudiera disparar y deshacerse de los restos mar adentro. Parte del clamor público en contra de esta matanza indiscriminada se centraba en reconocer que la conducta antinatural de los tiburones estaba causada, en primer lugar, por la pesca excesiva por parte del hombre que obligaba a los tiburones hambrientos a salir de su territorio de caza habitual, cuando hasta ese momento habían coexistido con los seres humanos de manera relativamente pacífica (yo me bañaba en el mar sin temor a que me atacara un tiburón cuando era pequeño, como mucho me encontraba con focas y delfines, signos de un ecosistema saludable).

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Dejando a un lado los detalles de este debate, esta rápida inclinación a la violencia me lleva a pensar en una oscuridad que subyace a poca profundidad bajo el barniz pacífico y soleado de la vida en Australia occidental, y la sociedad humana en general. Aparejada a esta agresión espontánea lo que vemos es una demostración de ignorancia deliberada sobre las posibles consecuencias de dicha acción, la incapacidad de prever las consecuencias a un nivel práctico y moral, y el terrible compromiso que podría suponer para la comunidad. ¿En qué momento se decide que una política de violencia es un éxito o un fracaso?, ¿cómo decir que la matanza debería terminar aquí y ahora porque ya ha pasado el peligro? Eso me llevó a pensar en los paralelismos entre la caza correctiva de tiburones y otros conflictos, como la denominada “guerra al terrorismo”, como si destruir una célula terrorista sirviera para algo más que para inspirar la creación de otra. Cuando se cercenan las soluciones pacíficas, se produce una espiral de violencia de forma natural, como una matanza de tiburones sin fin.

GATO

El germen de esta historia se encuentra en los innumerables anuncios sobre gatos desaparecidos pegados en postes de teléfono en el barrio periférico donde vivo. Estos me llevaron a cuestionarme dos cosas. En primer lugar, qué le habría ocurrido al gato. Quien sabe, teniendo en cuenta que a estas mascotas se les permite salir libre e inexplicablemente a vagar por ahí. Y en segundo lugar, si vagan libremente, ¿cómo sabemos qué gato pertenece a quién y viceversa? El gato de un vecino solía entrar en mi jardín trasero, que obviamente consideraba una extensión de su territorio, y una tarde se quedó tanto tiempo durmiendo en él que tuve que salir para comprobar si se encontraba bien. Estaba muerto, por motivos desconocidos, y tuve que informar al dueño. Al menos en este caso sabía quién era. En una ocasión vi a un hombre recoger un gato al que habían atropellado y tirarlo tranquilamente en el contenedor de basura más cercano, por lo que es de suponer que el dueño de aquel gato jamás se enteró de lo que le había sucedido a su querida mascota. Se ven muchos anuncios de gatos desaparecidos, pero no tantos de gatos muertos, que podrían resultar igual de útiles, dado que los gatos, como las ratas y otros animales, suelen salir a hurtadillas de sus hogares —sea cual sea este— para morir.
Los gatos son unos animales de compañía fascinantes, capaces de mostrarse a la vez extremadamente cariñosos y misteriosamente reservados e independientes. Su lealtad puede ser a la vez profunda y cuestionable, y sus pensamientos, como los de todos los animales, simplemente desconocidos. Por todos estos motivos constituyen grandes metáforas sobre muchos aspectos de la vida, como la suerte y el destino, simbolizados por estos animales en muchas culturas.

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La idea de incluir la amenazante ola negra que se cierne sobre un gato mientras se baña tiene un doble origen. Una vez vi una pequeña exposición de pintura con un oscuro simbolismo del dramaturgo sueco August Strindberg. Aunque no era un pintor excesivamente bueno, me interesó mucho su fijación por una amenazante ola negra en una serie de pinturas casi abstractas, vista de frente, con los límites débilmente iluminados por una luz mortecina. De igual modo, siempre me ha intrigado una de las últimas “pinturas negras” de Goya, en la que aparece un perro que se está ahogando, y que el pintor pintó directamente sobre los muros de su casa en un momento en el que su salud física y mental sufrían un grave deterioro. Se han hecho numerosas interpretaciones de esa misteriosa imagen, aunque fue Robert Hughes quien mejor lo resumió: “No sabemos lo que significa, pero el pathos de esta imagen nos conmueve a un nivel más profundo que la narrativa de la obra”.

CABALLO

La historia titulada Caballo se inspira en algo que dijo mi hija (tenía dos años por entonces) una noche en el coche, de camino a casa. Exclamó: “¡Elefantes corriendo!” al oír la alegre melodía que salía de la radio, ya que suele relacionar la música con animales y otras cosas, sobre todo después de ver Fantasía, de Disney (que también es una de mis películas infantiles favoritas). Imaginé que estaría viendo elefantes o cualquier otro animal corriendo por los cables eléctricos, algo que solo un niño de dos años es capaz de ver. Aunque sea incapaz de articular la idea o recordarla, sí tiene conciencia de haberlo visto, al menos la justa como para gritar “¡Elefantes corriendo!”. En vez de decirle que se equivocaba, me pregunté —algo que los artistas y los escritores tendemos a hacer por obligación profesional— si de verdad habría algo correteando por encima del coche, y a qué se debería. Aunque era poco probable que hubiera elefantes en la ciudad australiana por la que estábamos pasando, sí se podían encontrar caballos o más bien los fantasmas de los caballos.

Esto me llevó a investigar un poco y así fue como encontré un artículo titulado The Horse in the City: Living Machines in the Nineteenth Century, de Clay McShane y Joel A.Tarr (2007), sobre la historia a veces inadvertida de los caballos en las ciudades en la era preindustrial, en la que la fuerza animal era, literalmente hablando, la principal fuente de energía para el transporte, la fabricación y otros procesos industriales antes de la aparición de los motores de vapor y la electricidad. La filosofía reinante dictaba que los animales eran máquinas sin sentimientos ni conciencia, poco más que robots (sus gemidos de dolor se entendían como “reflejos mecánicos”). En tales condiciones, la vida de los caballos era corta y dura, considerados únicamente elementos con los que obtener beneficio.

Muchos de los detalles de mi historia son datos reales, como la costumbre de grabar en los tablones de los establos urbanos las palabras: “Los sentimientos no dan dividendos”, para recordar a los trabajadores que no se dejaran engañar por la conciencia que pudieran mostrar los animales, o el hecho de hacer un fuego bajo los animales exhaustos para que continuaran moviéndose. ¿No es posible que los espíritus afligidos de estos animales maltratados ronden las ciudades que ayudaron a levantar mucho después de que todos se hayan olvidado ya del servicio que prestaron? Es cierto que abusos como esos siguen produciéndose en todos aquellos lugares en los que los animales tienen valor económico para los humanos, pero continuamos sin prestarles atención, aunque precisamente son estas cosas las que “persiguen” a los humanos de una forma muy real. Debemos recordar que nuestras ciudades se construyeron sobre el sufrimiento de otros animales, y que sigue ocurriendo en muchos lugares, a diario, sin que muchas veces nadie diga nada. Lo peor de la crueldad hacia los animales es hasta qué punto llega a considerarse normal y aceptable desde el punto de vista económico, con instituciones creadas para vigilar que esto sea así. Como dijo Saul Bellow: “Cuando la necesidad de ilusión es profunda, se puede invertir en la ignorancia una importante porción de inteligencia”.

