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La expedición. Cuentos de la periferia, Shan Tan

La expedición. Cuentos de la periferia, Shan Tan

Mi hermano y yo podíamos pasarnos horas enteras discutiendo sobre qué decía la letra de un anuncio de televisión, sobre la imposibilidad de disparar una pistola en el espacio exterior, sobre la procedencia de los anacardos o sobre si realmente aquel día habíamos visto un cocodrilo de agua salada en la piscina de los vecinos. Una vez tuvimos una discusión sobre por qué la guía de calles de papá terminaba en el plano 268. Yo decía que estaba clarísimo que se habían desprendido unas cuantas páginas. El plano 268 estaba lleno de calles, avenidas, plazas y callejones sin salida hasta el borde de la hoja. Lo que quiero decir es que no podía ser que la ciudad acabara ahí de golpe, no tenía ningún sentido. Mi hermano, en cambio, insistía con aquel tono de irritante autoridad que tanto les gusta utilizar a muchos hermanos mayores que el mapa era absolutamente correcto, porque sino pondría «sigue en el mapa 269» en el margen lateral y letra pequeña. Si el mapa decía que era de ese modo, es que era de ese modo. Mi hermano era así con casi todo: un pelmazo. Se desencadenó un combate verbal: «está bien», «que no», «que sí», «no», «sí», «no»... un mantra en ping pong que se prolongó mientras cenábamos, mientras jugábamos al ordenador, mientras nos cepillábamos los dientes y mientras estábamos tendidos en la cama, despiertos, gritando para que nuestras voces se oyeran al otro lado del tabique hasta que papá se enfadaba y nos decía que ya bastaba. Al final decidimos que sólo había un modo de solucionarlo: ir hasta allí y comprobarlo personalmente. Con un apretón de manos sellamos una apuesta de veinte dólares, una cantidad de dinero de vértigo por muy segura que fuera la apuesta, y planeamos una expedición científica oficial a las misteriosas afueras de la ciudad. periferia_expedicion Mi hermano y yo tomamos el bus 441 hasta el final de la línea y a partir de allí continuamos a pie. Llevábamos las mochilas llenas de todo el +avituallamiento necesario para un viaje de estas características: chocolate, zumo de naranja, pasas y, evidentemente, el callejero de la discordia. Era emocionante formar parte de una expedición de verdad, era un poco como ir al desierto o a la jungla, aunque aquí el camino estaba muy bien señalizado. Qué fantástico debía de ser hace tiempo, antes de las tiendas y las autopistas y los puestos de comida rápida, cuando el mundo aún era desconocido. Armados con palos nos abrimos paso por avenidas cubiertas de matojos, seguimos la brújula por caminos interminables, escalamos apartamentos de varios pisos para tener una perspectiva mejor y tomamos notas en una libreta de espiral. Habíamos salido a primera hora, pero ya era media tarde y la zona a la que queríamos llegar aún estaba en el quinto pino. Y eso que habíamos calculado que a esas horas ya habríamos vuelto a casa y estaríamos sentados en el sofá, mirando los dibujos animados. La emoción de aquella aventura se iba consumiendo, y no solo porque nos dolían los pies y nos culpábamos mutuamente de haber olvidado la crema solar. Había algo más que no sabíamos explicar del todo. Cuanto más lejos estábamos, más se parecía todo, como si cada nueva calle, aparcamiento o centro comercial fuera simplemente otra versión del nuestro, construido con piezas de un juego de construcción gigantesco. Lo único que cambiaba eran los nombres. Cuando llegamos al último tramo de calle que había en el mapa, el cielo había adquirido un tono rosáceo contra el que se recortaban los árboles y a nosotros lo único que nos apetecía era sentarnos donde fuera a descansar los pies. El inevitable discurso de la victoria que me había estado preparando mentalmente durante todo el camino me pareció de golpe una charlatanería sin sentido. No estaba de humor para regocijarme. Supongo que mi hermano debió de sentirse igual que yo; se me había adelantado un buen trecho, siempre tan impaciente, y cuando lo alcancé lo encontré sentado de espaldas a mí, en medio de la carretera, con las piernas colgando del borde. —Supongo que te debo veinte dólares —le dije. —Sí —dijo él. Otra cosa que me fastidia de mi hermano y que he olvidado mencionar es que siempre tiene razón. Cuentos de la periferia:http://barbarafioreeditora.com/shauntan/?page_id=169