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Maarón, Håkon Øvreås y Øyvind Torseter

Maarón, Håkon Øvreås y Øyvind Torseter

El buzón de Gregorio estaba ladeado. Como su cuarto estaba en el desván, había que subir por una escalera de mano. Desde la ventana podía verse el campanario de la iglesia, aunque ahora solo se veía la punta, que asomaba por encima del gran andamio de color gris plateado que habían instalado para arreglar el tejado. —Mi abuelo se murió el lunes —dijo Aarón. —Vale —respondió Gregorio—. Mi tío murió en las montañas. Se cayó dentro de una grieta en un glaciar y no consiguieron sacarlo. Ahora está atrapado en el hielo y se ha congelado. Papá dice que, cuando el hielo se derrita, volverá a la vida. —Eso no puede ser —dijo Aarón. —Claro que sí, pregúntale a mi padre. —Pues cuando se despierte va estar hecho un lío —dijo Aarón, toqueteando una maqueta de avión que tenía en las manos—. Por cierto, he conseguido un montón de pintura para la cabaña. Pintura marrón. —Vale —dijo Gregorio—. Mi primo trabaja en una fábrica de pinturas, así que puedo conseguir toda la que quiera. Aarón tiró de una de las ruedecillas del avión y esta se cayó. —¿Me has roto el avión? —No —respondió Aarón—. Se puede arreglar. —Me lo vas a tener que pagar. —Pero solo hay que pegarlo, ¿no? —preguntó Aarón. —Pues el pegamento no es gratis —dijo Gregorio. Aarón soltó el avión. —¿Nos vamos a pintar la cabaña? —Quizá mañana —respondió Gregorio—. Tengo que ir con mi madre a una reunión. —¿Qué tipo de reunión? —Pues no sé, pero mi madre dice que tengo que ir. Aarón se fue a través de los jardines y subió por el sendero que bordeaba el colegio. En la linde del bosque, donde habían construido la cabaña, había tres bicicletas. Aarón echó una mirada hacia la cabaña y vio a tres chicos mayores. Los reconoció enseguida. Eran Antón, Rubén de Drammen y el hijo del párroco,1 tres chicos que siempre iban juntos. Le estaban dando patadas a las tablas. El hijo del párroco se columpiaba sobre la estructura de madera y la cabaña entera se mecía. Aarón les gritó desde el sendero: —¡No nos destrocéis la cabaña! Los chicos se pararon y miraron a Aarón. —¿Qué has dicho, enano? —preguntó Rubén de Drammen. —Que no destrocéis la cabaña —repitió Aarón—. Es nuestra. —¿Le has puesto tu nombre? —preguntó el hijo del párroco. —No, pero es nuestra. —Pues ahora es nuestra —dijo Antón riéndose—. Necesitamos la madera. Aarón le echó un vistazo a las bicicletas y luego volvió a mirar a los chicos en la ladera. —¿Le habéis puesto vuestro nombre a las bicicletas? —preguntó. Los chicos se quedaron callados. Aarón notó que le temblaban las manos, pero apretó los puños para que los chicos no se dieran cuenta. —Pues resulta que necesito una bicicleta como esta, así que, si no le habéis puesto el nombre, me la llevo. Y empezó a tirar de una de las bicicletas. Los chicos soltaron las tablas que tenían en las manos y echaron a correr hacia él. —¿A que te damos una paliza? —gritó el hijo del párroco. Aarón soltó la bicicleta y salió corriendo por el sendero. Al llegar al jardín de Lucía, una compañera de su clase, se metió por el seto y consiguió abrirse paso entre las retorcidas ramas. Oía que los chicos le pisaban los talones, así que cruzó el jardín a toda prisa, subió los peldaños que llevaban a la puerta y llamó al timbre, justo en el momento en que Antón llegaba hasta la casa y lo agarraba del brazo. Pero por n la puerta se abrió y apareció la madre de Lucía. Antón le soltó el brazo y bajó los escalones. —Hola, Aarón —dijo la madre de Lucía con una sonrisa; llevaba un chal azul sobre los hombros—. ¿Vienes a ver a Lucía? Aarón pasó a la entrada y cerró la puerta, aunque vio por la ventana que los chicos seguían en la calle. —¡Lucía! —gritó la madre por la escalera que subía a la segunda planta—. ¡Tienes visita! —Luego se volvió hacia Aarón y, antes de meterse en el salón, dijo—: Enseguida baja. Al bajar la escalera, Lucía miró a Aarón como si se hubiera llevado una gran decepción. —Me está persiguiendo el hijo del párroco —le explicó Aarón. —Entra —dijo Lucía. Y se metieron en la cocina. Por la ventana vieron a los chicos en la calle, que habían ido a buscar las bicicletas y estaban dando vueltas delante de la casa. —No podré volver nunca a mi casa —dijo Aarón. —Vamos a mi cuarto y que esos tres se queden ahí afuera aburriéndose. La habitación de Lucía olía a laca del pelo, en las paredes había carteles de caballos. —¿Te gustan los caballos? —preguntó Aarón. —La verdad es que no, pero mi hermana ya no los quería. Dice que si veo los carteles todos los días, pueden empezar a interesarme. —¿Y funciona? —Todavía no lo sé. Voy a probar otro mes. —Mi abuelo se murió el lunes —dijo Aarón. —Vaya —respondió Lucía—. Mi abuela se murió el año pasado, pero no era nada buena, así que no me dio pena. ¿A ti te ha dado pena? —No, pero mi abuelo era muy bueno. —Entonces no entiendo por qué no te da pena. Cuando Aarón se fue, los chicos se habían marchado. Lucía se quedó ante la puerta, despidiéndose con la mano. De pronto Aarón tuvo la sensación de oír unas ruedas de bicicleta y echó a correr. Maarón, Håkon Øvreås y Øyvind Torseter