CERDO

Aunque yo no como cerdo, debido en parte a que de pequeño fui con el colegio a ver una granja de cerdos, esta historia no trata tanto del problema de comer cerdo como de un dilema mucho mayor. ¿Qué hacemos cuando tradiciones culturales familiares entran en conflicto con nuestra opinión de lo que es moral, racional o justo? Consumir carne animal es un buen ejemplo, y nadie es inmune a las dudas que esto puede levantar: basta con sacar el tema de si nos comeríamos un perro (no más inteligente o sensible que un cerdo) o un miembro aún más cercano a nosotros en la escala genética, un mono, para sentir una aversión moral bastante importante. Pero más allá del tema alimenticio, todos nosotros nos enfrentamos a distintos conflictos sobre lo que nos parece normal y adecuado, y lo que no; cuándo actuar y cuándo no.

Lo que más me gusta de la ficción especulativa es la forma en que toca problemas cotidianos de una manera inusual e hipotética. Imagina que hubieras nacido en un mundo en el que todos tienen un a pobre animal prisionero en una habitación de la casa y nadie se lo cuestiona, aunque les preocupe el bienestar de las criaturas que viven fuera de esa habitación. ¿Cómo te comportarías? ¿Lo aceptarías o desafiarías la costumbre? Un dilema similar podría aplicarse a los sistemas económicos, las enseñanzas religiosas, los puntos de vista políticos y sociales, a todo en realidad. El mundo está lleno de contradicciones e incoherencias, algo que llama la atención de los niños. Ellos poseen una brújula excelente para este tipo de cosas y empiezan a hacer un montón de preguntas e incluso a proponer alternativas: ¿por qué se hacen así las cosas? ¿Y si las hiciéramos de otra forma? ¿Por qué no las hacemos de otra forma?

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A medida que nos vamos haciendo mayores, puede que nos cuestionemos menos las cosas, ya que la experiencia nos enseña que ciertas paradojas nos parecen irreconciliables —como nuestros sentimientos hacia el origen de los alimentos que ingerimos, por ejemplo, o las tierras o los privilegios— y las pequeñas concesiones, los dobles raseros, las incoherencias, las excepciones y la ignorancia deliberada se acumulan como si fueran complicadas válvulas en las cañerías de nuestras filosofía, sobre todo cuando no disponemos de alternativas. Pero aun así seguimos cuestionándonos las cosas hasta cierto punto, revisando nuestras creencias, manteniendo cierto grado de optimismo, imaginando cómo podrían ser las cosas, especialmente en generaciones sucesivas. Podríamos decir que las contradicciones son el acicate de la cultura humana, y que gracias a ella esta evoluciona. Lo peor de todo es creer que no hay lugar para las incoherencias o las contradicciones en nuestra forma de pensar, que todo es tal como debería. No hay nada más erróneo y peligroso.

PEZ LUNA

El opah o pez luna es un pez grande y colorido apreciado como trofeo por los pescadores deportivos de aguas profundas, pues se presta a la taxidermia. También fue la primera especie de pez que se descubrió que tenía un corazón caliente, lo que les permite regular la temperatura corporal. Dicho esto, mi historia no se basa en estos datos, sino en los recuerdos que tengo de ir a pescar en la costa occidental australiana con mi familia, en la que había hábiles pescadores. Íbamos de acampada y a pescar casi todos los años en vacaciones, a la zona del río Margaret sobre todo. Recuerdo también que a veces nos reuníamos en plena noche debajo de un puente en Mandurah para capturar con nuestras redes a las gambas en su viaje migratorio, una a una, guiándonos por el reflejo de sus ojos a la luz de nuestras linternas que nos decía por dónde iban. Hay algo especialmente extraño en pescar de noche, eres más consciente de estar entrometiéndote en el universo de otra criatura, tu sentido de la percepción encoge y tus sentidos se agudizan. Tengo siempre presente un pasaje de Walden, las memorias que Henry David Thoreau escribió en 1854, en el que describe una noche de pesca en el lago Walden con evocador detalle. Así como la descripción de carácter lírico y a veces cercano al realismo mágico, que hace Tim Winton de las excursiones de pesca en la costa occidental australiana.

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Durante años he jugado con la idea de pescar en el cielo, como en Las reglas del verano (2013), cuyos dibujos se inspiran tanto en el recuerdo lejano de un sueño muy real de mi infancia en el que aparecían ríos de estrellas de colores que discurrían por encima de nuestra casa en un barrio residencial en plena noche, como en imágenes procedentes de esos festivales en los que se volaban cometas que daban al cielo el aspecto de un acuario de peces tropicales. Si de verdad existiera ese pez celestial, ¿cómo lo pescarías y qué aspecto tendría? ¿A qué sabría?
También encontré inspiración en todos esos restaurantes, sobre todo en Asia, donde sirven animales protegidos y en peligro de extinción, comportamiento que ilustra la ignorancia y el desprecio de algunos consumidores privilegiados hacia el resto del mundo. A un nivel personal, esta historia me hizo reflexionar, con pesar, en los muchos peces, moluscos y otros invertebrados que maté sin pensarlo dos veces en aquellas excursiones de pesca que hice con mi hermano. Aunque no estoy en contra de la pesca, sí tengo escrúpulos sobre la naturalidad de ese ejercicio inconsciente. Con el tiempo, mi hermano empezó a bucear y ver de cerca a los peces en su hábitat natural le quitó las ganas de capturarlos. Ahora solo les hace fotos. Hace tiempo que yo cambié mi equipo de pesca por el de pintura.

RINOCERONTE

Este poema se me ocurrió mientras viajaba en el transporte público en Melbourne al ver un anuncio sobre seguridad vial que instaba a conductores y peatones a ceder el paso al tranvía. El símil visual utilizaba un rinoceronte en un monopatín para mostrar que un tranvía que pesa lo que 30 rinocerontes juntos no puede detenerse bruscamente. Pero aun sin conocer su verdadero significado, la señal de tráfico de color negro sobre fondo amarillo resultaba deliciosamente críptica. En mi mente era una práctica señal de tráfico que alertaba a los usuarios del transporte público de la existencia de rinocerontes entre el tráfico. ¿Qué problemas y reacciones causaría? Probablemente provocaría quejas, entre otras cosas.
Cuando viajamos en nuestro coche nos aislamos, produce la sensación de estar en el salón de casa pero en movimiento que reduce el mundo exterior a una serie de señales y obstáculos abstractos, lo que podría explicar la baja tolerancia de la mayoría de los conductores y su impaciencia inversamente proporcional. El tráfico constituye siempre una magnífica metáfora de la forma de pensar en la era posindustrial, igual que los atascos constituyen la consecuencia lógica de un desarrollo urbanístico inapropiado. Nos convertimos en los componentes de un sistema tecnológico, y no al revés, y esa sensación de estar atrapado puede llegar a enloquecer.

