El árbol rojo: comentarios de Shaun Tan
17, Septiembre 2015
El árbol rojo es una historia sin una narrativa definida. Es una serie de mundos imaginarios distintos en forma de imágenes autónomas que invitan a los lectores a extraer su propio significado en ausencia de cualquier tipo de explicación escrita. Como concepto, el libro se inspira en el impulso de los niños y adultos para describir sentimientos mediante metáforas: monstruos, tormentas, la luz del sol, el arco iris, etcétera. Superando los clichés, intenté crear imágenes que exploraran las posibilidades expresivas de este tipo de imaginación compartida que pudiera resultar extraña y familiar a la vez. Una jovencita sin nombre aparece en todas las imágenes como un sustituto de nosotros mismos. Pasa, sin poder hacer nada, por malos momentos hasta que acaba por encontrar algo esperanzador al final de su viaje.
El resultado después de mucho garabatear fue una serie de paisajes imaginarios que sólo quedaban conectados por un mínimo hilo de texto y por la silenciosa figura de una chica que siempre aparecía en el centro y con la que el lector está invitado a identificarse. Al principio se levanta y encuentra un montón de hojas oscuras que caen del techo de su dormitorio y amenazan con aplastarla silenciosamente, con abrumarla. La chica vaga por una calle, a la sombra de un pez gigantesco que flota por encima suyo. Se imagina a sí misma atrapada en una botella encallada en una playa solitaria, o perdida en un paisaje extraño. Se encuentra en un pequeño bote entre grandes barcos que están a punto de chocar y, a continuación, encima de un escenario frente a un público misterioso, sin saber qué hacer. Cuando parece haber perdido toda esperanza, la chica vuelve a su dormitorio y descubre un pequeño brote rojo en medio del suelo de la habitación, que pronto crece hasta convertirse en un árbol rojo lleno de vitalidad que llena su cuarto con una cálida luz. Cada una de las imágenes está abierta a varias interpretaciones en la ausencia de una descripción que las complemente. La mínima historia que pueda haber allí intenta recordarnos que, del mismo modo que los sentimientos negativos son inevitables, la esperanza siempre consigue mitigarlos.
Originalmente tenía previsto hacer ilustraciones que cubrieran un abanico de sentimientos: miedo, alegría, tristeza, asombro, etcétera. Pero cuanto más trabajaba en ello, más me centré en los sentimientos negativos, especialmente sentimientos de soledad y depresión, y más interesantes me parecían tanto desde un punto de vista personal como artístico. No es que yo sea una persona infeliz, es sólo que esas ideas parece que invitan más a la reflexión. Algunos lectores me han preguntado por qué mis imágenes son a menudo «sombrías», y creo que la razón es ésa, porque me atraen más las cosas que no acaban de estar bien, como las injusticias sociales y medioambientales de Los conejos, la apatía social de La cosa perdida, o incluso las ideas autodestructivas de El visor. Creo que ese tipo de cosas son interesantes desde un punto de vista artístico, quizás porque no son temas resueltos, como un rompecabezas. Al mismo tiempo, me gustan las obras festivas, como lo es en última instancia El árbol rojo, pero en las que cualquier significado aparente siempre queda unido a la incerteza. El árbol rojo puede florecer, pero también morirá, por lo que nada es absoluto o definido. Es necesaria una reflexión concienzuda de la vida real como algo que está continuamente buscando una resolución.