La silente enredadera de la melancolía
21, Marzo 2017
Envidiar los cerezos perdidos de Chejov, las grandezas perdidas de Leopardi, las pérdidas infinitas de Montale. Sentir el vago afán de haber estado un día, un día siquiera, en esa fiesta dulce de la desposesión. Asaltar la añoranza y esbozar nuestra cara en su retrato. Y, sin embargo, hay algo en este tiempo que parece prohibir toda nostalgia. Cómo construir el edificio de la melancolía cuando todo nace y desaparece en un momento, cuando cada chispa es el alumbramiento de un nuevo universo, cada espasmo, el acabamiento de una era. Parece que solo nos queda la envidia. De Marai, de Chejov. El dolor por lo que podría haber dolido, la elegía interminable de lo que no fue nuestro, de esos cerezos que no vimos florecer en el jardín de nuestra decadencia: el querido jardín que nunca nos perteneció, aunque sin duda lo perdimos.
La feria abandonada, texto de Julián López Medina e ilustraciones de Pablo Auladell