También me influyó bastante el documental Tyke: Elephant Outlaw (2015, Lambert, Moore) sobre un elefante de circo maltratado que se escapó en mitad de una función y atravesó el centro financiero de la ciudad, hasta que, finalmente, la policía lo abatió a tiros. Algo que visto en retrospectiva, parece una respuesta excesiva y patética. Al igual que ocurrió con Tilikum, la orca del parque SeaWorld que sufría daños psicológicos (ver mis notas sobre “Orca”), el caso del elefante inspiró cambios legislativos a nivel internacional que regularan la potestad de las personas para adquirir y maltratar a los animales en el marco de la industria del entretenimiento.

la ciudad latente, Shaun Tan

Borrador del texto:

Cuernos
El rinoceronte estaba en la autopista.
¡Hicimos sonar nuestros cuernos indignados!
Vinieron unos hombres, lo mataron de un disparo y lo echaron a un lado.
¡Hicimos sonar nuestros cuernos agradecidos!
Pero ahora nos sentimos muy mal.
Nadie sabía que era el último rinoceronte.
¿Cómo íbamos a saber que no había más?
Solo queríamos llegar a nuestros destinos.
Nadie sabía que era el último rinoceronte.

BÚHO

En 2015, formé parte de un grupo de artistas y escritores a los que invitaron a escribir una historia para una antología recogida por la Hush Foundation, una organización que explora el uso de la música y otras formas artísticas para ayudar a los niños a manejar el dolor en tratamientos médicos complicados en el Royal Children’s Hospital de Melbourne. Como parte del proceso nos enseñaron las distintas alas del hospital, para conocer los retos a los que se enfrentan estos niños y el personal del centro a diario.

la ciudad latente, shaun tan

Me pareció interesante que las alas del hospital llevaran nombres de animales puesto que ya por entonces estaba pensando en historias de animales urbanos (ya había escrito Cocodrilo, Mariposa y tenía notas para muchas otras historias que podrían convertirse en una colección de alguna clase). Por ejemplo, está el ala Delfín para estancias cortas; el ala Koala de cirugía cardíaca; el ala Cacatúa de cuidados neurológicos; el ala Cucaburra para pacientes con cáncer, etcétera. Había algo tranquilizador en estas asociaciones, en el hecho de que en momentos de crisis humana, rodeados de soluciones tecnológicas y extensos trabajos de investigación, pensemos en un animal benefactor o tótem, algo que va más allá de nuestra biología. La imagen que me vino a la mente de inmediato, teniendo en cuenta la blancura de los espacios que me rodeaban, fue un búho del Ártico, un ave que siempre me ha parecido especialmente fascinante (en mi habitación tengo colgada la foto de uno). Mientras el personal del hospital nos explicaba en qué consistían los distintos espacios, yo veía a mi búho posado en un rincón, inmóvil, vigilando con sus grandes ojos amarillos. Resultaba algo desconcertante pero estaba allí para proteger. Igual que las máquinas, los aparatos médicos, los medicamentos y tratamientos, daban miedo pero podían salvar vidas.

En un ala, visitamos a una niña de unos seis o siete años a la que estaban dando quimioterapia. Era una niña vital y valiente, y le pareció interesante que hubiéramos ido a verla para hablar de su experiencia. Pero también vimos que se aguantaba las lágrimas cuando la máquina, un aparato con una aguja ganchuda parecida al espolón de un ave, se insertó en el acceso venoso de larga duración que le habían puesto colocado de forma permanente en el pecho para la administración de aquel tratamiento en concreto. Fue una experiencia muy conmovedora, no tanto por las lágrimas, sino por lo mucho que se esforzaba la niña en dominar el miedo y contener las lágrimas. El poema y la ilustración resultantes aparecieron en la antología Hush Treasure Book bajo el título de Ala en referencia al lugar físico y al acto de proteger.

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Pero ¿por qué un búho o cualquier otro animal en vez de un humano para trasladar estas impresiones? Aparte de la blancura antiséptica y la combinación de sus suaves plumas blancas y su pico y garras afilados, que guardan cierta analogía con las camas y las agujas de los hospitales, lo que me interesa es la falta de empatía o cariño en el sentido convencional que muestran los animales, independientemente de las patéticas falacias que podamos proyectar sobre ellos. No tienen que ser necesariamente como nosotros, no tienen que ser necesariamente amables y cariñosos en el sentido humano. Pero sí hay algo en su presencia, en el mero hecho de existir incluso, que resulta reconfortante, como el hecho de ponerle el nombre de “koala” o “delfín” al ala de tratamiento.

Tengo la impresión de que a veces la medicina moderna funciona un poco como este búho del Ártico de expresión insondable, una especie de amor: frío y racional, distante y no humano en cierta forma. Con frecuencia es un procedimiento doloroso e incómodo, pero muy eficaz. Me interesó la idea de que un objeto puede cuidar de ti sin ser cariñoso contigo, que puede ser bueno para ti sin ser “bueno” en sí. Que lo frío y clínico también puede ser optimista y benevolente, y que a veces no nos queda más remedio que entregarnos, anteponer el conocimiento al sentimiento, la razón al miedo.

RANA

Las ranas pertenecen a un grupo de animales considerados bioindicadores. Esto significa que son sensibles a los cambios medioambientales y que su presencia o ausencia indican si un ecosistema está sano o no. Como el canario en el interior de una mina de carbón, la muerte de determinadas especies de ranas puede indicar que se han producido cambios letales en el clima, la toxicidad u otros problemas que no saldrían a la luz de no ser por estas especies. Algo que aprendí cuando estaba ilustrando una historia para una revista de ciencia ficción hace unos veinte años (abajo), es que abundaba la idea de que algunas personas podrían funcionar como “indicadores” de los problemas sociales o físicos que se producían en su medio.

En el caso concreto de la historia de este libro, la imagen se me ocurrió antes que la historia: una sala de reuniones ocupada únicamente por ranas con un paisaje industrial de fondo. El origen de la imagen se encuentra en la idea de que si los humanos se transformaran de vez en cuando en otros animales, nuestra actitud y las políticas sobre el medio ambiente podrían ser diferentes. La concepción que tienen las organizaciones, los políticos y otros individuos de que a ellos no les afectan los problemas derivados del vertido de basuras, los productos tóxicos, los residuos radioactivos, la deforestación, la erosión y el cambio climático es lo que les permite llevar a cabo esas dañinas prácticas. Lo cierto es que nadie está a salvo de los efectos medioambientales, y cuando las ranas u otros animales vulnerables se encuentran en peligro, lo mismo puede decirse de los humanos. Y son normalmente los miembros más desfavorecidos de la sociedad los que primero los sufren, y de forma más intensa, puesto que viven en una periferia poco segura.

la ciudad latente, shaun tan

Había dibujado ranas y renacuajos con anterioridad, pues estos animales ocuparon un lugar importante en mi infancia. Me crie cerca de una zona de marisma y solíamos ir a buscar renacuajos con la intención de que crecieran en un acuario, pero al final terminábamos devolviendo a la marisma un montón de ranas adultas. La transformación física de renacuajo en rana, dos animales de apariencia muy distinta, nos parecía fascinante. En muchas culturas, las ranas simbolizan la fertilidad y la reencarnación, de manera que además de poder presagiar el desastre, de ser un bioindicador propenso a la desaparición y la extinción, nos recuerdan también que la renovación y la resiliencia son posibles, llenando el aire con su canto tras la sequía.

