La Creación
12, Septiembre 2022
Volvemos a hablar del escritor belga Bart Moeyaert en colaboración con el ilustrador alemán, Wolf Erlbruch. Este último, no necesita presentación, cuenta con 12 títulos publicados en nuestra editorial. Erlbruch ha sido reconocido con varios galardones, entre otros, el Deutscher Jugendliteraturpreis, el Premio Hans Christian Andersen por el conjunto de su producción y el Astrid Lindgren Memorial. Es posible que los asiduos de nuestra editorial ya conozcan El pato, la muerte y el tulipán o el reciente Entre palmas y aplausos. Del otro lado está Bart Moeyaert, al que ya vimos con su revisión de un clásico en El viaje de Olek y del que volveremos a hablar la próxima semana. El escritor belga ha sido premiado con el Astrid Lindgren Memorial Award, 2019, además de haber sido nominado hasta en tres ocasiones al Premio Hans Christian Andersen. Hoy vemos, La creación, un álbum ilustrado concebido de una forma diferente: nace de la colaboración de su autor con la “Neederlands Blazers Ensemble” para la producción teatral musical de La creación de Haydn.
De nuevo, Moeyaert le da la vuelta a una historia más que conocida, la historia más antigua del mundo, podría decirse: cómo Dios creó todo en seis días, y al séptimo descansó. Y cuando decimos todo, es todo, porque antes solo existía la nada... la nada y Dios, y un hombrecito con sombrero, y una silla para cada uno; según Moeyaert, aunque el sombrero quizás sea obra exclusiva de Erlbruch. Así comienza la historia, con una nada infinita, inconcebible por la mente humana, y un narrador que ya estaba en el comienzo con Dios, un simple espectador de esa gran obra. Y cuanto mayor es la obra, más pequeño se siente él. Nos encontramos con un Dios callado, benevolente y "todobondadoso", solo crea y disfruta de lo creado. A su lado, un hombrecito pequeño y desnudo (salvo por el sombrero), que no se deja impresionar, envidioso y orgulloso; nada le contenta, solo le hace sentir peor. Curiosamente, Dios, a lo largo de los días, crea justo lo que el hombre pide, sin regañarle ni enfadarse. Lo que el hombre desea esencialmente es un lugar en esa tierra y un igual con quien compartirla. Al final, Dios duda.
Un texto así no podría tener mejor acompañamiento que la perspicacia de Erlbruch, que plasma en ilustraciones de estilo ya conocido: collage a base de papeles de distintos tonos y texturas, azul verdoso para Dios y el hombrecito, rojo para la mujer; rasgos dibujados con simples líneas de carboncillo, distintos estilos para los diferentes animales, y sencillez del conjunto, sin exceso de fondo, solo lo que considera estrictamente necesario. No necesita más de tres líneas para mostrar la expresión de un personaje. El resultado es una de esas lecturas que hay que hacer varias veces en la vida, en distintos momentos de la misma, y cada vez el lector sacará una conclusión diferente.