OVEJA

Oveja está abierta a la interpretación, pero se inspira levemente en los problemas que se desprenden del comercio de exportación de animales en Australia, donde ovejas vivas cruzan el océano a bordo de inmensos buques de carga construidos especialmente para ello. Cuando digo que están “vivas” lo digo con cautela: es sorprendente el alto el número de animales que perecen a causa del calor y otras formas de maltrato por el camino. Lo cierto es que estos envíos suelen hacerse, de forma bastante imprudente, durante las altas temperaturas veraniegas mediorientales. Las que sobreviven lo hacen en unas condiciones deplorables, cubiertas de orina y excrementos, algo que los habitantes de Fremantle (donde nací) pueden oler a varios kilómetros de distancia, mucho antes de que partan los buques. La descripción que hago en mi historia de la gente recogiendo la ropa del tendedero no es un detalle ficticio. El hecho de que esta industria innecesaria se haya permitido durante tanto tiempo y que tanto las grandes empresas como los políticos hayan tapado sus abusos (que si han visto la luz ha sido gracias a ciudadanos que lo denunciaron ante los medios) solo encuentra explicación en los enormes beneficios que acumulan las grandes empresas y los gobiernos cuando “autorregulan” el bienestar de los animales. Estos abusos son comprensibles hasta cierto punto, pues se desprenden de forma lógica del estatus que se le reconoce a un animal cuyo valor es puramente económico, y cuyos días están contados precisamente por su propósito comercial. Cuando dejas de respetar a otra criatura, todo es posible, y cualquier forma de racionalizarlo pasa todos los filtros, incluso la afirmación que defienden muchas empresas capitalistas de que los animales carecen de sentimientos, conciencia o trascendencia moral.

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En un sentido más amplio, una de las grandes ironías que se producen en la ganadería industrial es que los animales de los que más dependemos económicamente son aquellos a los que menos se respeta. No alabamos a las ovejas, los pollos, las vacas y los cerdos como hacemos incluso con abundantes minerales inertes y otros tesoros. Así y todo, muchas ciudades, especialmente en Australia, le deben su existencia a la agricultura. Uno no puede evitar preguntarse hasta qué punto este descrédito, incluso a un nivel económico básico, infecta el espíritu humano en otros aspectos, y a la vez degrada el respeto más amplio hacia todas las formas de vida y los principios de equidad. Los antropólogos, por ejemplo, defienden activamente que la domesticación de los animales para obtener alimento y fuerza de trabajo precipitó la esclavitud humana; que la aceptación de la jerarquía, la desigualdad y subyugación en el seno de la sociedad humana podría haberse iniciado por culpa de nuestro desprecio hacia aquellas criaturas que no formaban parte de ella. Como dijo Gandhi: “La grandeza de una nación y su progreso moral pueden juzgarse por la manera en que se trata a sus animales”, afirmación que puede entenderse como una crítica y también como estímulo para mejorar, no solo por el bienestar de los animales, sino también por el respeto hacia sí mismos de quienes los guardan.

HIPOPÓTAMO

El relato titulado Hipopótamo se inspira en parte en la historia real de William James Sidis (1898-1944), un niño prodigio estadounidense con un talento excepcional para las matemáticas y la lingüística. Su libro The Animate and The Inanimate, publicado en 1920 y escrito a los 17 años, postula la existencia de la materia oscura, la entropía y el origen de la vida: “Nuestra teoría sobre el origen de la vida dice que no hay tal origen, sino únicamente un desarrollo y un cambio de forma constantes”.

Como ocurre a veces con los niños prodigio, William tuvo dificultades al alcanzar la edad adulta, en la que no faltaron los conflictos, los malentendidos y, en ocasiones, el ridículo público. Aunque mi historia es ficticia (y hace una descripción exagerada de la idea del genio) se inspira en gran cantidad de detalles biográficos reales: relaciones problemáticas con los padres, prisión, controversia en los medios de comunicación, tergiversación, invasión de la intimidad y la retracción en el caso de William James Sidis a áreas de estudio un tanto crípticas en años posteriores. Para más información, puedes leer The Prodigy: a Biography of William James Sidis, de Amy Wallace (1986). También recomiendo el podcast de Nate DiMeo, The Memory Palace, y en concreto el episodio Six scenes from the life of William James Sidis, wonderful boy, por su espléndida interpretación poética de la vida de William James Sidis, mucho mejor que pequeña digresión ficticia.

Como visitante habitual del zoo de Melbourne que soy, uno de mis animales favoritos es el hipopótamo pigmeo, al que se puede ver a través de una pared de cristal nadando tranquilamente por las aguas del lago en el que habita como si no pasara nada. Es uno de esos animales que parecen observar a sus visitantes humanos con interés recíproco (no sabemos si es verdad o no). Se mueve con un ritmo relajante y casi hipnótico, y hay algo en su enorme cuerpo redondeado oculto bajo la superficie brillante del agua entre restos de materia vegetal y niebla microbiana que me resulta tranquilizador. El hipopótamo, al menos en ese instante, parece disfrutar de un momento de paz con el que muchos de nosotros, humanos ocupados, no tenemos tiempo ni de soñar siquiera.

¿Qué tienen en común un niño prodigio y un hipopótamo? No mucho en realidad, pero es esa incongruencia lo que genera ideas interesantes, tratar de reconciliar lo irreconciliable. Sin embargo, cuando observaba al hipopótamo me acordé de William James Sidis, concretamente de su deseo de llevar una vida recluida de adulto, lejos de los focos de la opinión pública que lo habían rodeado en su juventud. Pensé también en la desconfianza que terminaron generándole instituciones como la religión y su creencia de que si dios existía, seguramente sería algo “aparte del ser humano”.

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Dejando a un lado la especulación y las suposiciones, desconocemos lo que piensan los otros animales. Los únicos pensamientos detallados que han podido recogerse en una grabación los produce una única especie, una especie que habla consigo misma de manera incesante, con lenguas de su propia creación (un buen ejemplo ahora mismo). No puedo evitar sentir que es posible que existan tantas clases de inteligencia y de sensaciones inteligentes como especies hay en el planeta; que hay muchas formas de pensamiento diferentes que tal vez se encuentren muy alejadas de la idea que pudiéramos tener en nuestro reducido ámbito. Y pese a no tener base racional para la especulación (como ocurre con muchas otras cosas) sigue mereciendo la pena considerar el tema por razones poéticas. Al final y al cabo, ¿quién puede decir que no hay nada más inteligente que flotar a escasos centímetros por debajo del agua, nadar siguiendo la corriente, ser lo que eres y nada más, inmune a lo que los demás piensen o supongan? ¿No te parece que hay algo genial en pensar así?

DIPNEO

En el museo de Melbourne, no muy lejos de una vitrina en la que se exhiben restos fósiles de un dinosaurio, hay un tanque de tamaño mediano con un par de ejemplares vivos de dipneo australiano, Neoceratodus forsteri, una criatura bella y enigmática. Este pez se ha adaptado a las cambiantes condiciones climáticas que podrían afectar a la calidad y la disponibilidad del agua desarrollando un único pulmón que les permite respirar aire en caso de necesidad, como, por ejemplo, una sequía. El acuario está integrado de forma muy inteligente entre expositores de esculturas que muestran la aparición de los primeros anfibios para explicar la transición que experimentaron hasta convertirse en vertebrados que respiran aire. Aunque estos peces pulmonados australianos no son prehistóricos —puesto que están vivos— son un vestigio que apenas ha sufrido cambios de antiguos grupos de peces que quedaron fosilizados hace 380 millones de años. Resulta verdaderamente asombroso verlos hoy y observar lo mucho que se parecen a sus antepasados cuyos restos han quedado grabados en piedra.

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La evolución es un proceso complejo y con frecuencia incomprendido, que la mayoría de las veces no supera la mirada en retrospectiva. Conocemos bien esos diagramas lineales que muestran la evolución hasta llegar al Homo sapiens erecto, desde el simio que camina sobre cuatro apoyos o incluso antes, algo no muy diferente de un pez pulmonado. En realidad, la diversificación, el cambio y la supervivencia de las especies es una estructura ramificada amplia e irregular, y si nos fijamos en las pruebas paleontológicas y genéticas, comprenderemos el papel que tienen los accidentes fortuitos, entenderemos que las cosas podrían haber sido diferentes si se hubieran vuelto a lanzar los dados. Los humanos de ahora nunca estuvimos predeterminados, al menos en los procesos naturales conocidos (podemos especular todo lo que queramos sobre otros agentes), y tampoco somos una especie “más evolucionada” que las demás, sino que hemos evolucionado igual que otras especies. Siempre resulta fascinante pensar que las cosas podrían haber sido de otra manera o que aún podríamos cambiar y diversificarnos como especie. Solemos creer que nos encontramos en un momento superavanzado de la historia de la vida en la Tierra, nos maravillamos de nuestros logros según nuestros propios estándares de medida, pero ¿y si solo estuviéramos en la edad media de una generación futura? ¿No seríamos entonces como el dipneo que vive en el lecho fangoso de la certidumbre sobre lo que somos?

ORCA

No sé por qué razón, una noche me vino a la mente la imagen de una ballena rozando la fachada de un rascacielos al pasar a su lado, casi como si fuera una nube, mientras los peatones la miran con poco interés. No volví a pensar en ello hasta más adelante, al ver un documental titulado Blackfish (Gabriela Cowperthwaite, 2013) que muestra la grave situación de una orca llamada Tilikum, separada de su madre en el océano y entrenada para realizar acrobacias para el público que visitaba el parque SeaWorld, en Orlando. La película postula de manera convincente que las condiciones en cautividad del animal suponían tortura psicológica, que terminó saldándose con la muerte de tres entrenadores. Dejando aparte el aspecto de los abusos y la tragedia final, el documental despertó en mí serias dudas sobre cómo el ser humano asume el control de las vidas de otros animales sin comprender apenas las consecuencias que pueden darse a largo plazo. En esta y muchas otras áreas de la política y la economía observamos una sorprendente falta de cautela en lo que respecta a emprender acciones irreversibles en las que cuando algo sale mal —como a menudo sucede— no se pueden revertir u olvidar los resultados.

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TIGRE

Tigre se inspiró en una noticia sobre un programa de investigación llevado a cabo en la India en el que los habitantes de una aldea llevaban unas máscaras en la parte trasera de la cabeza para protegerse de los ataque de los tigres. Como estos animales solo atacan por detrás, la presencia de una segunda cara los confunde, hasta el punto de garantizar la seguridad de la presa. Si te interesa, encontrarás más información en el artículo del NY Times Face masks fool the Bengal tigers:

Aunque las máscaras resultaron muy eficaces, las personas que trabajaba en el bosque y que eras más vulnerables a veces olvidaba ponérselas o se las quitaban, y a veces sufrían ataques. Esto nos recuerda que muchas veces no utilizamos la lógica en lo que respecta a nuestra seguridad: cuando las medidas preventivas funcionan, no reparamos en ellas, y es posible que bajemos la guardia. Tampoco somos especialmente sensatos en cuanto a la probabilidad y las estadísticas: nos preocupa que nos golpee un rayo y creemos que podemos ganar la lotería, pero a la vez pensamos muy poco en los riesgos de conducir un coche (la primera ley que regulaba el uso del cinturón de seguridad no se aprobó hasta 1970, pese a la gran cantidad de vidas que se han salvado gracias a este artilugio tan sencillo).

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Me planteé entonces en qué grado resultaría eficaz un programa que obligara a los habitantes a llevar una máscara si los ataques de los tigres fueran un problema grave en las grandes ciudades. Una cosa es llevar un extraño adorno en la cabeza para salir a pescar o a trabajar en el bosque y otra hacerlo en un entorno urbano, en el que se podría entrar en conflicto con los códigos de vestir, la comodidad, el gusto personal y, por supuesto, el tímido orgullo. Mientras le daba vueltas a la idea, me di cuenta de que las notas que había ido tomando no hacían referencia ya a ataques de tigres en los centros urbanos, sino a la reacción de la gente a la recomendación de ponerse una máscara, y lo que dice de la naturaleza humana (opuesta a la naturaleza del tigre). Me parece muy interesante que una idea caprichosa logre explicar algo muy habitual desde una perspectiva nueva y sorprendente.

LORO

Diego (el protagonista de la pintura de esta historia) es una cotorra del sol que lleva casi 20 años viviendo con nosotros y apenas ha cambiado en ese tiempo. Sigue siendo igual de activa, curiosa, testaruda, cariñosa, amarilla y muy muy ruidosa. La gente siempre nos pregunta si habla (no habla) y esta pregunta fue lo que dio lugar a mi historia o miniensayo. ¿Por qué nos fascinan tanto los animales que hablan o realizan cualquier acción propia del ser humano, como esos perros que bailan o esos gatos que adoptan poses que bien merecerían llevar un pie de foto? Esas similitudes conductuales nos tranquilizan o nos divierten. Puede que ver a otros animales imitar nuestro comportamiento, por superficial que sea, llegue incluso a hacer que nos sintamos menos solos en nuestra especie intelectualmente solitaria y bastante aislada.

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Sin embargo, creo que lo más fascinante de tener mascotas es cómo llegamos a apreciar la verdadera rareza de otro animal, cómo aprendemos a respetar el profundo misterio de sus vidas interiores. Es posible que otras personas que tengan loros en casa no estén de acuerdo conmigo, pero hablo solo por mí cuando digo que estas aves me resultan familiares e incomprensibles, y que ambas cualidades se han intensificado con el tiempo. Es como si cuanto más te acercarás, menos supieras: una maravillosa paradoja y una espléndida metáfora de la vida en general.

OSO

El origen de esta historia es bastante simple; se me ocurrió la frase “osos con abogados”. A veces unas pocas palabras despiertan una serie de pensamientos, caprichosos o lógicos, que se van encadenando sin fin. No soy ningún experto en leyes, pero sí soy consciente del papel central que tienen en la sociedad humana como conjunto de normas de funcionamiento que en un principio sitúan la razón, el juicio imparcial y el debido proceso por encima de los antojos de los impulsos, la pasión y los motivos innobles, como la venganza, los prejuicios y la avaricia. Es un sistema en evolución y desarrollo constantes, como debería ser, ya que dista mucho de ser perfecto y se producen abusos frecuentes. Basta con echar un vistazo al sistema de justicia criminal de un país como Estados Unidos o leer sobre la forma “justa” de legislar de los poderes coloniales en lo concerniente a las poblaciones indígenas o ver cómo evaden responsabilidades las grandes empresas millonarias a través de vacíos legales o cómo se deciden los resultados en las elecciones presidenciales para comprender lo habitual que es utilizar las leyes como agente de motivos innobles: el propio interés, los prejuicios, el abuso de poder y un largo etcétera disfrazados justo de lo contrario.

Uno de los problemas que se nos presentan es nuestra inclinación a olvidar que los sistemas legales, que gozan de gran autoridad sobre el mundo natural que no concierne al ser humano, han sido desarrollados, debatidos y ejecutados por los propios seres humanos, es decir, una especie con un poder inconmensurable. Lo mejor que otros animales pueden esperar es que los agentes humanos los representen y, afortunadamente, hay muchos dispuestos a hacerlo: abogados, académicos, filósofos, políticos, científicos, periodistas, artistas, profesores, activistas, etcétera.
Cuando hablamos de los derechos de los animales nos referimos a que los animales no humanos tienen derecho a ser los dueños de sus propias vidas, a recibir protección frente al sufrimiento y deberían recibir la misma consideración que otros intereses de los seres humanos. Teniendo en cuenta la tremenda inversión de capital humano que se realiza en explotar a los animales y su hábitat en busca de comida, fuerza de trabajo y espacio, un factor crucial en cuanto a diferencias de opinión religiosa, ética y científica, nos encontramos con un motivo de fricción constante. Los sistemas legales de los seres humanos suelen considerar a los animales como “cosas” o propiedades, lo que favorece el uso y la explotación (muy parecido a la definición en la época colonial de pueblo sometido en término de propiedad, lo que favorece la esclavitud). Sin embargo, tales definiciones se oponen al mismo tiempo a nuestra intuición y discernimiento científico.

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El auge de la Derecho animal, como área claramente definida dentro del Derecho desde hace varias décadas, pretende desafiar esa costumbre de cosificar a los animales. Independientemente del punto de vista que se emplee, queda fuera de toda duda que las actitudes actuales hacia los animales no humanos son como poco contradictorias; que las condiciones permitidas en las granjas de cría intensiva, por ejemplo, se considerarían inadmisibles para perros y gatos. ¿Es una cuestión de estatus inherente el que los humanos seamos las únicas “personas legales” en el mundo? ¿O tiene más que ver con el hecho de que los humanos seamos, casualmente, los únicos animales que redactan leyes? ¿Qué ocurriría si otros animales desarrollaran la capacidad de participar en nuestro sistema legal más directamente, tuvieran una voz propia, pudieran litigar y votar? Entre otras cosas, los humanos se verían obligados a pensar mejor en la imagen que tenemos de nosotros mismos en relación con el resto del mundo natural, y más profundamente en cómo respondemos a contradicciones internas: de forma abierta o punitiva.

Mientras trabajaba en la historia y la ilustración para Oso, estaba leyendo Enterrad mi corazón en Wounded Knee, del autor estadounidense Dee Brown, que trata sobre la historia de los indios nativos americanos en el Oeste americano a finales del siglo XIX. Es un libro fascinante, doloroso pero muy bien escrito, y me recordó poderosamente los patrones que se siguieron durante la época colonial en Australia, sobre todo en lo relativo a la firma y disolución de tratados, y a la facilidad con la que la legislación “consagrada” cede a las presiones comerciales y los intereses políticos. Las leyes se redactaban, los propios legisladores las incumplían y las protestas que tenían lugar a continuación terminaban en violencia. Resulta siempre interesante observar que la ley puede ser un instrumento extremadamente prejuicioso e imparcial mientras defiende justo lo contrario.

ÁGUILA

La del águila es una de esas historias que partieron de una idea visual. La pintura se sitúa en una zona del aeropuerto de Melbourne muy parecida a la de cualquier otro aeropuerto, algo muy habitual por otra parte. Siempre me han fascinado los aeropuertos por su carácter de espacios postecológicos, tanto dentro como fuera de las terminales, y por la impresionante capacidad, como si estuviéramos en una historia de ciencia ficción, de transformar el paisaje en una imagen de trascendencia industrial dirigida, literalmente, a abandonar la tierra. Y normalmente se encuentran lo bastante lejos de los centros urbanos como para que el mundo natural, un pliegue lejano de océano, bosque o desierto pueda verse desde los ventanales de la terminal.
Una noche me dirigía a las cintas a recoger mi equipaje tras un vuelo. En ese estado de embotamiento y duermevela entre un punto y otro de tu viaje fue cuando se me ocurrió la imagen de un águila atacando a una serpiente en mitad del vestíbulo (no sé por qué). La visión me recordó la leyenda azteca que cuenta que la ciudad de Tenochtitlan se fundó en el lugar en el que se vio a un águila devorar una serpiente en lo alto de un cactus. Ese lugar es en actualidad Ciudad de México, una de las ciudades más grandes del mundo. En la bandera mexicana puedes ver el águila, la serpiente y el cactus.

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ZORRO

Mi mujer y yo estábamos un día en Londres, en el piso de un amigo, y nos despertamos temprano por culpa del jet lag. Miramos por la ventana y vimos dos jóvenes zorros jugueteando en un pequeño jardín cercano. Después nos contaron que aunque es verdad que hay muchos zorros en la ciudad, no es habitual verlos, así que nos sentimos verdaderamente privilegiados. Lo que más me llamó la atención fue el carácter juguetón de aquellos zorros, su diversión despreocupada en aquel espacio exterior; y, sí, tal vez fuera realmente suyo, no en la manera humana de posesión que es bastante artificial. ¿Quién posee qué? ¿Quiénes son los invasores y quiénes los invadidos?

Los zorros componen uno de los pilares en el folclore de aquellas regiones en las que la coexistencia con sus principales depredadores, los humanos, no ha sido precisamente pacífica. Puede que no sea una coincidencia que se los conozca por su astucia, inteligencia, adaptabilidad y habilidad para robar, las mismas cualidades que han facilitado a los humanos esa superioridad sobre otros competidores del reino animal. Esto quiere decir que, básicamente, se parecen mucho a nosotros. En la mitología de muchas culturas son timadores, y se encuentran entre los pocos animales no domesticados, como las palomas, los gorriones, las ratas y los mapaches, capaces no solo de sobrevivir en paisajes urbanos, sino de prosperar. Como ocurre con los perros y los gatos, nuestras historias se entrecruzan, aunque en su mayor parte como forasteros en el ambiente del otro, y aunque es posible domesticar a un zorro (échale un vistazo a los experimentos que llevó a cabo durante años el zoólogo soviético Dmitry Belyayev) se resisten a la compañía humana, al menos de manera consciente o íntima.

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Mi historia surgió de un verso del estribillo de una canción infantil finlandesa que vi en la televisión que decía: “Somos unos zorros alocados”. La letra me hizo pensar en humanos que se convertían en zorros y se desbocaban, en una especie de liberación de las restricciones conductuales habituales. En alguna parte había dibujado un esbozo de imagen en la que aparecían varios zorros saliendo de un salto de un frigorífico abierto en mitad de la noche, en un apartamento donde los humanos duermen profundamente, y que tal vez se inspirase en la fotografía titulada “Red Fox Restaurant”, de la fotógrafa y artista estadounidense Sandy Skoglund, en la que una pareja en la sala monocromática de un restaurante aguarda a que el camarero les sirva, ajenos al montón de zorros de un color rojo brillante saltan entre las mesas y los demás muebles. Esta superposición de realidades diferentes, una invisible sobre otra, no pretende mostrar únicamente una situación divertida sino que habla de que verdaderamente existen múltiples realidades a nuestro alrededor según la percepción y la imaginación de diferentes criaturas (porque seguro que los animales construyen realidades en su mente igual que nosotros con el fin de planear, moverse, socializar y sobrevivir en condiciones duras). Nuestra comprensión humana de la realidad debe ser solamente una pequeña porción de espacio y tiempo, aunque tengamos la arrogancia de suponer que es la única realidad posible.

PALOMA

Uno de los conceptos que aparecen en mi historia de la paloma se me ocurrió escuchando un episodio del podcasat The Island of Stone Money en el programa Planet Money de la radio pública (me gusta escuchar podcasts mientras pinto y dibujo). Trata de la diminuta isla de Yap, en el océano Pacífico, un lugar favorito de los economistas según los presentadores porque ayuda a responder a la pregunta —bastante más compleja de lo que sospecharía el consumir medio— de qué es el dinero desde un punto de vista histórico.

Los habitantes de Yap utilizaban como moneda una piedra difícil de adquirir procedente de una isla lejana tras darle forma de rueda con gran habilidad. Algunas eran pequeñas, del tamaño de una moneda, pero otras eran muy grandes, tanto que casi no podían moverlas. Sin embargo, no por eso dejaban de ser moneda de curso porque como una abultada cuenta bancaria, todo el mundo sabía de quién era el dueño, aunque no fuera físicamente suya. En una ocasión, durante una tormenta, una de estas grandes piedras cayó al mar mientras estaba siendo transportada en barco. Se sumergió hasta el fondo del océano Pacífico, y por lo tanto era imposible de recuperar. En vez de descartarla por el hecho de haberse perdido, los habitantes de la isla siguieron aceptándola como dinero, que se podía tener e intercambiar, aunque estuviera en el fondo del mar, intangible e invisible.

He aquí una explicación buenísima de lo que es realmente el dinero: una idea abstracta. Mientras todo el mundo crea que una cosa es valiosa, esté de acuerdo en su estatus y localización imaginada, no hace falta siquiera poder verla o tocarla, y es totalmente libre de restricciones, el artículo perfecto para intercambiar. Cosas como los balances de cuentas, las monedas, los billetes o los lingotes de oro son representaciones ficticias de un valor, símbolos de intercambio acordados. El dinero no es real (y aunque algo como el oro tiene un valor práctico, por ejemplo en joyería o electrónica, la inmensa mayoría se encuentra a buen recaudo en profundas cajas fuertes, donde nadie puede verlo ni tocarlo: normalmente no se extrae por razones prácticas, sino por razones financieras abstractas). Estos conceptos se extienden mucho más allá del dinero a muchas otras mitologías de la vida moderna, desde la existencia imaginaria de corporaciones hasta la suposición de la competencia presidencial, y esto también explica por qué es fácil que las cosas salgan mal cuando la creencia se tambalea o cuando se piden cuentas a un emperador desnudo. Un sistema puede desplomarse aunque no le suceda nada a las realidades materiales, basta con que las personas dejen de creer en él. Recomiendo Sapiens, el popular libro de no ficción de Yuval Noah Harari, una entretenida lectura sobre nuestro compromiso hacia las cosas que no son reales como una forma eficaz de entender la civilización humana.

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La imagen de un rascacielos flotante es algo sobre lo que he pensado muchas veces y realizado numerosos esbozos. No es necesariamente un concepto original, pues nos puede recordar a la isla de Laputa de Los viajes de Gulliver, de Jonathan Swift (1726), un reino flotante poblado por respetables académicos, matemáticos, filósofos y estetas que son incapaces de poner en práctica su conocimiento, una sociedad demasiado apartada de las realidades mundanas y en última instancia, inútil. Existen representaciones similares en las mitologías de muchas culturas, de dioses o de mundos flotantes poseedores de un gran poder intelectual sin valor práctico, y todas ellas remiten en apariencia a una tendencia humana universal. Me encanta mirar los rascacielos, unas asombrosas estructuras, no tan distintas de Laputa o los mundos celestiales, que parecen aspirar a una existencia etérea, algo parecido a la apariencia ingrávida de las catedrales góticas que empujan la mente hacia el cielo, y que requiere una fe exaltada. Son nuestros templos seculares, protegidos tras sus cristales de espejo, más cercanos al cielo que a la tierra. Me resultan especialmente fascinantes y poéticos por la noche, cuando están prácticamente vacíos.

Las palomas forman una metáfora paralela interesante: animales urbanos capaces de volar, y también por su atracción por los mismos edificios monumentales construidos en piedra en los que confían las autoridades gobernantes, en especial los bancos y las instituciones financieras (al principio, las palomas eran aves costeras a las que les gustaba posarse en las paredes rocosas de los acantilados, de ahí su preferencia por los lugares altos). Cuando veo una enorme bandada de palomas alrededor de los distritos financieros, las similitudes entre las personas y las aves tanto en apariencia como en comportamiento son asombrosas: la intensa actividad, la mentalidad de rebaño que acentúa la especulación de los mercados, los chalecos. Pero en mi opinión la principal diferencia reside en que las palomas se fijan más en las realidades tangibles, como buscar comida y material para hacer sus nidos, mientras que a los seres humanos les preocupan más las realidades intangibles, como el dinero. Ambos sistemas son eficientes, con sus virtudes y defectos, pero no puedo evitar pensar que uno inevitablemente durará más que el otro. Al final, la naturaleza tiende a favorecer la realidad sobre la ficción, y los mansos, como suele suceder, heredarán la tierra.

ABEJA

La imagen central de esta historia tiene su origen en las secuencias sobre una explosión nuclear y en preguntarme cómo sería lo contrario de ese horrible acontecimiento. ¿Una explosión de flores?

la ciudad latente, shaun tan

Llevaba tiempo plasmando ideas en mi cuaderno de esbozos para una guía imaginaria, Las mejores azoteas con jardín del subconsciente, uno de tantos flujos de pensamiento que nunca he llegado a concretar. Tiene que ver con una serie de jardines urbanos instalados en las azoteas de los edificios que cobran vida únicamente cuando sus respectivos horticultores —urbanitas aleatorios que no son jardineros realmente— se quedan dormidos porque solo saben cuidar de las plantas mientras sueñan, ajenos a las limitaciones climatológicas, el tiempo o la física, pero también porque es el único momento en que permiten que los entrevisten sobre el proyecto que están llevando a cabo para que expliquen en qué grado se reflejan en sus jardines sus miedos, aspiraciones, alegrías y represiones. De alguna manera, esta idea se transformó en una larga reflexión sobre una pareja japonesa que cultiva un cerezo en la azotea del ruinoso bloque de pisos en el que viven, y la historia siguió su curso, unido a la imagen de una explosión “atómica” floral que he mencionado antes. La pareja, los Katayama, aparecen también en Cuentos de la periferia, aunque en unas circunstancias muy diferentes, en el papel de una reclusa anciana y un buceador de aguas profundas que está perdido.

YAK

El origen de esta historia se encuentra, en parte, en un sueño muy real: soñé que trabajaba en una enorme fábrica instalando componentes electrónicos en una hoja de endivia de cristal (un vegetal que no conozco muy bien, excepto en sueños según parece). Seguía dándole vueltas a esta idea de hacer vegetales electrónicos cuando me desperté y pensé si no sería una especie de metáfora de nuestro deseo de trascender los procesos orgánicos. Creo que el contexto del sueño, esa fábrica enorme, podría inspirarse en el trabajo fotográfico de Edward Burtynsky, famoso por sus extraordinarias imágenes de paisajes industriales a gran escala, hermosas y desasosegantes al mismo tiempo, en la medida en que revelan la verdadera magnitud del impacto del ser humano en la naturaleza y la vasta organización de mano de obra en condiciones de sometimiento. El documental sobre su trabajo, Manufactured Landscapes (2006), se abre con un barrido de la cámara que parece no acabar nunca sobre filas y filas de trabajadores chinos montando productos eléctricos en una megafactoría; me parece que es un documental que todo ser humano moderno debería ver.

la ciudad latente, shaun tan

No estoy seguro de cómo vino a parar el yak en todo esto, aparte de que pensara que los antepasados de muchos trabajadores de la época actual posiblemente llevaran una existencia más agraria: mi propio abuelo, procedente de la provincia china de Fujian, pastoreaba búfalos de agua cuando era niño, una imagen que he visto sobre todo en adornos de porcelana. Aunque el mundo material en el que vivimos parece decidido a sacar la naturaleza de su vida, buscando en la tecnología el mito del progreso supremo, gran parte de nuestra felicidad sigue basándose aparentemente en tradiciones orgánicas muy antiguas, estrechamente vinculadas a recuerdos lejanos de otra cosa tal vez. Imaginé un grupo de operarios que lo único que esperan es que suene la campana que anuncia el final de la jornada para poder irse a casa a lomos de un yak lanudo gigante, como el recuerdo de un viaje a una época preindustrial, algo que siempre me viene a la cabeza cuando veo a todos esos usuarios de los trenes públicos que vuelven a casa por la noche.

HUMANO

La historia que cierra el libro, Humano, también se originó a partir de un sueño en el que me encontraba en una excavación arqueológica con unos amigos buscando nuestros propios esqueletos. No había nada raro en ello puesto que era un sueño, y cuando encontramos un par de cráneos que nos resultaron familiares, lo único que nos sorprendió fue lo pequeños y simples que parecían, del mismo color que la tierra, allí mezclados con piedras y otros huesos. Normalmente no me acuerdo de aquello que sueño con el detalle suficiente como para anotarlo —aparte de que son muy pocos los sueños que merece la pena anotar— pero este me pareció que era especialmente significativo. Cuando empecé a desarrollar la viñeta para convertirla en un texto más largo, las ideas salían una detrás de otra, y entonces me dio cuenta de que la historia podría ser el final lógico para la serie de historias protagonizadas por animales que había estado buscando.

Mi hermano es geólogo y ya desde pequeño estaba obsesionado con los fósiles, cuanto más antiguos, mejor; con frecuencia crustáceos y trilobites. Nunca llegué a comprender aquella pasión hasta que entendí que tenía que ver con el tiempo; el hecho de sostener en la mano algo tan antiguo como un pez que ya nadaba en el mar hace 100 millones de años. Y después de tantísimos años, lo que tienes delante es un recuerdo, aunque sus huesos hayan sido reemplazados otros minerales. El tiempo geológico lo pone todo en perspectiva.

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Mientras escribía Cuentos de la periferia, estaba leyendo El mundo sin nosotros (2007), de Alan Weisman. Este conocido ensayo sobre ciencia reflexiona sobre lo que ocurriría si los seres humanos desaparecieran de la faz de la tierra de repente; sobre la huella que dejarían tras de sí, sobre qué cosas cambiarían y qué aspectos de la naturaleza se recuperarían. Es una lectura sorprendente y muy bien documentada, no muy alejada de la divertida Una breve historia de casi todo, de Bill Bryson, que nos recuerda que la trascendencia de nuestra especie dentro del esquema cósmico de las cosas es bastante limitada, lo vulnerables que somos ante los desastres (poco antes leí La carretera, de Cormac McCarthy, que habla sobre la vida después de un desastre que arrasa todo). Tal vez resulten lúgubres los escenarios que presentan Bryson y Weisman, pero también están llenos de un sorprendente optimismo. La vida seguirá en constante cambio para adaptarse y continuar, ni siquiera los errores garrafales de la humanidad miope podrán destruirla, tan solo conseguirán reducirla temporalmente a un deplorable estado. Observar las cosas desde esta distancia, ese futuro, ya sea deplorable o sostenible, parece más una elección que una certeza. Realmente depende de nuestra capacidad para imaginar otras vidas, para respetarnos a nosotros y respetar nuestra relación con la naturaleza lo bastante como para tener en cuenta realidades alternativas.